29 sep 2020

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Conocidos y saludados

Historia de una ambición

Pedro Sánchez sabe que debe impulsar, dentro y fuera de su casa, una nueva transición

Josep Cuní

Pedro Sánchez, tras recibir la investidura como presidente del Gobierno.

Pedro Sánchez, tras recibir la investidura como presidente del Gobierno. / DAVID CASTRO

El despacho era funcional. Vacío, antiguo, interior, un tanto lúgubre. Desgastado y con poco atractivo. Mesa grande de madera oscura a conjunto con la librería situada detrás de un sillón adecuado al cargo. Ni un libro ni una fotografía. Nada que recordara a nadie de los que lo ocuparon anteriormente, y sin tiempo para que el recién llegado hubiera podido depositar sus propias referencias. Ni siquiera un pongo inútil pero nostálgico. A un lado, un par de sofás poco suntuosos formando ángulo y con una mesita de centro que diseñaba un segundo espacio en el mismo habitáculo. Enfrente, y en el rincón, una planta alta, cuidada, que le daba a la estancia la poca vida que tenía. Testimonio mudo de vete a saber cuántas confidencias, conspiraciones, secretos, tácticas, estrategias, alegrías, traiciones y decepciones. Todo lo que envuelve la política en su fuerza y en su flaqueza. Todo lo que vive y muere en la actividad del líder de un partido.

Pedro Sánchez Pérez-Castejón (Madrid, 29-2-1972) hacía pocos días que había sido elegido por primera vez secretario general del PSOE. Con la cordialidad de quien todavía se siente sorprendido y la prudencia de quien ya siente el peso de la responsabilidad, desplegaba su sonrisa inclinando el torso para reducir su metro noventa y acercarse a la modesta altura del interlocutor. «Estoy convencido de que puedo ser presidente del Gobierno», soltó de entrada, iniciando su descripción del momento político, la situación de su formación y sus propias posibilidades. Las dificultades eran tantas que su invitado disimuló su perplejidad mientras dudaba de si estaba ante un ingenuo o un bravucón. Por lo poco que lo había tratado no lo tenía por lo uno ni por lo otro. El tiempo se lo certificó. Y con su paso, otros encuentros lejos de los focos, la oficialidad y el país.

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Mientras, el vía crucis forzado por los propios, que como es sabido son los únicos enemigos de un político. Los otros son rivales a los que hay que intentar batir con el cobre de la razón y la fuerza de la ideología. La familia partidista es otra cosa. Más sutil, más dañina, más perversa. Así se lo han demostrado todavía ahora, durante la negociación para la investidura y el primer Gobierno de coalición de la historia reciente de España. Y de izquierdas, para más inri. Y con el apoyo de independentistas catalanes y vascos violentos para los que no cabe ni perdón ni redención. Lo han hecho mostrando las hechuras de los jarrones chinos que mantienen mustias las rosas rojas de su juventud. No es extraño que el renovado presidente del Gobierno de España haya decidido que tales ornamentos no caben en aquel despacho histórico. Tanto los ha sufrido que se repensó muy profundamente su compromiso público, ante Jordi Évole, de regresar a las carreteras de un país que había cambiado de color a medida que el socialismo cambiaba de rostro. La distancia ayudó. Y aquí lo tenemos.

En 1979, Gregorio Morán publicó la primera biografía de Adolfo Suárez. La tituló 'Historia de una ambición'. Fue un 'best-seller' porque este país todavía no estaba acostumbrado al uso del bisturí para diseccionar la carne del nuevo poder y menos aún a que le dijeran tan pronto que la transición había sido el resultado de una serie de azares. Pedro Sánchez prefirió adelantarse y facilitar él mismo la redacción de su 'Manual de resistencia', libro en el que reivindicaba la primera moción de censura que triunfó en España y gracias a la cual él consiguió formar gobierno por primera vez. Nada tienen que ver ni los textos ni las intenciones. Salvo que el renovado titular de la Moncloa sabe que debe impulsar, dentro y fuera de su casa, una nueva transición. Y que, siendo igual de difícil, no puede ser fortuita. Otra ambición. Esta, colectiva.

Descalificaciones en la investidura

Las presiones ejercidas sobre Pedro Sánchez para frustrar el primer Gobierno de coalición han sido tan fuertes como su tozudez en no ceder. Por eso las descalificaciones políticas y personales han estado al orden del día de las dos sesiones de investidura concluidas el pasado martes. Que esto lo haga la oposición se da por descontado. Lo que ya ha de ser más difícil de digerir es que te las inflijan los propios, estremecidos por el papel jugado por radicales libres, vascos y catalanes, sumados a los contumaces comunistas. No tuvieron en cuenta cuán curtido estaba ya el candidato.