29 nov 2020

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UN NUEVO MUNDO (9)

Ciudad de México sin picante

El bullicio de la cuarta urbe más grande del mundo enmudece ante la tercera catástrofe en una década

Los barrios humildes sobreviven en su frenesí habitual ante la necesidad de vender algo en el mercado o buscar agua

Aitor Sáez

Los mariachis esperan la llegada de clientela en la Plaza Garibaldi de Ciudad de México.

Los mariachis esperan la llegada de clientela en la Plaza Garibaldi de Ciudad de México. / CARLOS JASSO (REUTERS)

El Zócalo parece haber menguado sin transeúntes con quienes comparar su inmensidad. En la segunda plaza más grande del mundo, acordonada, convergen los tres poderes fácticos, presididos por la Catedral de apariencia gótica mandada a construir por Hernán Cortés y los suyos sobre las ruinas de pirámides aztecas.

Tampoco se permite el paso por Madero, la concurrida avenida peatonal copada de ópticas y joyerías. Algunos paisanos vigilan las tiendas cerradas para cuidar el oro ante posibles saqueos. Otros deambulan en busca de cerveza, que escasea estos días. El sonoro y ruidoso centro neurálgico enmudeció. En lugar de los gritos de "lentes a buen precio", "cigarrillos, dulces", "tenemos de arrachera", sólo se escucha el carraspeo de los motores, adoquines y los pitidos de los semáforos.

Un hombre disfrazado de coronavirus en la Plaza del Zócalo de Ciudad de México. / jOSE MÉNDEZ (EFE)

Desaparecieron los vendedores ambulantes, los repartidores, los mariachis de la Plaza Garibaldi y los tradicionales organilleros que ponían melodía al bullicio con su anacrónica caja musical. Los puestos de tacos se resisten a cerrar aún sin clientela en mitad de un oasis de persianas bajadas. También permanece inamovible un lustrabotas. "¿Si no trabajo un poquito, qué como?¿Me muero de hambre o del virus?", dice Rufino en la esquina donde ha abrillantado zapatos por cuatro décadas.

La 'nueva normalidad'

Seis de cada diez empleados en México trabajan en condiciones irregulares. Los primeros a quienes arrasó la pandemia, junto al millón de asalariados despedidos. Tal vez por eso, el Gobierno anunció el regreso a la nueva normalidad la misma semana que se alcanzó el pico de la pandemia en uno de los países con medidas de aislamiento social más laxas.  

"Este virus se lo han inventado", se queja un quiosquero. Abunda el escepticismo entre una sociedad que vivió una epidemia de gripe en el 2009, un terremoto en 2017 y aún padece el dengue, zika y sarampión. Tan hastiada como resiliente por la costumbre a la catástrofe. La cuarta metrópolis más extensa del planeta se hunde literalmente unos 20 centímetros anuales por erigirse sobre un lago. Este año la tierra y sus azares engulleron también su moral y su bolsillo ante la enésima estocada.

La capital mexicana acumula la mayor tasa de contagios, casi el doble. El Distrito Federal, renombrado como Ciudad de México para lavar su imagen, es más DF que nunca: gris, enchilado, desasosegado. Un trompetista solitario ahonda la melancolía al desafinar La Llorona para que los vecinos le arrojen algunas monedas.

La misma polución

Los vehículos en el Paseo de la Reforma fluyen, que ya es mucho en la urbe con peor tráfico del mundo. La movilidad se ha reducido un 80%, pero no la contaminación que causa la muerte de más de 5.000 personas al año sólo en Ciudad de México, cinco veces sus defunciones por coronavirus hasta la fecha. Los incendios intencionados y el viejo transporte público han evaporado incluso la única ventaja de este confinamiento global.

Indígenas bloquean el Paseo de la Reforma para pedir ayudas por el coronavirus. / jorge Núñez (efe)

Ya se han deshojado las jacarandas que teñían de lila el citadino paisaje sobre la avenida más emblemática, construida en la segunda mitad del XIX por el último emperador extranjero de México a semejanza de los Campos Elíseos. Aún y con cuarentena, siguen sin quitar las horrendos andamios y vallas de madera del monumento del Ángel de Independencia, símbolo capitalino cercado para impedir las pintadas en las protestas de un movimiento feminista en auge, entre muchas razones, contra la decena de feminicidios diarios. La contingencia truncó una lucha que será más necesaria todavía cuando todo esto termine, porque la violencia machista ha repuntado durante el encierro.

