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CARRERA ARMAMENTÍSTICA

Trump sopesa la venta de reactores nucleares a Arabia Saudí

El Congreso abre una investigación para esclarecer si la operación podría violar las normas legales y éticas

Los expertos temen que Riad pueda utilizar los reactores civiles para desarrollar armas atómicas

Ricardo Mir de Francia

El príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman (izquierda), y el presidente estadounidense Donald Trump.

El príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman (izquierda), y el presidente estadounidense Donald Trump. / MANDEL NGAN (AFP)

Las estrechas relaciones de la Casa Blanca con la monarquía saudí vuelven a estar bajo escrutinio. El Congreso ha abierto una investigación sobre los planes de la Administración Trump para venderle tecnología nuclear a Arabia Saudí a pesar de las objeciones expresadas por sus asesores legales. El plan ha despertado sospechas por el secretismo que rodea a las negociaciones y las conexiones de altos cargos de la Administración con el consorcio de la industria nuclear que presiona a la Casa Blanca para que autorice la venta de los reactores civiles. Esos reactores servirían en principio para generar energía eléctrica, pero entre los expertos preocupa la posibilidad de que Riad utilice la tecnología para desarrollar eventualmente armas atómicas

El temor a una carrera nuclear en Oriente Próximo lleva años sobrevolando la región por la disputa a cara de perro que libran Arabia Saudí e Irán. Unos riesgos que se han recrudecido desde que Trump rompiera el acuerdo con Teherán firmado por su predecesor para restringir el programa iraní a cambio del levantamiento de las sanciones económicas. Tanto Europa como Rusia y China tratan de salvar la entente circunvalando las restricciones impuestas por Estados Unidos, pero su desafío es cada día más complejo por la agresiva postura de la Casa Blanca, que ha recuperado la retórica de los años de la Administración Bush, cuando se barajó un ataque militar contra las instalaciones iranís. No es descabellado pensar, por tanto, que, si el acuerdo se hundiera, Teherán podría reanudar la búsqueda de la bomba. 

Como respuesta a las ambiciones de los ayatolás, Riad lleva tiempo amagando con desarrollar su propio programa nuclear. Una idea que empezó a formalizarse el año pasado, cuando el príncipe heredero, Mohamed Bin Salman, anunció un plan para diversificar las fuentes de energía del Reino del petróleo y acomodar la demanda creciente de electricidad de su población. El plan incluye inicialmente la construcción de dos reactores nucleares para generar electricidad, pero la intención es que la cifra crezca hasta las 16 plantas durante los próximos 20 años, según la prensa saudí. El coste aproximado supera los 80.000 millones de dólares.

Oportunidad de negocio

El propio Bin Salman ha dejado claro, sin embargo, que la naturaleza de su programa atómico podría cambiar en función de las circunstancias. “Arabia Saudí no quiere adquirir ninguna bomba nuclear, pero no hay ninguna duda de que si Irán desarrolla la bomba, nosotros seguiremos su estela lo antes posible”, le dijo en marzo a la televisión estadounidense el hombre fuerte del régimen. 

La oportunidad de negocio no ha pasado inadvertida en Estados Unidos, que pugna con RusiaChinaFrancia y Corea del Sur por hacerse con los primeros contratos saudís. Antes de que Bin Salman ordenara trocear al periodista Jamal Khashoggi en Estambul y su nombre se volviera tóxico en muchos despachos de Washington, un consorcio de la industria nuclear estadounidense, liderado por varios oficiales retirados del Ejército, hizo llegar a la Casa Blanca una oferta para construir “docenas de plantas nucleares civiles” en Arabia Saudí, según un informe del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, el organismo de mayoría demócrata que ha abierto la investigación. La llamó el ‘Plan Marshall para Oriente Próximo’

Como “asesor” del consorcio, llamado IP3 International, figuraba el general Michael Flynn, por entonces asesor de Seguridad Nacional de Trump, quien habría dado el visto bueno para la venta de los reactores antes incluso de que el neoyorkino tomara posesión del cargo. Entre los asesores legales de la Casa Blanca empezó a cundir el pánico, según el informe. “Las ventas de tecnología nuclear las tiene que aprobar el Congreso. El informe sugiere que la Administración Trump trató de circunvalarlo, lo cual es claramente inapropiado”, asegura a este diario Tom Collina desde Ploughshare Fund, una organización que trabaja contra la proliferación nuclear.

