El drama de la inmigración

Los africanos, los parias de Moria

Los refugiados negros, un colectivo minoritario en Lesbos, sufren incluso más penurias que los sirios y afganos

Una refugiada llora en el pueblo de Skala Sikaminias, en Lesbos. 

Una refugiada llora en el pueblo de Skala Sikaminias, en Lesbos.  / AP / Michael Varaklas

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Irene Savio
Irene Savio

Periodista

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A Clement Chukwuma no le aflige el racismo. Tiene demasiado en qué pensar. “¿Lo dices por cómo nos miran? Estoy acostumbrado a ello. Ya no me molesta”, afirma. Es nigeriano, tiene 28 años y la historia que cuenta responde a una categoría de perseguidos todavía escasamente considerados, pero que es hija de nuestros tiempos: los refugiados climáticos. Huyó de su país después de que milicianos de la etnia fulani, nómadas que en los últimos años se han enzarzado en cruentas guerras en búsqueda de nuevos recursos y medios para hacer frente a la crisis climática en la África subsahariana, asaltaran su aldea en el sur de Nigeria y mataran a su padre.

“Primero me escondí tres meses en Benin y después decidí viajar a Turquía y de ahí crucé a Lesbos por 1.000 euros. Si vuelvo, me matarán”, cuenta, sentado en un silla en el campo de refugiados en el que ahora malvive, Moria, al que llegó hace siete meses. A su lado se encuentra Abdou, de 27 años y originario de Camerún, país hundido en un conflicto civil olvidado entre regiones angloparlantes y francófonas que continúa desde el 2016 y que, según ACNUR, ya suma 60.000 refugiados. Y también está allí el ghanés Nathaniel, que por miedo nunca sale del campo, y otro joven de Costa de Marfil que ni siquiera quiere dar su nombre por temor a repercusiones.

Solicitudes de asilo

Ninguno de ellos se conocía antes del viaje, ahora sortean los días difíciles manteniéndose en contacto a través de sus teléfonos móviles y charlando cuando se ven. A veces, también acuden a misa. No están solos. Además de ellos hay centenares de refugiados procedentes de África en las islas del Egeo. Un colectivo casi invisible internacionalmente y que, por ser minoría —los somalís, la tercera comunidad más representada de los más de 40.000 que están hoy en las islas del Egeo, son el 6%—, padece más que otros no sólo el recelo de algunos habitantes de la isla, sino también el de las otras comunidades de migrantes y solicitantes de asilo que se encuentran en este difícil lugar.

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Tan solo en enero, dos africanos —un congoleño y un yemení— murieron tras ser apuñalados por otros integrantes del hacinado campo de refugiados de Moria, como recuerda Lorraine Leete, consejera legal de la ONG Lesbos Legal. “Tienen mayores dificultades por ser menos numerosos y también porque muchos son encarcelados al llegar, al ser hombres solos y provenir de países que son considerados de bajo riesgo (de persecución o muerte)”, afirma Leete. En enero, el Gobierno griego publicó una lista de países considerados seguros —un trámite que permite acelerar las expulsiones—, la mayoría de los cuales de países africanos.

Asterios Kanavos, abogado de la ONG Refugee Support Aegean, coincide en que la situación de los africanos ha empeorado particularmente en los últimos tiempos, en paralelo al endurecimiento de la política migratoria de Grecia y la entrada en vigor en enero de la ley 4646/2019. Pero ya antes no era fácil. “Los datos que tenemos, que son del 2019, nos dicen que menos del 25% (un 60% es la cifra, por ejemplo, de los afganos) de sus solicitudes de asilo ha sido aprobadas. Uno de los motivos es que, si durante las entrevistas (para el examen de las solicitudes de asilo), no saben comunicar en francés o inglés, los rechazan”, cuenta Kanavos. "Y esto es ilegal".