Alrededor de la columna del Ángel dorado se elevan las torres más altas y contemporáneas de la urbe, vacías de oficinistas que solían ennegrecer de trajes las cadenas de comida. El centro bursátil, una acristalada bóveda diminuta al lado de esos rascacielos, anuncia en su fachada luminosa los avances de otras bolsas.

Las banderitas de países ajenos junto a cifras en rojo distraen por un instante de la debacle propia. México será una de las grandes economías latinoamericanas más castigada por esta crisis. Pero las proyecciones del intestino financiero, ahora mismo, le importan poco a quienes tratan de subsistir del rebusque, saliendo a la calle a expensas de "la chingada esa", el atributo predilecto para la Covid-19. Un bicho que por algunos lares se intenta matar con remedios caseros, rituales indígenas o crucifijos, dependiendo de la creencia de cada quien.

Aumento de la pobreza

En Iztapalapa, el trasiego sigue su curso prácticamente habitual. Por el tianguis (mercado) resulta imposible caminar sin rozarse con alguien, muchas personas sin mascarilla. En uno de los barrios más humildes (y violentos), la mayoría de pequeños comercios siguen abiertos. Varios talleres ruinosos, o ferreterías, o todo en uno, reparan algunos autos mientras en el semáforo de en frente algunos habitantes de calle tienen tiempo de pasar por una decena de coches parados para ofrecerse a limpiar sus parabrisas. "Aquí hace cuarentena quien puede, no quien quiere", dice un funcionario de la alcaldía. No por casualidad, Iztapalapa es la demarcación con mayor cantidad de contagios.

Los estragos de la Covid-19 se indigestan en las entrañas de estos suburbios. De seis a once millones de mexicanos corren el riesgo de caer en la pobreza extrema. Otros ocho millones entrarán en una pobreza que en el Distrito Federal ya golpeaba al 51% de su población. Y las ayudas aún no llegan.

Parada de metro de Pino Suarez, en Ciudad de México. / eduardo verdugo (Ap)

En uno de los desvencijados bulevares se amontona un grupo de vecinos para pedir una pipa (camión cisterna) de agua en un tenderete de la alcaldía. Uno de cada tres hogares mexicanos sufre desabastecimiento de este líquido más vital si cabe ante el virus. "Nos dicen que nos lavemos las manos y tengamos la casa limpia, ¿y cómo se hace sin agua?" reclama una de las vecinas de Iztapalapa, donde se ha reforzado la escolta policial de esas pipas para evitar asaltos.

Desigualdades

Una olla a presión. Se acentúa la asfixia económica y la falta de servicios básicos en un país que rebasa máximos de violencia mes a mes hasta alcanzar los cien homicidios diarios el pasado año. Y ni la pandemia ni la cuarentena detienen esa espiral: el 20 de abril fue el día con más asesinatos del presente año.

Por si acaso, muchas de las boutiques han tapiado sus escaparates en la milla de oro de las marcas en Polanco. Un agente vigila cada chaflán del lujoso barrio residencial. Por las desérticas calles ajardinadas una pareja habla de inversiones y las ventajas del teletrabajo mientras hacen footing. Más adelante, una brigada fumiga la acera con una nube de desinfectante, nada que ver con el tímido chorrito de agua y cloro que vierten en las destartaladas busetas de las barriadas. La desigualdad aumentará, como en todo el mundo, pero este lastre endémico en la región amenaza con recrudecer el de por sí delicado equilibrio cotidiano en la urbe más poblada de Latinoamérica (22 millones de habitantes).

Ciudad de México espera arrancar su nueva normalidad en junio, pero la mayoría no tienen la cabeza para plantearse si esta contingencia nos hará mejor o peor sociedad. La pregunta es más bien: "¿Cómo carajos saldremos de otra crisis?".