El amigo libanés de Trump

Flynn fue despedido a principios del 2017 por sus contactos con Rusia, pero otros oficiales del Consejo de Seguridad Nacional siguieron empujando el plan. No estaban solos. Uno de sus grandes impulsores es el inversor de origen libanés y amigo personal de Trump, Tom Barrack, quien recaudó millones de dólares para la ceremonia de su toma de posesión. Aquel año Barrack le dijo a la prensa que estaba pensando invertir en Westinghouse, una empresa en bancarrota que se dedica a la fabricación de reactores nucleares. Westinghouse la compró finalmente una subsidiaria de Brookfield Asset Management, el mismo fondo que rescató financieramente a la familia de Jared Kushner (yerno y asesor del presidente) de una mala inversión en Manhattan. 

Esa red de conexiones, unida a las prisas de la Administración por autorizar la venta, soliviantó a varios altos funcionarios, que han hecho de garganta profunda para los investigadores del Congreso. Uno de ellos les dijo que la propuesta “no es un plan de negocio”, sino “una maquinación para que los generales hagan algo de dinero”. Y eso es lo que precisamente investigan ahora los legisladores: si la venta responde al interés nacional de EEUU o es solo un cambalache para que se lucren los exmilitares, la Administración y sus amigos. 

Reunión en la Casa Blanca

La oferta del consorcio sigue sobre la mesa. Hace menos de dos semanas Trump se reunió en la Casa Blanca con los ejecutivos de la industria nuclear, Westinghouse incluido, en una cita organizada por IP3. “El presidente quería escuchar nuestras opiniones sobre cómo podemos ganar en la carrera global por la tecnología nuclear para fines civiles”, explicó después uno de ellos. En EEUU la construcción de nuevas plantas está paralizada desde hace años, lo que empuja a la industria a competir fuera para mantener su negocio. 

“No deberíamos vender tecnología a un país que dice estar interesado en desarrollar armas nucleares y cuya credibilidad está por los suelos”, dice Collina, el experto sobre proliferación nuclear. “Además, si EEUU les vende los reactores, Irán reanudará su programa armamentístico, lo cual sería una invitación para una peligrosa carrera atómica en Oriente Próximo”. La investigación en el Capitolio y el creciente rechazo que el régimen saudí genera entre los congresistas tras el asesinato de Khashoggi hacen presagiar que la Casa Blanca lo tendrá muy difícil para obtener la aprobación del legislativo. Pero Trump ya ha demostrado que no le tiembla el pulso para saltarse la separación de poderes. Ya lo hizo al declarar la emergencia nacional para construir el muro en la frontera con México.

Tom Barrack, el mejor amigo de Trump

Las revelaciones sobre la posible venta de tecnología nuclear a Arabia Saudí vuelven de nuevo los ojos sobre Tom Barrack, un poderoso inversor, hijo de inmigrantes libaneses en EEUU, que tiene importantes lazos económicos y contactos en las más altas esferas de países del Golfo Pérsico y es amigo personal de Donald Trump desde que ambos, de 71 años, empezaron a hacer negocios juntos hace casi cuatro décadas.

Barrack fue uno de los principales recaudadores de fondos de la campaña de Trump, durante la que ayudó también a calmar las preocupaciones de países del Golfo con la retórica islamófoba de Trump y abrió los contactos de Jared Kushner, el yerno de Trump, con líderes árabes y, en particular, con el príncipe saudí, Mohamed Bin Salman.

Barrack también fue quien sugirió como jefe de campaña a Paul Manafort, condenado en casos abiertos por las investigaciones del fiscal especial Robert Mueller. Asimismo, presidió el comité encargado de la toma de posesión, que recaudó un récord de 107 millones de dólares y que ahora está bajo investigación federal por potenciales irregularidades, como la llegada de donaciones desde el extranjero.

Rick Gates, ayudante de Manafort y también imputado en la investigación de Mueller, trabajó para Barrack en el comité inaugural y en su empresa, Colony, para la que preparó un informe mostrando cómo la compañía podía capitalizar sus lazos con la Administración. Según un artículo de 'The New York Times', Colony ha recibido desde la nominación de Trump 7.000 millones para sus fondos de inversión, el 25% desde Arabia Saudí Emiratos Arabes Unidos. Qatar, que antes de la campaña de Trump era uno de los principales socios de Barrack, ha desaparecido de sus cuentas.

Este mes Barrack habló en una conferencia en Abu Dhabi el asesinato de Jamal Khashoggi diciendo “pasara lo que pasara, las atrocidades en América son iguales o peores a las de Arabia Saudí”. Se tuvo que disculpar pero insiste en minimizar el papel en el asesinato de Bin Salman. I. NOAIN