"Si morimos, ocurrirá en un segundo y no sufriremos"

El miedo se instala entre los ucranianos que viven en las proximidades de la central nuclear de Zaporiyia

Civiles y dirigentes acusan a Rusia de convertir a la central en una base militar e incluso disparar contra las instalaciones

"Si morimos, ocurrirá en un segundo y no sufriremos"

EFE / RUSSIAN EMERGENCIES MINISTRY HAN (Efe)

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France Presse

"Si morimos, ocurrirá en un segundo y no sufriremos", dice Anastasia, una habitante de Marganets. En esta ciudad ucraniana, a pocos kilómetros de la central nuclear de Zaporiyia ocupada por tropas rusas, la población vive día y noche con un miedo constante. En los últimos días Kiev y Moscú se han intercambiado acusaciones de realizar bombardeos en el complejo de la central nuclear, la más grande de Europa. Los últimos ataques, el pasado jueves, dañaron unos captores de niveles de radioactividad. La Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) ha advertido de la gravedad de la situación.

Marganets se encuentra a apenas 13 kilómetros de Zaporiyia. La ciudad, situada en lo alto de una colina, permanece bajo control ucraniano y desde ella puede verse, al otro lado del río Dniéper, la central nuclear levantada en tiempos soviéticos. Para Anastasia, la certeza de que la muerte será rápida e incluso indolora constituye un consuelo. "Me tranquiliza saber que mi hijo y mi familia no sufrirán", dice esta mujer de 30 años, mientras continúa haciendo sus compras.

La central nuclear de Zaporiyia ha estado en la línea de frente desde que fue capturada por tropas rusas a inicios de marzo, días después de que el Kremlin ordenara la invasión de Ucrania. En Marganets, los militares ucranianos aconsejan no acercarse a la orilla del río Dniéper, por miedo a que el enemigo dispare desde la orilla de enfrente, a unos seis kilómetros de distancia.

La ciudad, que contaba unos 50.000 habitantes antes de la guerra, tiene un animado centro donde la gente vive su día a día más allá de los oscuros pensamientos de cada uno y los rumores persistentes sobre el estado de los seis reactores de la planta. "Tengo miedo por mis padres y por mí misma. Quiero vivir y disfrutar la vida en esta ciudad", dice Ksenia, de 18 años, mientras sirve a unos clientes en un puesto de venta de café en la principal calle comercial.

"El miedo es constante. Y las noticias dicen que la situación en la planta es muy tensa, así que cada segundo que pasa es terrible. Tienes miedo de irte a dormir, porque por la noche ocurren cosas tremendas", añade.

Los ucranianos no responden

En Marganets y en Nikopol, otra ciudad situada río abajo y a poca distancia, 17 personas murieron esta semana en ataques nocturnos, según las autoridades locales. Ucrania acusa a Rusia de disparar desde la otra orilla del río y desde dentro del complejo nuclear. Las tropas ucranianas se abstienen de replicar por miedo a desencadenar una catástrofe.

El viernes, un alto responsable ucraniano que las tropas rusas incluso "disparan contra algunas zonas de la central para dar la impresión de que es Ucrania quien lo hace", una situación que el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, calificó de "chantaje nuclear". "Creo que los rusos están utilizando la planta como un as, para perseguir sus propios objetivos", apunta Anton, de 37 años, que recuerda cómo hace dos semanas cayó un cohete cerca de su casa.

Ucrania fue en 1986, en tiempos soviéticos, escenario del desastre nuclear de Chernóbil, a 530 kilómetros al noroeste de Marganets. Aquel año explotó un reactor nuclear, que liberó en la atmósfera una radiación gigantesca. Unas 600.000 personas fueron alistadas como "liquidadoras", y encargadas de descontaminar la tierra situada alrededor de la planta.

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El balance oficial de muertos es de apenas 31, pero algunas estimaciones hablan de decenas de miles e incluso cientos de miles de víctimas mortales. En Marganets precisamente hay un monumento a esos "liquidadores".

De pie junto al cráter abierto por un cohete que cayó en Marganets por la noche, Sergei Volokitin, de 54 años, rememora aquellos tiempos. "Después de mi graduación trabajé en la mina, y en mi equipo había dos personas que fueron liquidadores", recuerda. "Sabíamos todo lo que ocurrió allí". "Conocemos los efectos de la radiación, y cuáles serán las consecuencias si sucede algo".