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Opinión | DAME UNA NOCHE

Juan Tallón

Juan Tallón

Escritor.

Escribir y algo más

El autor y el dinero, he ahí el resumen que reduce a quienes se dedican a la literatura a la categoría de personas normales

Asistentes a un curso sobre cuento infantil en el Ateneu barcelonés.

Asistentes a un curso sobre cuento infantil en el Ateneu barcelonés. / Francesc Casals

Los escritores rara vez pueden limitarse a escribir, ya que eso los conduciría a la desaparición, en la que cada uno iría desembocando por un camino propio, aunque todos mugrientos, como recién salidos de una pocilga. Tienen que hacer algo más; rara vez también por gusto. Ese "algo más" a lo que debe aplicarse desganadamente son maniobras engorrosas de supervivencia que, si prescindimos de adornos, radican –ay– en conseguir dinero.

El escritor y el dinero, he ahí el sencillo resumen que reduce a quienes se dedican a la literatura a la categoría de personas absolutamente normales, con la salvedad de que después de conseguir el dinero haciendo lo que sea, aún han de ponerse a escribir, a veces sin fuerzas, sin esperanza, y con eso ya veremos cuánto más dinero sacan. Aunque les servirá para demostrar al mundo, o a sí mismos, que en efecto son escritores. Si a uno de ellos le preguntan en qué consiste su trabajo, y cuánto tiempo le consagra, no podrá más que reconocer que ser escritor consiste en no escribir durante la mayor parte de su vida, aunque le gustaría.

¿Cuántos cientos de euros necesitas cada mes para quedarte sentado en tu mesa y escribir sin pensar en otra cosa más que en la novela, el ensayo, el poemario o el género que sea al que te entregas? Establecida la cantidad, y siempre antes de sentarte a escribir, sales a buscarla. Esta es una de las cosas que más han cambiado en la literatura, a saber si más que la propia literatura, que nunca deja de transformarse, porque si no habría ya desaparecido: eso que haces para reivindicarte como escritor, y que debería mantener un pie, o al menos la esquinita de un pie, un cierto vínculo, digamos, dentro de la literatura o, a la desesperada, del mundo literario. (Qué es el mundo literario, cuáles son sus fronteras, o degeneraciones, a lo mejor lo abordo otro año).

Durante mucho tiempo uno era escritor a la vez que ejercía, en paralelo, como profesor o colaborador en algún medio de comunicación, primero escrito, y, con el tiempo, de lo que fuese: radio o televisión. (Por esta vía llegaron a la publicación autores que no pretendieron nunca ser escritores, pero alguien pensó que, tratándose de caras conocidas para muchos espectadores, a lo mejor podía vender libros. Pero eso queda también para otro año).

A medida que el mercado literario creció, y por tanto también el número de autores, hubo que crear nuevos escenarios para la supervivencia. Así llegamos a dos de los roles más fascinantes hoy en día: uno es el de los talleres literarios. Decenas de escritores se ofrecen a mostrar cómo se escribe un libro a miles de personas con curiosidad por su trabajo, o directamente con vocación por escribir a su vez, y que aspiran a manejar las herramientas y habilidades necesarias de un modo más rápido y autoconsciente que el tradicional, que pasa por leer mucho y con atención, aprendiendo de los libros de otros, y no tanto de sus lecciones.

Y después está eso que los autores llaman genéricamente "bolos", categoría en la que entra de todo: charlas, coloquios, presentaciones, conferencias, festivales, ¡retiros!, residencias, lecturas, firmas que te llevan por pueblos, ciudades, a veces otros países, cuando no otros continentes. Mal que bien, llegas a esos sitios y tienes ocasión de hablar de libros, o del oficio del escritor, o de los retos de vivir en este presente.

Todo ello permite recordarle a la gente que, en el peor caso, fuiste escritor. Sin bolos, sin talleres, sin colaboraciones, solo unos pocos privilegiados pueden vivir. A veces necesitas hacerlo todo: bolos, talleres y colaboraciones. Solo entonces, con el tiempo que te queda, te sientas a escribir, cumpliéndose aquello que sostenía Fernando Mansilla de que a menudo uno se gana la vida con la segunda cosa que mejor sabe hacer.