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un vecino de les corts llamado... Víctor Guerrero

"Cuando Les Corts duerme, yo coso mis vestidos"

CARME ESCALES
BARCELONA

El apellido Malagarriga identifica a una de las estirpes con más historia en el barrio de Les Corts. El comercio de Grans i queviures de Joan Vallés, más tarde tienda de ultramarinos Vallés, después Colmado Malagarriga y luego llamado autoservicio Malagarriga, dio vida y trabajo a una saga familiar en la esquina de la calle de Cabestany con Déu i Mata y la plaza de la Concòrdia.

En el último de esos establecimientos colocaba productos en las estanterías un niño llamado Víctor Octavio Malagarriga Guerrero (Barcelona, 1952). «En casa siempre nos enseñaron lo importante que era estudiar y dedicar tiempo a los deberes, pero también la responsabilidad de trabajar», recuerda Víctor Guerrero. Ese fue el nombre que se afianzó el pequeño de los Malagarriga al iniciar su carrera profesional como showman de music-hall y bailarín. Antes de descubrir su vocación en el escenario, sus estudios en las escuelas Massana y Sant Jordi de Barcelona, su licenciatura en Bellas Artes, los idiomas y la danza clásica ocuparon muchas horas de su infancia.

El barrio de un niño

Hoy, algunos de los cuadros que desde muy pequeño ya se aficionaba a dibujar Víctor Guerrero decoran el comedor de la casa en la que reside su madre, junto al antiguo colmado. Una de esas obras ganó un concurso de pintura rápida de una fiesta mayor que organizaba Casa Piera, la tienda de bellas artes cuyos dueños vivían en Les Corts. «Yo tenía 10 años y dibujé el campanario y las casas de mi barrio», dice.

El retrato de aquel niño es bastante fiel al entorno de la plaza de la Concòrdia. «Muchas de estas casas, como el edificio en le que vivo yo, están catalogadas», afirma el vecino. «En el portal frente al viejo negocio familiar -hoy pizzería Concòrdia- había vacas, y rodeaban el barrio campos de patatas», rememora Guerrero. «Les Corts siempre ha sido un barrio muy señor, educado, limpio, pero muy señor. Aquí se han hecho auténticas fortunas», afirma. «Y alguna de sus torres puede valer hoy un millón de euros tranquilamente», considera el artista.

En una de esas ilustres casas señoriales, con jardín, Can Deu, donde hoy está ubicado el Centre Cívic, Guerrero había entrado muchas veces con su abuela, una señora cuyo estilo de vida habla de ese barrio tan señor. «Mi abuela no salía nunca de casa sin que antes hubiera ido a peinarla a casa su peluquera», asegura Guerrero. «Si hacía mal tiempo, no salía porque no le favorecía. Tenía que estar siempre impecable», añade el nieto de Lluïsa Vallés. Con ella, Guerrero paseaba por aquella plaza de la Concòrdia que el tranvía atravesaba. El showman y vecino había visto el antiguo Hospital Sant Joan de Déu «donde hoy está la Illa», dice, y «la antigua prisión de mujeres donde está ahora El Corte Inglés». «Aún me acuerdo de cuando la derrumbaron», dice el vecino, muy implicado en los asuntos vecinales. «Cuando hay un problema, me gusta asistir al Consell de Barri, en la sede del distrito que, además, es un edificio precioso», comenta Guerrero.

«Vivimos como reyes»

Excepto dos años que pasó en Mallorca, donde debutó en el cabaret con el espectáculo El ocaso de Virtudes,- «y donde residí un tiempo en casa de Sara Montiel»-, Guerrero ha vivido siempre en Les Corts. «Esto es un pueblo maravilloso, vivimos como reyes», puntualiza el que fue propietario durante años del restaurante Seven Dreams del Poble Espanyol, donde también actuaba en el espectáculo que amenizaba las cenas.

La trayectoria profesional de Guerrero está curtida de anécdotas, como la censura que pasaban, a diario, los espectáculos de revista en los que actuaba en el Paral·lel o los dos meses que pasó en prisión en Mallorca, siendo Rodolfo Martín Villa gobernador de la isla. «Me detuvieron por la calle y me aplicaron la ley de vagos y maleantes peligrosos», explica Guerrero. «Corrí mucho delante de los grises (Policía Nacional)», añade el showman.

El Molino, el Arnau, el Barcelona de Noche y teatros y salas de fiesta de todo el mundo, también en Broadway, han sido sus escenarios. En ellos ha lucido, -y lo sigue haciendo en sus bolos actuales, como el crucero que lo llevó a celebrar el fin de año pasado trabajando en alta mar-la magia de los trajes con lentejuelas, que lo sedujeron de muy joven y que ahora él mismo borda en casa. «Cuando Les Corts duerme, yo coso mis vestidos, escuchando las canciones de la italiana Mina», dice.

Perpetúa y rememora así un pasado que resucita, una vez al mes -la próxima actuación es el 6 de febrero-, en el Antic Teatre (Verdaguer i Callís, 12) con artistas de cabaret, «protagonistas de la Barcelona canalla de aquellos años», que vuelven a subir a escena en el espectáculo El desplume.

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