07 abr 2020

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No solo fútbol

Inviolable, como el Rey

Nos falta el avance definitivo. Una cámara que nos permitan acceder al pensamiento de los futbolistas y sus entrenadores. La palabra se ahoga con la mano o se enmascara con la mentira, el eufemismo o la prudencia

Josep Martí Blanch

Quique Setién y Eder Sarabia, su ayudante, durante el partido ante la Real Sociedad.

Quique Setién y Eder Sarabia, su ayudante, durante el partido ante la Real Sociedad. / JORDI COTRINA

A veces le gano la partida a mi yo 'quedabien'. Tocaría hoy hablar de feminismos, de los viejos y los nuevos, y sacar provecho de esta página para pedir el carné de simpatizante del club de la sororidad ahora que, con un retraso imperdonable solo atribuible a mi falta de diligencia con el vocabulario de moda, he descubierto la palabreja. Pero hay que calibrar bien los excesos en aras a mantener la credibilidad. Si escribo que soy feminista, como algunos compañeros de generación vienen haciendo de unos años a esta parte cada segunda semana de marzo, los lectores no van a creerme jamás una sola línea más de las que escriba.

Pues amarga la verdad hay que echarla de la boca, dijo Quevedo. Y la verdad es que por encima de una edad no hay señores feministas, solo hombres perdidos que llevan a cuestas la cruz del mundo en el que nacieron y que van entonando máximas del tipo «perdón, me he equivocado, no volverá a ocurrir». Este latiguillo es un salvavidas de múltiples usos para todo desnortado. Es tan útil al plebeyo al que le afean un micromachismo como a un monarca que mate elefantes con cargo al erario o, puestos en modo 'supermegahiperbólico' y 'archifantasiosos', que reciba cien millones en comisiones ilegales provenientes de una dictadura.

La muletilla de marras es útil también a los entrenadores, como ha demostrado Quique Setién estos días, saliendo a defender cual Popeye a Cocoliso, a su segundo entrenador, Eder Sarabia, por maldecir vehemente a sus jugadores desde la banda cuando no le gusta lo que hacen en el campo.

Pero a decir verdad, Setién se excedió en espíritu teletubbie en su entrevista exclusiva en EL PERIÓDICO. Demasiado azúcar. Porque, vamos a ver, ¿es de verdad necesario pedir perdón por existir? Estamos muy a favor de los entrenadores que berrean en las zonas técnicas cuando sus futbolistas se columpian en el campo. ¿Y si se enfadan los jugadores? Dos piedras y haber estudiado, que donde hay patrón no manda marinero. En teoría, claro. Que ya sabemos que en el fútbol la marinería manda mucho en todas partes y, en el navío blaugrana todavía más.

Los esfuerzos televisivos

El episodio de marras ha servido para volver a discutir sobre las cámaras que siguen obsesivamente a los protagonistas del 'show' futbolístico para poder leer pacientemente sus labios y contarnos lo que andaban diciendo durante el partido. Como espectadores agradecemos estos esfuerzos televisivos que nos sirven para que no nos perdamos detalle del éste ha dicho, aquel ha contestado y el de más allá ha farfullado.

Aunque la consecuencia principal de convertir los estadios en perfectos panópticos, como el soñado en su día por el filósofo utilitarista inglés Jeremy Bentham, ha sido que ahora todo el mundo habla tapándose la boca y cada vez resulta más complicado escuchar una palabra que no sea vacía. Futbolistas y entrenadores actúan, incluso cuando intercambian inocentes saludos, como si todos fuesen Corinna Larsen cuchicheando sobre oscuros secretos de Estado conseguidos en la intimidad de un catre real. Queriéndolo escuchar todo nos hemos quedado sin oír nada.

Nos falta el avance definitivo. Una cámara que nos permitan acceder al pensamiento de los futbolistas y sus entrenadores. La palabra se ahoga con la mano o se enmascara con la mentira, el eufemismo o la prudencia. ¿Se imaginan que pudiésemos saber lo que de verdad piensa Messi de Abidal? ¿O Piqué de Bartomeu? ¿O Alba de Júnior Firpo? Eso sí sería el espectáculo 360º definitivo.

Duraría poco. Una jornada a lo máximo, quizá ni eso; porque con los pensamientos a la vista todos los jugadores estarían expulsados antes del descanso. La transparencia extrema no solo haría imposible el fútbol, sino la misma civilización. Esta semana, por ejemplo, hubiera habido sorpresas mayúsculas con tanto feminismo de palabra, si pudiese compararse con las cavilaciones de sus autores. Mejor sigámonos mintiendo. O disculpándonos cuando se nos escape alguna verdad, como le pasó a Eder Sarabia. Menos mal que el pensamiento es todavía, emérito o no, como el Rey: inviolable.

La verdad, pero menos

El Barça paralizó la segunda temporada de la serie ‘Matchday’ por varios motivos, pero uno de ellos fue que para los jugadores resultaba demasiado pornográfica la narrativa de los momentos de dolor, como la eliminación que sufrieron ante el Liverpool en la pasada edición de la Champions. Es un ejemplo más de que el compromiso con la verdad solo vale cuando esta nos favorece. ‘Matchday’ fue, por lo tanto, un aprendizaje rápido. Si hay que grabar una serie que alguien escriba un guion o que uno de los nuestros supervise el montaje. A fin de cuentas, a la verdad solo se le exige en estos tiempos que lo parezca. Y para ser sinceros, como serie, tampoco era gran cosa.