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40 AÑOS CON, 40 AÑOS SIN

El desván del franquismo

JUAN FERNÁNDEZ

La estatua La Victoria, que habitó durante 71 años el cruce de la avenida Diagonal y el paseo de Gràcia, concentra en cuatro metros de bronce el devenir de la simbología franquista que pobló, y sigue poblando, la vía pública. Ideada inicialmente para honrar al presidente de la Primera República, Pi i Margall, su autor, el escultor Frederic Marès, la reconvirtió en un homenaje a las tropas nacionales que tomaron Barcelona, para lo cual cubrió el pecho que la figura femenina llevaba al aire en el proyecto inicial.

Inaugurada en esta ubicación el 26 de enero de 1940, la escultura fue retirada del Cinc d'Ors el 30 de enero del 2011 y desde entonces descansa en uno de los almacenes que tiene el Museu d'Història de Barcelona (Muhba) en la Zona Franca. Ahora, coincidiendo con el 40º aniversario de la muerte de Franco, el monumento formará parte de una intervención artística dentro de las jornadas Franco 40/40, el franquisme en quarentena que organiza el Observatori Europeu de Memòries. «La obra ayudará a explicar qué significaron aquellas cuatro décadas de dictadura», apunta Jordi Guixé, director del Observatori.

La Victoria cerrará así un círculo virtuoso y no solo servirá para recordar los años vividos bajo el yugo del franquismo, sino también la lucha por la libertad que el monumento representa. No en vano, en sus siete décadas de vida fue objeto de numerosos atentados que acabaron persuadiendo a las autoridades de la conveniencia de rellenar su interior de hormigón para evitar una posible voladura.

Almacenes polvorientos

Muy distinto es el destino que ha tenido el resto de la iconografía urbana de inspiración franquista que ha ido sido eliminada de la vía pública en los 40 años transcurridos desde la muerte del dictador. Estatuas, figuras ecuestres, monumentos, blasones, placas, lápidas, mosaicos… La inmensa mayoría de los vestigios que no se destruyeron accidentalmente al ser retirados se dedican hoy a coger polvo en infinidad de almacenes, trasteros y sótanos municipales repartidos por todo el país, sin que exista un registro contable del volumen total de patrimonio histórico que ha sido apartado ni una directriz clara de qué destino darle. ¿Qué hacer con tanto Franco a caballo y tanto escudo abrazado por el águila imperial?

Por lo que esas piezas representan, seguramente cualquier sondeo ciudadano que se celebrara en la calle se saldaría con una propuesta de destrucción inmediata, pero no hay gestor de patrimonio ni profesional museístico que no se lleve las manos a la cabeza ante esta sugerencia. «Para nosotros no son monumentos, son documentos, y como tales deben conservarse, porque explican un periodo de nuestra historia. Algún día formarán parte de exposiciones que ilustrarán sobre aquel tiempo a las generaciones futuras», señala Josep Bracons, jefe del departamento de colecciones del Muhba.

Como muestra, un escudo: el del yugo y las flechas falangistas que hoy puede verse en la exposición sobre la Barcelona contemporánea que se exhibe en la sede del museo, de Oliva Artés, y que antiguamente presidía las viviendas de protección oficial. «Tampoco se trata de aplicar la ley a saco y arrasar con todo lo que haya en la vía pública. A veces la solución no pasa por retirar los monumentos, sino por reinterpretarlos para que expliquen la historia con sentido pedagógico, pero evitando que sirvan para honrar a aquel periodo», razona Guixé.

En Barcelona, aparte de los depósitos del Muhba, el otro gran desván del franquismo se encuentra en el almacén que tiene el área de Patrimonio y Urbanismo del Ayuntamiento en el barrio de Canyelles, en el distrito de Nou Barris. Aquí, junto a un busto de Franco y un monumento a la batalla de Espinosa de los Monteros, se encuentra la estatua ecuestre del dictador que había en el castillo de Montjuic. Pero no al completo: le falta la cabeza, sin que nadie sea capaz de explicar dónde se encuentra. La figura fue retirada de su ubicación en marzo del 2008, pero, cuando llegó a las dependencias municipales en agosto de 2013, ya venía descabezada.

Cabeza desparecida

Aparte de aspirar a convertirse en leyenda urbana y ser motivo de mofa, que una cabeza de Franco ande hoy dando vueltas por Barcelona sin paradero conocido da buena muestra de la ausencia de criterio que ha habido en los últimos 40 años en la gestión del patrimonio monumental de origen franquista. Con la llegada de la democracia, los ayuntamientos de toda España fueron retirando de la vía pública buena parte del decorado urbano que ensalzaba a la dictadura, pero muy a menudo se hizo sin orden ni criterio, con un ímpetu que dependía del cariz político de la corporación municipal del momento.

La ley de la memoria histórica, aprobada por el Gobierno de Zapatero en diciembre del 2007, pretendía poner orden en esa limpieza a medias. «Se trataba de conservar las huellas que expliquen la historia. Una escultura de Franco en la calle no explica el pasado, solo rinde homenaje. Un escudo preconstitucional se explica mejor en un museo, no en la puerta de un edificio público», explica Carme Molinero, catedrática de Historia de la Universitat de Barcelona y miembro de la comisión de expertos que creó el Ministerio de Cultura para fijar los criterios de eliminación de ornamentos.

En cumplimiento de aquella ley, en los últimos años han ido desapareciendo de las calles los monumentos franquistas más notorios que quedaban, como la estatua de Franco a caballo de Santander, la última figura ecuestre del dictador que todavía permanecía en la vía pública, y que fue retirada en diciembre del 2008. Pero la falta de entusiasmo del Gobierno del PP hacia esta normativa ha diluido su cumplimiento.

Estatua en Melilla

Memorial Democràtic, organismo de la Generalitat dedicado a conmemorar la memoria democrática de Catalunya, localizó aún en el año 2010 un total de 3.647 registros franquistas, entre placas, rótulos, grafitis, murales, esculturas y escudos, repartidos por toda Catalunya. A principios del 2015, el abogado Eduardo Ranz se querelló contra 35 alcaldes de toda España, entre ellos el entonces edil de Barcelona, Xavier Trias, por mantener en sus calles hasta 86 símbolos franquistas, desoyendo la legislación vigente. El más grave, la estatua de Franco que hay en Melilla, la única que hoy queda en pie. Cuarenta años después de su muerte, el dictador se resiste a pasar al trastero.