Ir a contenido

SECUELAS en los excombatientes

Los suicidios crecen entre los veteranos de guerra de Estados Unidos

Más de una veintena de excombatientes se quitan la vida cada día, algo así como 7.300 al año, una cifra ligeramente superior a todos los soldados de EEUU caídos en las conflictos armados que comenzaron en el 2001

Ricardo Mir de Francia

El reverendo Jesses Jackson encabeza una protesta de veteranos de guerra de EEUU en Chicago en el 2012.

El reverendo Jesses Jackson encabeza una protesta de veteranos de guerra de EEUU en Chicago en el 2012. / AP / SETH PERLMAN

Tras 18 años de guerra ininterrumpidos, el período más largo de conflictos solapados en la historia del país, la Administración de Donald Trump tiene planes para reducir a la mínima expresión la presencia militar estadounidense en Afganistán y Siria. Al igual que su predecesor, el republicano prometió acabar con las costosas intervenciones en el extranjero, una promesa que está cumpliendo a medias, dado que mantiene a 5.200 soldados en Irak y ha puesto en el punto de mira a la Venezuela de Maduro. De momento, no son más que amenazas porque la sociedad estadounidense está saturada de conflictos y libra otra guerra en casa. Más difusa y silenciosa. De heridas invisibles y pequeñas esquelas en los diarios locales. Una guerra que se cobra más víctimas anuales que todos los frentes de batalla juntos.

Cada día se suicidan en Estados Unidos 20 veteranos del Ejército, algo así como 7.300 cada año, una cifra ligeramente superior a todos los soldados caídos en las guerras que comenzaron en el 2001 tras los atentados terroristas del 11-S. La incidencia es mayor entre los jóvenes de entre 18 y 34 años, según el último estudio del Departamento de Veteranos, aunque el problema afecta a ambos géneros y todos los grupos de edad. De hecho, al compararse con el resto de la sociedad, las veteranas se quitan la vida 1.8 veces más que las mujeres civiles, mientras que entre los hombres el ratio es de 1.4 a favor de los que sirvieron en el Ejército. En casi el 70% de las ocasiones utilizan un arma de fuego. “Es muy alarmante. Ahora se le está prestando atención, pero es un problema que arrastramos desde el principio del conflicto”, dice Lindsay Rodman, portavoz de Veteranos de América de Irak y Afganistán (IAVA), una organización con unos 400.000 miembros. 

Desde que comenzó la llamada “guerra contra el terror” en el 2001, el número de suicidios ha aumentado un 35%. “Creo que tiene que ver con las complejidades de Afganistán e Irak. Muchos de los que sirvieron se cuestionaba por qué estábamos allí y eso acaba teniendo un coste cuando te piden que hagas ciertas cosas”, dice Rodman. “Además, el combate es siempre traumático, independientemente de las causas, y alguna gente vuelve afectada”.

Los costes de la guerra

Las guerras del Pentágono de las últimas dos décadas han sido mucho más devastadoras para los países donde se libraron que para EE UU. La Universidad de Brown hizo los cálculos en su proyecto ‘Coste de la Guerra'. Casi medio millón de afganos, iraquís y pakistanís han muerto en los conflictos, incluidos más de 240.000 civiles. EE UU ha perdido unos 7.000 militares y un número algo superior de contratistas. La factura para sus contribuyentes ha rondado los 6 billones de dólares. A eso hay que sumarle las secuelas que han dejado los conflictos en una parte de los veteranos que participaron en ellas, ejemplificadas por los miles de suicidios anuales. 

Los estudios de los últimos años han despejado parte de la bruma que rodea al fenómeno, pero sigue siendo un rompecabezas complejo en el que intervienen multitud de factores. El riesgo es mayor cuando se ha servido en zonas de guerra y se arrastran algunas de sus secuelas, como el estrés postraumático (PTSD) o el traumatismos cerebral, pero un número significativo de los veteranos que se quitan la vida nunca han estado en el frente de batalla. “Dificultades financieras, problemas legales, problemas de pareja… Son muchas las situaciones que generan estrés y pueden derivar en crisis mentales”, asegura la portavoz de IAVA. 

