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1966 Ensayo general de democracia

Núria Navarro

La Caputxinada fue uno de esos raros sucesos involuntarios que cambian el curso de la Historia, como la siesta de Newton bajo el manzano. El 9 de marzo de 1966 los delegados de 13 facultades de Barcelona -hijos de la burguesía y ajenos al tramo más siniestro del franquismo- solo querían aprobar los estatutos del Sindicat Democràtic d'Estudiants de la Universitat de Barcelona (SDEUB), hartos del agónico Sindicato Español Universitario (SEU), que empezó con ganas de difundir "el espíritu de la Falange" y acabó sirviendo menús baratos.

La asamblea no pretendía ser clandestina. Fue anunciada en tablones y pancartas, e incluso se pidieron las salas de actos a los rectores, recibiendo portazos por respuesta. Eso sí, al régimen, que no sabía leer los tiempos, le encolerizaba el asunto. El comisario Vicente Juan Creix, campeón de la represión condal , iba de cráneo por descubrir dónde demonios sería el contubernio.

A través del boca-oreja corrió que la cita era en los Caputxins de Sarrià, nido de la resistencia cultural y obrera. Era cuestión de tres horas y a casa. Duró casi tres días. Y lo que ocurrió dentro y fuera de los muros fue un formidable ensayo general de democracia. Un superlativo ejemplo de solidaridad. Un modelo de pactos que para sí quisieran hoy en la carrera de San Jerónimo. De aquel brote, que dio músculo a la revuelta, florecieron la manifestación de sacerdotes y el Grup Democràtic de Periodistes (1966), el encierro de intelectuales en Montserrat (1970) y la Assemblea de Catalunya (1971).

Aquí va un extracto de los tres días más vibrantes de los años 60 en Catalunya:

MIÉRCOLES, 9 DE MARZO

Sobre las 4 de la tarde, fueron entrando con pulcritud en el monasterio 450 estudiantes y 30 invitados de todo el arco político, entre ellos, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo, Joan Oliver y Maria Aurèlia Capmany. Agustín García Calvo llegó en taxi desde el aeropuerto, y el Mercedes blanco de Antoni Tàpies trajo a un indispuesto Salvador Espriu y al casi octogenario Jordi Rubió, primer director de la Biblioteca de Catalunya.

Hay quien aventura que fue el Mercedes -tan llamativo en la época como hoy lo sería un jet privado en el párking de un híper- el que puso en guardia a los de la brigada Político-Social. El caso es que el acto constituyente ya casi había acabado y esa noche todos podían haber visto el Madrid-Anderlecht de Copa de Europa por la tele. Pero el comisario Creix ya había desplegado a los suyos, y para dejarles salir exigía cacheos, entrega de documentos de identidad y arrestos a discreción.

El superior, el padre Joan Botam -Salvador de les Borges para su comunidad- decidió hospedarles. Las chicas, cuyo feminismo estaba poco elaborado, se pusieron a coser mantas y a echar una mano en la cocina, mientras los poetas recitaban y, con un par de guitarras y una batería, se improvisó un conjunto, Los Constituyentes. Salvo que hacía frío y un padre histérico quiso recuperar a su hijo, durmieron el sueño de los justos.

JUEVES, 10 DE MARZO

Amanecieron con sabor a revuelta, llovieron bocadillos y tabaco desde el vecino Liceo Francés, y se declaró la huelga general en todo el distrito universitario. Una manifestación coreó en la Diagonal "Libertad para los reunidos"y el padre Botam se fue en el 'seicientos'  a intentar apaciguar al arzobispo Gregorio Modrego y al gobernador civil, Antonio Ibáñez Freire, en este caso sin éxito. Las familias y los simpatizantes concentrados en la Creu de Pedralbes se las vieron con la caballería. Se materializó la Taula Rodona, la plataforma de soporte jurídico y logístico, y el abogado Salvador Casanovas, que pudo entrar, aseguró que un helicóptero de Cruz Roja les lanzaría víveres.

VIERNES, 11 DE MARZO

El padre Botam volvió a visitar al arzobispo Modrego para trasladarle una propuesta: los estudiantes entregarían una lista de nombres a cambio de no ser detenidos. La cosa no se desencallaba y el superior fue a casa de Jordi Maragall, que conocía a un suboficial del ministro de Gobernación. Mientras esperaban la llamada, a las 11.45, Creix y sus rabiosos chicos entraron en el convento, autorizados desde el Pardo por Franco en persona. "Quiero que este asunto acabe cuanto antes", zanjó el dictador. Algunos intentaron huir por el tejado. Otros, como Maria Aurèlia Campany, Ricard Salvat y Agustín García Calvo, se escondieron. El resto de personalidades fue trasladado a Prefactura.

Hubo represalias en forma de multas, despidos y horribles destinos militares. Pero Barcelona había perdido el miedo. La democracia parecía al alcance de la mano.

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