19 sep 2020

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Muy seriemente

Netflix conoce tus vicios

La distopía en antena por excelencia parece ser 'Years and years', de HBO, pero el Gran Hermano es otro, su mayor competidor

Carles Cols

Emma Thompson, trasunto de esa ambición rubia llamada Boris Johnson, en una escena de ’Years and years’.

Emma Thompson, trasunto de esa ambición rubia llamada Boris Johnson, en una escena de ’Years and years’. / HBO

Dijo Salustio, el Iván Redondo de Julio César, que “solo unos pocos prefieren la libertad”, que “la mayoría de los hombres no buscan más que buenos amos”, y aunque esto fuera escrito hace más de 2.000 años, quita el hipo que ese sea el más que creíble catalizador  argumental de ‘Years and years’ (HBO), propuesta olvidada en todas las nominaciones de los Emmy de este año, pero de la que apetece hablar en esta primera entrega de de las contras dedicadas a la nueva gran adicción mundial, las series. Tómense esto como un capítulo piloto. El libro de estilo del diario dice que no debería dirigirme a ustedes en primera persona, no romper la cuarta pared del periodismo, pero, ¡qué narices!, si Phoebe Waller-Bridge lo hace en la merecidamente premiada ‘Fleabag’ (Amazon), no seremos aquí menos.

Ausente en los Emmy, 'Years and years' se asoma como una serie referencial sobre un futuro temible, salvo porque ya lo es el presente

‘Years and years’, por ir ya al tajo, pasa por ser una distopía, o sea, un relato ficticio antítesis de la utopía, el retrato de una sociedad inventada pero verosímil. ‘1984’ es el canon, pero George Orwell la escribió en 1948 (se limitó a invertir las dos últimas cifras para situar ese futuro en el que dos más dos son cinco si lo dice el gobierno), situó el futuro suficientemente lejos para conseguir verosimilitud, mientras que ‘Years and years’ es una distopía política de pasado mañana mismo, así, con un par, un relato casi en presente sobre la veloz podredumbre de la política, hasta el punto de que ya ni siquiera Salustio tiene razón, ya ni siquiera pedimos que los amos sean buenos. Les cuento.

No se revelarán aquí los intríngulis de la trama, el llamado ‘spoiler’ es anatema, pero sí un apunte del minuto inicial del primer capítulo. Durante un debate político en la televisión británica. Emma Thompson, un poco como trasunto de esa real ambición rubia llamada Boris Johnson, responde raso y claro a una pregunta del público sobre la enésima crisis violenta entre Israel y Gaza. “I don’t give a fuck”, zanja ella. No tiene una fácil traducción tal grosería. Sería más o menos que le importa una mierda, pero no, porque le falta el acento sexual. '¿Me la pela?' Tanto da. El caso es que la candidata Thompson asegura que le preocupa más que le recojan bien la basura de su calle. Parecerá ingenioso por parte de los guionistas, pero lo cierto es que tampoco en el debate político español se debate sobre Oriente Próximo. De hecho, en verdad tampoco mucho sobre vivienda. No digamos ya sobre inversión en ciencia. ¿Cultura? ¿Defensa? La repetición de las elecciones generales para que el bello durmiente Pedro Sánchez concilie el sueño ha causado estupor en Madrid, no tanto en Catalunya, donde la distopía hace casi 10 años que dura.

Durkheim lo vio claro

La política, no en ‘Years and years’, sino por estas latitudes más meridionales, se ha sacralizado, en el peor de sentidos. Las banderas son los nuevos altares, que parecerá extraño, pero hace un siglo lo advirtió Émile Durkheim, padre de la sociología moderna, cuando se interrogó sobre por qué existen las religiones. ¿Para dar respuesta a las misterios de la vida y la muerte? No, dijo él. Es todo más prosaico. La religión, según Durkheim, nace solo porque es útil como pegamento social. Como las banderas.

‘Years and years’ no es un distopía. Como mínimo no tanto como aparenta. ¿Qué lo es, entonces? Pues, según se mire, Netflix, afirmación que se merece un punto y aparte para tomar impulso.

El 15% del tráfico de internet es Netflix, que silenciosamente se ha convertido en el Gran Agrimensor de nuestro gustos y debilidades

Al habla al teléfono con Elena Neira, profesora de la Universitat Oberta de Catalunya y muy profunda conocedora de la anatomía de la televisión de pago, sorprenden algunos datos. “El 15% del tráfico mundial de internet lo genera Netflix, por delante de Youtube y del porno”. Tiene casi 170 millones de suscriptores en 190 países. En su partida de Risk contra HBO y Amazon le faltan las casillas de China y Corea del Norte, por ejemplo, vamos, 1.300 millones de habitantes del planeta, pero incluso así Netflix es, dicho sin ánimo de asustar, el Gran Hermano que ni siquiera Orwell imaginó. Explica Neira cómo esta plataforma se ha convertido en una suerte de Gran Agrimensor de nuestro vicios y debilidades. Sabe qué nos gusta porque almacena todos nuestros datos, no solo qué vemos, sino cuándo, cómo y dónde. Estrena no menos de cinco novedades cada semana, pero a cada cliente le recomienda lo que se ajusta más y mejor a su perfil. Conoce el grifo de nuestra dopamina. De hecho, lo ha convertido en un monomando. Es la distopía hecha realidad. Es el capítulo oculto de ‘Black Mirror’. Es…, bien, podríamos continuar con las hipérboles, pero insiste Netflix a través de sus notificaciones en que tengo que ver ‘The spy’. Ellos sabrán mejor que yo si me apetece. La próxima semana les cuento.