Juicio a Becciu

Un cardenal en el banquillo

  •  El purpurado italiano Ángelo Becciu se enfrenta al macrojuicio por corrupción y malversación de fondos del Vaticano

El cardenal Angelo Becciu.

El cardenal Angelo Becciu. / Reuters / Guglielmo Mangiapane

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Irene Savio
Irene Savio

Periodista

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Sentado en una fila trasera, rodeado por la treintena de abogados que defienden a los diez imputados en el megajuicio por corrupción y malversación de fondos del Vaticano en el que él es el acusado estrella, el cardenal Ángelo Becciu sonríe buscando los ojos de los presentes. Acaba de cuchichear con su exsecretario privado, monseñor Mauro Carlino, también imputado, cuando se baja la mascarilla y saluda al grupúsculo de cronistas autorizados este martes a asistir a la audiencia. "Así se me ve la sonrisa", se justifica, alardeando de su estado de ánimo. Más que a la audiencia de un juicio que le puede llevar a pasar varios años entre rejas, el sacerdote sardo parece que estuviera asistiendo al comienzo de una representación, algo improvisada, de una tragicomedia de la que se ignora cómo acabará.

Becciu, vestido con sotana negra y alzacuellos, decide, como también en la primera sesión, estar físicamente presente cuando, a las 9.37 horas de la mañana, el presidente del tribunal vaticano que le juzga, Giuseppe Pignatone, inaugura la audiencia y, acto seguido, pasa la palabra al fiscal adjunto, Alessandro Diddi, para anunciar el primer coup de théâtre. "Ha habido en estos meses ataques violentos contra esta oficina. Según algunos, la sentencia ya ha sido escrita", dice. "Algunos han especulado con pruebas falsas. ¡Que nos digan qué pruebas son falsas!", insiste, al pedir al tribunal que, por esta y otras circunstancias, el juicio vuelva a la fase de instrucción, es decir, a la casilla de inicio. 

Juicio aplazado

El público, que además de periodistas y abogados está integrado por gendarmes vaticanos y algún sacerdote que se desconoce qué hace ahí, produce entonces un murmullo coral, el primero de varios. Luego hablan los representantes del Vaticano -parte "damnificada" por el escándalo-, que apoyan la petición de Diddi. Pero el plato fuerte de la jornada es otro. Lo introduce el abogado del funcionario Fabrizio Tirabassi (acusado de cobrar comisiones de bancos suizos), Massimo Bassi, quien al empezar a hablar es interrumpido por el juez. "Puede quitarse la mascarilla", le sugiere Pignatone. "Se lo agradezco. Estaba sufriendo", responde Bassi, al iniciar su disquisición sobre por qué considera que las imputaciones deberían considerarse nulas.

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Luigi Panella, el defensor de Enrico Crasso, antiguo gestor de las inversiones de la Secretaría de Estado, lo precisa: "Todavía (la fiscalía) no nos ha entregado todas las pruebas documentales", dice. A partir de ahí, se gira en torno a las videograbaciones de los cinco interrogatorios hechos por los fiscales vaticanos a Alberto Perlasca, durante años jefe de la oficina de administración de la Secretaría de Estado y testigo estrella de la fiscalía. Estas grabaciones, repiten los defensores, no les han sido entregadas. Y eso que los fiscales dijeron que grabaron los testigos "para tutelarse y evitar que se dijera que alguno había sido torturado", observa Fabio Viglione, el abogado de Becciu, añadiendo un detalle jugoso. Otros se quejan de que sus clientes no fueron interrogados y piden acceso al material informático secuestrado durante la investigación.

El fiscal Diddi empieza entonces a enredarse con las respuestas y Paola Severino, representante legal de la Secretaría de Estado, quiere alargarse. "Así no terminaremos nunca", estalla Pignatone. "Sea breve, un SMS", le dice a otro. "¡Entrégalas! ¡ Entrégalas!", grita un abogado al dirigirse a Diddi. Pero el aviso de Pignatone es final: "La audiencia se aplaza a mañana".