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Editorial

Sin barreras para innovar

Agustí Sala

La suma puede llegar a multiplicar sus efectos. Las compañías, especialmente las de mayor tamaño, estaban acostumbradas a tener un departamento propio de innovación y desarrollo (I+D). Se consideraba que un aspecto tan estratégico para las compañías no podía salir de las cuatro paredes de la empresa para evitar fugas de información confidencial y datos trascendentales.

Con el tiempo se vio que es mejor buscar la colaboración de terceros, sean centros de investigación o universidades. Fue el profesor Henry Chesbrough, de la Universidad de California, el que acuñó el término innovación abierta. Mejor expresión no podía encontrar. Todo ello suponía una nueva estrategia de innovación mediante la cual las empresas superan sus  límites y desarrollan la cooperación con organizaciones o profesionales externos.

Tras ver a muchas start-ups, muchas grandes empresas transformaron la supuesta amenaza en una oportunidad y empezaron a invertir en estas compañías, con menos cargas y mayor flexibilidad. Recursos económicos que antes podían ir a la innovación propia, limitada al espacio que ocupa la propia empresa, se destinan ahora a impulsar el crecimiento de pequeños negocios o proyectos de los que luego pueden sacar partido.

Esta supresión de barreras acelera los cambios a los que deben enfrentarse las compañías gracias a la filosofía colaborativa. Es una forma de ampliar las posibilidades de éxito al recurrir a todo el potencial de talento que existe, no solo dentro de la compañía, sino fuera de ella, que siempre será mucho mayor, aunque se trate de una gran multinacional.