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muy seriemente

'Mesías', una serie increíble

Tras la rechifla que provocó el tráiler, toca ahora un acto de contrición, porque Netflix ha obrado el milagro de que una serie de medio pelo sea adictiva

Carles Cols

El actor belga Mehdi Dehbi, hecho un Cristo, en una escena del primer capítulo de ’Mesías’.

El actor belga Mehdi Dehbi, hecho un Cristo, en una escena del primer capítulo de ’Mesías’. / NETFLIX

Cuando Netflix puso en circulación el tráiler de ‘Mesías’, la rechifla fue la reacción facilona. Las cuatro pinceladas de aquellas escenas entrelazadas esbozaban poco, pero suficiente, el argumento de la serie. Alguien con las barbas de un Jesús, al que sus seguidores llaman Al-Masih, o sea, Mesías, obra lo que parecen milagros en lo que queda de Siria y, en un alehop, se planta en Estados Unidos, como se sabe, país que trata de gobernar el mundo como los antiguos cruzados, porque Dios está de su parte. Es también el mayor productor mundial de telepredicadores. Y es, además, un país que detesta a los ateos casi tanto como a los comunistas. Luego les doy un par de cifras que quitan el hipo. Total, que la CIA y el FBI se ponen las pilas. Pues bien, vistos penitentemente los 10 capítulos de la primera temporada toca hacer un acto de contrición.

De ‘Mesías’ se puede decir que es increíble, aunque no, claro, en el sentido más elogioso de término. Su factura no es exquisita. Vale. No tiene el halo de ‘Succession’ o ‘Fleabag’, triunfadoras de los Globos de Oro. De acuerdo. Pero una vez comenzada, tiene un inexplicable ‘nosequé’ que impide dejar de verla. Es algo milagroso.

Cuenta Javier Melero en su libro sobre el ‘procés’ (otra religión a la que también volveremos luego) que todos los trapecistas del mundo saben que el público va a verles sobre todo por si algo falla y caen con estrépito. Puede que ese sea el ‘nosequé’ de ‘Mesías’, que despierta una gatuna curiosidad por conocer el final de la acrobacia. Aquí nada más se contará sobre la trama. En realidad, ni siquiera se tendrán los arrestos de recomendar la serie. Allá ustedes. A lo que invita ‘Mesías’ es a sopesar por segunda vez en ‘muy seriemente’, esta sección pecadora, el papel de la religión en Netflix y en el resto de iglesias de pago, capaces de contradecir incluso al sabio poeta y filósofo Ralph Waldo Emerson, que en su siglo XIX afirmó que la religión de una época era el entretenimiento literario de la siguiente. Ahora, ni eso, la religión del presente puede ser, a la par, entretenimiento seriófilo.

Antes, la religión de una época era el entretenimiento de la siguiente. Ahora, ni eso

‘Mesías’, vista desde una sofà de Barcelona, ciudad con una cierta tradición comecuras, es un divertimento singular, a distancia sideral, sin duda, de la osadía de ‘American Gods’ y ‘Good Omens' (ambas en Amazon) y de la lisergia de ‘El joven Papa’, que regresa este viernes a HBO con nuevo título, ‘El nuevo Papa’, y con un tráiler de padre y muy señor mío, nada menos que Jude Law, el pontífice de la primera temporada, en bañador y en una suerte de ‘valhalla’ católico en el que hasta la Virgen María se desmaya ante tal bellezón.

La agente Eva Geller, de la CIA, interroga a Al-Masih, como le llaman sus fieles / NETFLIX

Al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, la digestión de ‘Mesías’ debe ser indudablemente otra. Hace menos de un año, la prestigiosa empresa demoscópica Gallup sondeó las reticencias de los votantes cara a las elecciones presidenciales del próximo noviembre. Un 96% de los encuestados dijeron que, llegado el caso, podría votar a un candidato negro. Que fuera mujer, un 94%. A un gay o lesbiana no tendrían reparos en votarle un 76% de los votantes. Si fuera musulmán, un 66%. Solo un socialista, según la encuesta, da más repelús que un ateo a los estadounidenses. Para un 40% de los electores sería imposible aceptarle como inquilino de la Casa Blanca. Estados Unidos es una teocracia. Ocho legislaciones estatales prohíben a los ateos ocupar cargos públicos. Visto desde esta orilla del océano parece inconcebible. A lo mejor ahí ‘Mesías’ pasa inadvertida, porque la realidad eclipsa a la ficción.

Cada país se excede con lo que le apetece. Qué se le va a hacer. Por aquí, como ha quedado sobreacreditado estos días, lo que anima a la parroquia son las religiones laicas, ya saben, la Iglesia de los Puigdemonistas del Primero de Octubre, los Testigos de la Constitución Española y la recién fundada Congregación de la Transubstanciación de Pedro Sánchez, todos ellas religiones a la greña, como corresponde. Ya tarda Netflix en darle forma a un guion. En Estados Unidos sería una serie increíble. Tan adictiva como ‘Mesías’ lo es aquí.

Juan Pablo III contra Pío XIII, en HBO

Lo cuenta estupendamente Emmanuel Carrère en ‘El Reino’, que los romanos, tan exhaustivos en documentar su época, apenas repararon en las andanzas de Jesús. Lo más parecido que tuvieron a Twitter fue Plinio el Joven, que nombrado gobernador de Bitinia decidió investigar queines eran aquellos discípulos de Christus delos que oyó hablar. “Se reúnen en secreto y el jefe de gabinete de Plinio piensa que es para hacer guarradas”. Ese es el espíritu tuitero. La decepción viene después, cuando envía espía y, tras esas comidas frugales y el canto de himnos, “nadie se acuesta con nadie. Que el cristianismo fuera a proporcionar siglos más tarde tanto juego narrativo era inimaginable. Ese es un logro de la Iglesia. El estreno de ‘El nuevo Papa’ es un ejemplo. Habrá quien crea que es un exceso. Del tráiler se intuye el reinado simultáneo de dos papas, Jude Law como Pío XIII y John Malkovich como Juan Pablo III. Nada nuevo bajo el sol. Si creen que la serie de HBO exagera, tengan en la mesilla de noche ‘Los papas, una historia,’ de John Julius Norwich, una meticulosa biografía sobre la vida, casi siempre muy poco santa, de todos los pontífices de la historia.