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Patio de butacas

Cine, más cine, por favor

El crítico Àlex Gorina presenta un ciclo de cinco películas sobre la belleza enmarcado en el Festival Clàssics. Le ha salido unaselección italianísima. Las proyecciones arrancan el próximo martes, 22 de octubre, con 'El Gatopardo', de Luchino Visconti

Olga Merino

Àlex Gorina, en el Palau de Maricel de Sitges.

Àlex Gorina, en el Palau de Maricel de Sitges. / MARC VILA

En momentos de tan hondo pesar queda al menos el asidero de la belleza. Un buen libro. La perfección estructural de una sonata. Las flores. El cuerpo humano. Está la luz de membrillo. El mar incluso en invierno. Un guiso lento... Al menos desde los griegos se considera bello lo que es luminoso, amable y conserva cierto vínculo con la bondad, si bien el concepto es tan esquivo que la belleza puede emboscarse también en lo oscuro, en el dolor, en la incorregible tendencia de los humanos hacia el abismo.

Para explorar sus múltiples capas ha nacido el Festival Clàssics, con una oferta cultural tan jugosa que sería imposible condensarla aquí. Nos circunscribimos, pues, a la belleza clásica en el cine: el patio de butacas se transmuta en esta ocasión en el auditorio de CaixaForum, donde el crítico Àlex Gorina estrenará el próximo martes, a las 18.30, un ciclo fílmico con 'El Gatopardo', de Luchino Visconti, aristócrata refinado y marxista militante.

Durante una agradable conversación en Sitges en los días del Festival de Cine, Gorina, que fue director del certamen y al que habrá acudido tropecientas veces como conductor del espacio radiofónico 'La finestra indiscreta' –¡lleva 33 años en antena!–, explicó las claves de su selección. ¿El rincón escogido? El Museu de Maricel, en cuyo mirador, aprisionado entre las nubes y el azul del agua, el artista Santiago Rusiñol debió de disfrutar de impagables sobremesas cuando tenía en él instalada su casa taller.

El experto no duda ni una milésima de segundo cuando se le pide que escoja una escena, solo una, de 'El Gatopardo': en el arranque, cuando terminan los títulos de crédito, la cámara se aproxima al palacio de Don Fabrizio, el príncipe de Salina; suena la música de Nino Rota y una leve brisa mece las cortinas de encaje blanco, mientras desde el interior se escucha la salmodia monocorde del rosario en latín. La cámara penetra en la capilla a través de uno de los ventanales y sorprende a un coro de figuras que rezan arrodilladas en el suelo, todas vestidas de negro. Un viento suave que acabará transformándose en el huracán de una revolución. O casi.

Una frase adelantada a su tiempo

La película, basada en la excepcional novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, la única que escribió, narra el declive de la aristocracia terrateniente en la Sicilia de 1860. Don Fabrizio, el patriarca, pretende seguir aferrado a las tradiciones de un pasado feudal, mientras su sobrino, Tancredi Falconeri, decide aliarse con el enemigo, las tropas de Garibaldi, para prolongar durante un tiempo más el disfrute de los viejos privilegios. De ahí su célebre 'dictum': «Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi» (si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie). Qué frase tan preclara, qué adelantada a su tiempo.

Si espléndido es el fragmento de las cortinas y la brisa, no menos impresionante resulta la escena de la fiesta en el palacio de Palermo, el vals inédito de Verdi que bailan dos de los principales personajes. Música, coreografía, decoración, luz y vestuario se funden de manera insuperable para cristalizar en una obra maestra que bien pudo convertirse en una ópera, asegura el experto, con su estructura en tres actos y su majestuosidad.

Cuánta belleza, sí, por no hablar de la más efímera de todas, la carnal: la sonrisa de Claudia Cardinale, los ojazos de Alain Delon, la percha del veterano Burt Lancaster en uno de los mejores papeles de su carrera. De las 15 veces que habrá visto 'El Gatopardo', cuenta Gorina que en el 2010, cuando se presentó la versión remasterizada de la cinta en el Festival de Cannes, por una de esas chiripas que en ocasiones depara el destino, pudo sentarse justo detrás de la Cardinale y Delon durante la proyección y observar cómo se reían y se hacían confidencias al oído con la misma complicidad que durante el rodaje, casi 50 años atrás.

A Àlex Gorina le ha nacido una selección italianísima. «Visto en perspectiva, si tuviera que salvar una sola filmografía –dice–, salvaría la italiana, con todas sus comedias, además. Las películas de Sordi, Tognazzi, Mastroianni y Nino Manfredi». Los americanos son caso aparte, y el cine francés envejece peor. Con la salvedad de 'Ran', de Akira Kurosawa, el resto de películas, todas ellas basadas en textos clásicos, son más italianas que la grappa: 'El Evangelio según San Mateo', de Pasolini; 'Satiricón', de Fellini; y 'Romeo y Julieta', de Franco Zeffirelli. Las viejas películas, un consuelo en tiempos duros.