Polvorín en Asia central

El desastre estadounidense en Afganistán

Soldados estadounidenses lanzan fuego de artillería en la provincia afgana de Kandahar en junio 2011.

Soldados estadounidenses lanzan fuego de artillería en la provincia afgana de Kandahar en junio 2011. / Baz Ratner / Reuters

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Ricardo Mir de Francia
Ricardo Mir de Francia

Periodista

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Hace apenas un mes el presidente de Estados Unidos compareció ante los medios para tratar de transmitir tranquilidad respecto a la retirada de sus tropas de Afganistán y el futuro que le esperaba al país centroasiático tras casi dos décadas de presencia militar estadounidense. Joe Biden aseguró que sus soldados abandonarían definitivamente el país de forma "ordenada y segura" el 31 de agosto. No habría paralelismos con el epílogo humillante que marcó la derrota en Vietnam en 1975, aquella salida agónica por el tejado de la embajada en Saigón de los diplomáticos norteamericanos. Y el futuro del país lo decidiría su población. "La probabilidad de que los talibanes arrasen con todo y tomen todo el país es altamente improbable", dijo Biden aquel 8 de julio aciago.

Eso es, sin embargo, lo que ha ocurrido. A los talibanes les han bastado 10 días para conquistar las capitales de provincia de Afganistán y entrar en Kabul sin la más mínima resistencia. Ese mismo domingo, la embajada estadounidense era evacuada en helicópteros y trasladados sus últimos residuos al aeropuerto de Kabul, donde este lunes se desataron las escenas de pánico y caos, a medida que miles de afganos y ciudadanos extranjeros pugnaban por subirse a los aviones militares para huir de la distopía medieval que cargan en sus mochilas los estudiantes del Corán, los nietos de aquellos mismos barbudos a los que financió la CIA en los años 80 para hacer frente a la invasión soviética

La actitud de Biden, criticado desde todos los ámbitos por la nefasta planificación que han evidenciado los últimos acontecimientos, es un reflejo de la persistente miopía, improvisación y profunda desconexión de la realidad que ha marcado la misión estadounidense en Afganistán. Una patología que ha afectado sin excepción a los cuatro presidentes que han gestionado la guerra. Empezando por Bush y siguiendo por Obama, Trump y ahora Biden.  

Muy pocos en Washington esperaban un colapso semejante de las fuerzas de seguridad afganas, por más que fuera conocida la corrupción que anida en su seno o la mala gestión de un Gobierno en Kabul que puede pasarse meses sin pagarle a sus tropas. EEUU y sus aliados de la OTAN han invertido 83.000 millones de dólares todos estos años. Pero sus 300.000 soldados, pertrechados con armamento moderno y apoyados desde el cielo por los bombarderos estadounidenses (fletados desde Doha desde que el Pentágono abandonara a principios de julio su centro de operaciones en la base afgana de Bagram) se han desintegrado como un azucarillo ante una fuerza estimada de 75.000 talibanes.  

Incredulidad en Washington

"Ha sucedido más rápido de lo que anticipamos", reconoció el domingo el secretario de Estado, Tony Blinken. Hasta hace solo unos meses, la inteligencia estadounidense estimaba que los talibanes tardarían como pronto entre 12 y 18 meses en tomar el país si las cosas se torcían tras la salida estadounidense. Una cifra que rebajaron a 90 días a principios de este mismo mes, según publicó el 'Washington Post'. Pero la realidad ha sido mucho más lacerante. La milicia fundamentalista pastún, que ya tomó el poder en los años 90, ha arrasado con todo antes incluso de que se marcharan las últimas tropas estadounidenses de Kabul. 

La vergüenza y la humillación en Washington, por no hablar de la desesperación y el sentimiento de haber sido traicionados de millones de afganos, no podría ser más patente. "Llevaba meses pidiéndole a la Administración que evacuara a nuestros aliados inmediatamente", dijo el domingo el congresista demócrata y exmarine bregado en Irak, Seth Moulton. "El hecho de que, a estas alturas, no hayamos sido capaces siquiera de garantizar la seguridad en el sector civil del aeropuerto de Kabul sirve de testamento a nuestro fracaso moral y militar". Los republicanos hablan de "vergüenza nacional", un mantra llamado a ser explotado hasta la saciedad.

Esa mancha emborronará severamente la presidencia de Biden, por más que la suya no sea más que la última pifia en una larga sucesión de desatinos. Los objetivos en Afganistán no han dejado de cambiar en estas dos décadas, con constantes revisiones y cambios de planteamiento. ¿Derrotar a Al Qaeda? ¿Propiciar el cambio de régimen expulsando a los talibanes del poder? ¿Construir un país a imagen y semejanza de las democracias occidentales? ¿Ceñirse a las operaciones de estabilización y antiterrorismo? Todo se ha intentado con suerte oscilante y una fe menguante en las capacidades de la misión.

Líderes civiles y militares raramente han estado de acuerdo. El Pentágono nunca ha querido marcharse de Afganistán. Primero logró con falta de planes de contingencia vencer a Obama para que claudicará de sus promesas para acabar con la "guerra eterna" y más tarde a Trump para que dejara una fuerza residual antiterrorista en el país, después de que negociara aquel "acuerdo de paz" con los talibanes en 2020 que, a la postre, no fue más que una rendición encubierta. Los militares también trataron de convencer a Biden hasta el final, advirtiéndole que pasaría en Afganistán lo que sucedió en Irak en 2014, cuando el Estado Islámico se merendó en cuatro tardes al ejército iraquí.

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"El Pentágono se creyó su propia narrativa de que nos quedaríamos para siempre", le ha dicho al 'New York Times', Douglas Lute. "Lo que no entiendo es si todo el mundo sabía que acabaríamos marchando, ¿por qué no hemos pasado los últimos años preparando un plan para hacerlo funcionar?". 

Bajo las cenizas queda el drama de los afganos, o de ese sector del país que se creyó las promesas de sus amigos extranjeros. Es innegable que la situación de la mujer había mejorado considerablemente, como lo habían hecho los niveles de alfabetización. De los 900.000 niños que iban al colegio en 2001 se pasó a más nueve millones en 2017, según Human Rights Watch. Casi el 40%, niñas. Unas conquistas que corren ahora el riesgo de evaporarse en un abrir y cerrar de ojos.