30 sep 2020

Ir a contenido

muy seriemente

'Dead to me', humor negro de mujer

Muñeca rusa infinita de brillantes giros narrativos, esta perla de Netflix funciona impecablemente gracias a ese enigma que para los hombres es la sororidad

Carles Cols

Linda Cardellini y Christina Applegate, protagonistas de ’Dead to me’ y achispadas en no pocos capítulos.

Linda Cardellini y Christina Applegate, protagonistas de ’Dead to me’ y achispadas en no pocos capítulos. / NETFLIX

El regreso de ‘Dead to me’, diáfana comedia negra que brilló con luz propia en el firmamento de Netflix en el 2019 cuando se estrenó la primera temporada, le habría encantado (es un suponer, claro) a Miguel de Unamuno, no porque como escritor fuera hombre de mucho chiste (solo hay que repasar su álbum de fotos y su literatura, donde nunca hay ni una mueca de sonrisa), sino porque suya es la paternidad de una expresión muy de moda ahora, la sororidad, ese lazo invisible que une a las mujeres en un mundo que aún es más de hombres que de ellas. A Unamuno le pareció que a la lengua española le faltaba un equivalente femenino de la palabra fraternal, el amor entre hermanos, así que echó mano de su dominio del latín y se sacó del sombrero las expresiones sororal y sororidad. Así era él. De Bilbao. La Real Academia Española (RAE) se hizo la longuis y no incluyó el ‘palabro’ en su diccionario hasta un muy reciente 2018. Un año más y a los académicos les pilla con la hoja en blanco el ‘sorórico’ éxito de ‘Dead to me’, una serie vital y fresca a pesar de la cuestión que trata, glups, la muerte, materia que podría ser un tabú, pero a los ‘Homo sapiens’, especie rara, le gusta sacarle punta al tema y así se han escrito con ella obras memorables del humor negro. ‘Una modesta proposición’, de Jonathan Swift, y ‘Los seres queridos’ de Evelyn Waugh, son dos ejemplos sublimes, por si gustan ustedes. En la posdata de esta trigesimoquinta edición de ‘muy seriemente’ encontrarán una opinión sobre esa obcecación humana por bromear con la muerte. Antes, la serie.

Pongan 'Dead to me' en un alambique y, destilada obtendrán un licor de 'cliffhanger' de alta graduación

De ’Dead to me’ es mejor o revelar prácticamente nada, salvo es la historia dos mujeres estupendamente interpretadas por Christina Applegate y Linda Cardellini y unidas por tremendas desdichas. Solo esa fuerza invisible de la sororidad se supone que las mantiene unidas ante la cómica tragedia y ante el vértigo de los originales giros argumentales en el que las sitúa la creadora de la serie, Liz Feldman, también mujer, detalle importante en este caso.

‘Dead to me’ es una infinita muñeca rusa de ‘cliffhangers’, otro ‘palabro’ que los seriófilos conocen bien y que define aquel truco de guionista de dejar de repente el relato colgado de un abismo y abrir en el espectador el hambre de saber más. No es nada nuevo bajo el sol. Esa era la esencia de las páginas de cómics en los años 40, 50 y 60, dejar al protagonista, ya fuera Flash Gordon o Tintín, en un aprieto de tres pares en la última viñeta y no resolver la situación hasta la entrega de la semana siguiente. ‘Dead to me’ lleva el ‘cliffhanger’ a una dimensión nueva, a la estratosfera, y, lo dicho, con sororidad, lo cual ya es la repanocha.

Feldman no era hasta alumbrar esta serie una gran conocida. Se podría incluso tirar el hilo y apuntar que su condición de lesbiana aporta otro plus a un guion ya de por si ingenioso. No merece la pena meterse en ese jardín. Quien esto firma no querría añadirse a la legión de hombres que dan lecciones de feminidad y feminismo a las mujeres, sabelotodos que hasta enseñarían a nadar a un pez. Solo, humildemente, decir que el humor negro de esta joya no se puede concebir salido de la pluma y el tintero de un hombre. Si Feldman fuera un hombre, habría concebido una de aquellas comedias que mano a mano protagonizaban Jack Lemmon y Walter Mathau, pero, admitámoslo, Willy Wilder, su director fetiche, era alérgico a la sororidad.

'Homo sapiens', única especie que se ríe de la muerte, y eso merece como mínimo una explicación

Posdata. ¿Qué tiene de gracioso la muerte? Swift, en 1729, rompió todos los moldes pasados, presentes y futuros con una fenomenal sátira que le quitó el hipo a todo un país, en la que con profusión de estadísticas y análisis ponía sobre la mesa un remedio contra las endémicas hambrunas de Irlanda. Calculó cuantos hijos de cada familia campesina, previo pago de una compensación económica, podrían dedicarse al sector cárnico. Añadía, incluso, recetas. “Me ha asegurado un joven americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño saludable y bien criado constituye, al año de edad, el alimento más delicioso, nutritivo y sano, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y yo no dudo que servirá igualmente en un fricasé o en un guisado”. Waugh, unos 200 años más tarde, regaló al mundo otro referente de la comicidad oscura, ‘Los seres queridos’, una inmersión en el negocio de las pompas fúnebres y la tanatoplastia. El misterio es por qué causan risa estas incursiones en las fronteras de la vida. Un escritor enfrentado a su cercana defunción (disculpen, no sé ahora quién era) explicó en una ocasión que morirse no es que en mitad de un guateque alguien llame a la puerta y te diga que te tienes que ir ya a casa. Es peor. Te tienes que ir a casa, pero la fiesta continúa sin ti. El humor negro tal vez sea el baile de los que se quedan. ‘Dead to me’ es una gran melodía. Pasen y bailen.