Gran cita política en el gigante asiático

Pekín celebra la Asamblea Nacional para escenificar el regreso a la normalidad

El Gobierno aprovechará el acontecimiento para proclamar la victoria contra el covid-19 y para contener el optimismo económico

Xi Jinping, durante su discurso a la Asamblea Nacional del 2018.

Xi Jinping, durante su discurso a la Asamblea Nacional del 2018. / EFE / Roman Pilipey

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Adrián Foncillas
Adrián Foncillas

Periodista

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Sin un contagio en más de un mes, rebajado el nivel de emergencia y jubilado el uso obligatorio de las mascarillas. Pekín inaugura este viernes la Asamblea Nacional Popular (ANP) o 'lianghui', el mayor acontecimiento político del año, para escenificar la entrada en una nueva normalidad que no es igual a la vieja pero se le parece mucho. Pekín también ha recortado la duración del cónclave de sus 11 días a una semana, sometido a tests en las vísperas a sus delegados, reducido las acreditaciones de la prensa y programado algunas reuniones a través del vídeo.

La pandemia aplazó la Asamblea por primera vez desde la Revolución Cultural. China ya había superado a principios de marzo el trayecto más duro, pero seguía por encima del centenar de muertos diarios. A la ciudadanía, con su movilidad aún constreñida, le hubiera costado digerir la romería hasta al corazón pequinés de 3.000 delegados desde todas las esquinas del país sin más misión que sellar cualquier propuesta que lance el Ejecutivo.

Es previsible que esta edición se consagre al canto victorioso en la “guerra popular” contra el coronavirus bajo la égida presidencial de Xi Jinping. China ha repetido en las últimas semanas que la capitulación del enemigo estaba próxima pero subrayando los esporádicos brotes en el sur o la frontera rusa como recordatorios de que una chispa prende el prado. Del discurso del primer ministro, Li Keqiang, se espera que profundice en el justificado regocijo por superar la crisis con un esfuerzo solidario y en el rol chino de faro global ante la dejación de funciones de Washington. China anunciaba esta semana una inyección de fondos a la Organización Mundial de Salud que dobla los cancelados por Trump y una lluvia de yuanes a los países en desarrollo para que vadeen la pandemia. No se espera que Li sea muy minucioso sobre los errores cometidos en las primeras fases que han castigado la imagen global de China.

Muestra de fortaleza

“Uno de los indicadores de que China ya se sentía segura fue el anuncio en abril de la asamblea”, señala Stanley Rosen, profesor de Ciencia Política en el Instituto Estados Unidos-China de la Universidad de South Carolina. “La gente en Pekín piensa que el final del 'lianghui' supondrá un paso muy importante hacia la recuperación de la normalidad. Está previsto que los cines reabran a principio de junio y algunos grandes estrenos se han programado para el verano. La declaración de la victoria, aunque manteniendo las precauciones, es un importante propósito de esta edición”, añade.

La inauguración de la Asamblea es una suerte de discurso sobre el Estado de la nación que incluye un balance de aciertos y errores y adelanta los futuros vectores políticos. La liturgia reserva los titulares a los pronósticos del crecimiento económico y al presupuesto militar. Del primero sólo se esperan fórmulas vaporosas como “alrededor del 6 %” porque la incertidumbre aconseja prudencia. El 6% rebajaría una décima el crecimiento del pasado año y le permitiría cumplir el objetivo de doblar este año el PIB del 2010. China se esfuerza en recuperar el ritmo económico, pero el hundimiento de sectores como el ocio y el turismo o las cautelas para evitar el contagio lo frenan. El país sufrió el pasado cuatrimestre su primera contracción desde 1992 y se teme que el desempleo, un factor que aterroriza a Pekín por su conflictividad social, supere en mucho las cifras oficiales.

Preocupación por la deriva de Trump

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El estamento militar confía en que se iguale o supere el anterior incremento del 7,5%. En Pekín preocupa la hostilidad desatada de Trump, ocupado en culparla de su calamitosa gestión con delirantes conspiraciones sin sustento científico, y tampoco tranquilizan las invectivas de Joe Biden, su rival en las elecciones de noviembre. Las inquietantes comparaciones de Trump del “virus chino” con Pearl Harbor o el 11-S y los coqueteos cada vez más públicos de su Administración con Taiwán anticipan unos meses áridos.

La economía, las pugnas con Washington y Taipei y las reactivadas protestas en Hong Kong forman una realidad agobiante en la que la victoria sobre el coronavirus es la única noticia alentadora.