El veterano de guerra Jason Secrets / RICARDO MIR DE FRANCIA

La transición a la vida civil puede ser extremadamente compleja. Jason Secrest es mayor en la Guardia Nacional, el cuerpo de reservistas del Ejército. Pasó un año en Irak durante los años más crudos de la guerra en misiones de reconocimiento; otro en Afganistán formando a las fuerzas de seguridad locales; y un tercero en el Sinaí como parte de la fuerza multinacional que encargada de preservar la paz entre Israel y Egipto. “En la guerra ves cosas que la gente no debería ver. Ves a tus amigos muertos y heridos, matas a gente, vuelas edificios y al volver a casa tienes que hacer vida normal, pasas enseguida de un extremo al otro”, dice Secrest en un local de la Legión Americana en Washington, la organización de veteranos más antigua del país. Acaba de cumplir un siglo. 

Reinserción civil

Su generación ha sido más afortunada que la que combatió en Vietnam. Nadie escupe por la calle a los veteranos de hoy ni les llaman “asesinos de niños”. Sobre el papel la sociedad estadounidense está volcada con sus “héroes de guerra”, pero en la práctica la reinserción civil sigue siendo difícil. El paro entre los veteranos es bajísimo. Está por debajo del 4%. Pero una encuesta entre aquellos que sirvieron en las guerras posteriores al 11-S, casi tres millones de estadounidenses, sostiene que el 37% tiene empleos por debajo de su potencial. “Las empresas tiene que estar dispuestas a dedicarles un tiempo extra para formarlos porque no vienen de la educación tradicional y no siempre sucede”, dice Rodman desde IAVA. A otros les preocupa que puedan ser mentalmente inestables. 

Decenas de miles de veteranos acaban viviendo en la calle. Hay cerca de 40.000 sintecho, una cifra que ha bajado en los últimos años por la abundancia de empleo. “Se sienten tan aislados que no quieren estar con otra gente o no se sienten capacitados para tener un trabajo. Optan por salir de la sociedad. Son sobre todo los veteranos más mayores”, dice Secrest. Actualmente hay unos 18 millones de veteranos en EEUU.

El mayor de la Guardia Nacional nunca ha pasado por ese trance. Tampoco ha intentado suicidarse. Trabaja de agente inmobiliario, pero sabe lo que es lidiar con las secuelas psicológicas de la guerra. Toma antidepresivos y ha sido diagnosticado con PTSD leve. “A veces vuelvo a luchar antiguas batallas en mi cabeza. Ciertos olores o cosas que veo en la tele reactivan los flashbacks”, dice Secrest, quien reconoce que a muchos veteranos les cuesta buscar ayuda. “Sigue habiendo un estigma en torno a los problemas mentales, a muchos les da vergüenza buscar ayuda”. Un estudio de la Rand Corporation asegura que el 20% de los militares que sirvieron en Irak y Afganistán, un total cercano a los tres millones, tiene depresión, PTSD o traumatismo cerebral. Entre todos los veteranos, el 25% tiene algún tipo de invalidez, 41% en el caso de los que sirvieron en las Guerras del Golfo en los noventa. 

Tratamiento psicológico

La Administración Trump ha reconocido la magnitud de la crisis que rodea a los veteranos. En 2018 firmó un decreto para que todos ellos puedan recibir tratamiento psicológico durante el primer año de la vuelta a casa, cuando más elevado es el riesgo de suicidio. Pero los problemas y las dificultades burocráticas para navegar el sistema abundan en la vasta red de hospitales públicos del Departamento de Veteranos, de la que dependen unos nueve millones de exmilitares. Entre finales del 2017 y finales del 2018, 19 veteranos se suicidaron en los aparcamientos de esos hospitales en actos que se interpretan como gestos desesperados de protesta por los servicios recibidos. Hay quien se dispara dentro del coche con el uniforme puesto. Otros se prenden fuego o se atiborran a medicamentos.

“El Gobierno podría y debería hacer más”, dice Rodman desde IAVA. “Los problemas psicológicos son muy complejos, pero el hecho de que la situación no esté mejorando y, según algunos parámetros, haya empeorado, demuestra que no se está haciendo lo suficiente”.