25 años de la gran masacre

Las zonas grises del genocidio: tres historias ruandesas

En cien días, más de 800.000 civiles de la etnia tutsi fueron brutalmente asesinados por los hutus en 1994

Decenas de miles de refugiados ruandeses son forzados a regresar a su país desde Tanzania en diciembre de 199.

Decenas de miles de refugiados ruandeses son forzados a regresar a su país desde Tanzania en diciembre de 199. / AP / JEAN MARC BOUJU

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Marcel Gascón

El 7 de abril de 1994, hace hoy un cuarto de siglo, comenzó el genocidio en Ruanda. Un día después de que un misil de procedencia aún incierta matara al presidente del país, el hutu Juvénal Habyarimana, los extremistas de esa misma etnia se lanzaron con saña a asesinar a sus vecinos tutsis y a los mismos hutus que se oponían a la masacre. Avivados por su peores instintos por meses de propaganda contra la minoría tutsi que había dominado el país hasta la independencia, la milicia radical Interahamwe, elementos del Ejército y parte de la población civil hutu se convirtieron en una máquina de matar implacable. Unas 800.000 personas fueron asesinadas en los 100 días de locura que duró el genocidio. Con motivo del vigésimo quinto aniversario del comienzo de aquellos hechos,  EL PERIÓDICO cuenta la historia de un grupo de ruandeses, hutus y tutsis, a los que el odio condenó a enfrentarse con la muerte, pero también a sacar lo mejor de sí mismos para salvar al prójimo, rechazando el papel que los guionistas del genocidio habían escrito para ellos.

Moussa Basil Nsengiyumva es un ruandés hutu y vive en Sudáfrica. Cuando se desataron las matanzas en su país tenía 10 años, y recuerda perfectamente los días de angustia y miedo que vivió su familia entonces. Como muchos otros ruandeses hutus y tutsis, los Nsengiyumva vivían en paz con sus vecinos independientemente de su etnia. Algunos de sus parientes estaban casados con mujeres tutsis y tenían hijos con ellas. Uno de estos familiares, Bernard Niyongere, vivía en Kigali, la capital, de donde tuvo que huir de los radicales junto a su esposa y sus nueve hijos para refugiarse en la casa de los Nsengiyumva en la ciudad de Bugarama, al oeste del país. 

“El padre [de esa familia] era un superviviente del genocidio en Burundi en 1972 que vino a Ruanda y se casó con una tutsi”, dice Nsengiyumva en referencia a la masacre de hutus llevada a cabo entonces por el régimen tutsi de la vecina Burundi. “Algunos de sus hijos tenían el aspecto físico de los tutsis [altos, de rasgos estilizados], otros de los hutus [más pequeño y de formas redondeadas]”, destaca el joven ruandés. Después de pasar numerosos puestos de control de soldados y milicianos de Interahamwe, esta familia mixta llegó a Bugarama y se instaló en la casa de sus parientes.

Negación de ayuda

Nsengiyumva recuerda cómo sus padres escondían de las fuerzas genocidas a la mujer de su familiar, que a veces debía convencer a los hutus radicales de la zona de que sus hijos eran de la etnia hutu. Durante los 100 días que duró el genocidio, Niyongere murió de una enfermedad, y la familia que le acogía decidió mandar a su mujer y sus hijos a Burundi, desde donde consiguieron escapar a Bélgica. Una vez la guerrilla tutsi del hoy presidente de Ruanda, Paul Kagame, puso fin al genocidio, la familia regresó a su país, donde se les negó la ayuda como supervivientes en condición de medio hutus de los hijos.

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Bernard Niyongere no era el único familiar de Moussa Basil Nsengiyumva casado con una tutsi. Un tío suyo, su mujer tutsi y la hija de ambos encontraron protección con la familia de Basil, que ante el deterioro imparable de la situación acabó huyendo con su familia política tutsi a la vecina República Democrática del Congo. Semanas después, cuando las cosas parecían haber mejorado, regresaron a su país para reencontrarse con la abuela, que se había negado a marcharse. La esposa tutsi de Basil viajó a la localidad de Bisesero para buscar a su familia. Bisesero fue escenario de algunas de las peores masacres del genocidio. Al llegar a su pueblo, la mujer no encontró a nadie vivo. “Ni un tío, ni un primo. Era la única superviviente en toda su familia”, dice Basil, que recuerda la desolación de la mujer y denuncia que, por su filiación con la etnia de los genocidas, ha sido excluida después de los programas de apoyo a los supervivientes.

La familia Nsengiyumva tiene más historias que, como esta, transcurren en las zonas grises de cualquier cataclismo político y desbaratan toda narrativa simplista sobre lo ocurrido. Una persona cercana a la familia se había enrolado en la milicia Interahamwe. En una ocasión, sus compañeros de armas le mandaron a la orilla de un río a ejecutar a un tutsi al que conocía. El miliciano no fue capaz de cumplir la orden y le pidió a quien debía haber sido su víctima que escapara a nado hasta la otra orilla. Al descubrir que había dejado huir al tutsi, los mandos de Interahamwe que le habían encargado el asesinato montaron en cólera. El miliciano fue castigado con su ejecución, convirtiéndose en una víctima del genocidio que vestía el uniforme de la milicia genocida Interahamwe.

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