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El éxodo de la guerra olvidada del Congo

Sólo en 2016, el país registró 922.000 nuevos desplazados, por delante de Siria e Irak

Con 3,7 millones de prófugos, es el país africano con más población desplazada

TRINIDAD DEIROS / KINSHASA

Un grupo de niños congoleños que han huido de la guerra que asola el país. 

Un grupo de niños congoleños que han huido de la guerra que asola el país.  / TRINIDAD DEIROS

La guerra olvidada y sin nombre, la violencia que ha echado raíces en la República Democrática del Congo (RDC) desde hace más de 20 años, forzó en 2016 a casi un millón de congoleños -922.000- a huir de sus casas. Muchas veces, la única forma de salvar sus vidas, aunque fuese al precio de convertirse en vagabundos en su propio país, depender de la caridad ajena o de la asistencia de las organizaciones internacionales.

El éxodo masivo de casi un millón de congoleños supera a las cifras de desplazados que el pasado año generaron la guerra en Siria (824,000) y en Irak (659,000). En total, la RDC deplora 3,7 millones de desarraigados, según la oenegé Consejo Noruego de Refugiados, que ha subrayado cómo el conflicto de Congo “ampliamente ignorado” es el peor del mundo en cuanto a personas arrojadas a los caminos.

Las razones por las que uno de cada 20 congoleños –uno de cada cinco en regiones como Kivu Sur y Kivu Norte- ha tenido que dejar su vida atrás no sólo se remiten a los rescoldos de las dos guerras que vivió el país entre 1996 y 2003, ni tampoco exclusivamente a la actuación de los 60 grupos armados activos en el este del país, según el Grupo de Estudios para Congo de la Universidad de Nueva York.

Los congoleños tienen otro verdugo: el Estado, una amenaza más mortífera aún que las milicias. En 2016, sus agentes -militares, policías, servicios secretos- estuvieron detrás del 64% de las violaciones de derechos humanos cometidas en la RDC, incluidas 480 ejecuciones extrajudiciales, de acuerdo con el último informe del secretario general de la ONU sobre Congo.

Esta represión ha alcanzado su culmen desde 2015 a causa del proyecto del presidente Joseph Kabila de perpetuarse en el poder por la vía de aplazar las elecciones, arguyendo que el Estado carecía de fondos para poner las urnas y de tiempo para actualizar el censo electoral antes de noviembre del 2016, cuando se deberían haber celebrado unos comicios presidenciales que finalmente no tuvieron lugar. Sin sucesor, Kabila sigue en su cargo, a pesar de que el pasado 19 de diciembre concluyó su segundo y último mandato constitucional.

AMETRALLADORAS CONTRA CIVILES

Esta ilegitimidad del jefe del Estado ha atizado la violencia y provocado el surgimiento de nuevas milicias en zonas hasta entonces en relativa paz. Eso fue lo que sucedió en la región histórica de Kasai, en el centro de Congo, de donde proviene la práctica totalidad del millón de nuevos prófugos del 2016 en la RDC.

En Kasai, la población se vio atrapada en los combates entre una milicia de nuevo cuño, los Kamuina Nsapu, seguidores de un jefe tradicional abatido por la policía en agosto, y el Ejército. Desde el verano del 2016, los militares han tratado de aplastar la rebelión con una respuesta que la ONU ha calificado de “brutal y desproporcionada” y que además no ha discriminado entre milicianos y civiles. De esta violencia dan fe las 42 fosas comunes halladas por la ONU en Kasai y el asesinato en marzo de dos miembros del Grupo de Expertos de la ONU para el Congo que investigaban esos enterramientos.

Un trabajador humanitario congoleño, que pide anonimato por miedo, explica que los pueblos de Kasai se vacían “cuando los Kamuina Nsapu se acercan y también ante el avance del Ejército. Los Kamuina Nsapu te obligan a unirte a la milicia y luego hay represalias de los militares por ello”. Entre unos milicianos que practican la decapitación de los agentes del Estado y un Ejército que, según la ONU, ha disparado con ametralladoras contra civiles, la única salida es la huida.

Una huida diferente, pues la mayoría de prófugos congoleños no termina en un campo de desplazados. Sólo el 14% de desplazados del país vive en ese tipo de instalación, según Naciones Unidas. El resto -86%- viven, o más bien se hacinan, con familias de acogida. Estas familias suelen estar compuestas de parientes cercanos o lejanos, miembros de su etnia o personas que acceden a ello si los desplazados participan en los gastos.

Otras veces, el desplazado termina escondido en la selva en refugios improvisados, una costumbre que proviene de la colonización belga, cuando los congoleños huían de sus pueblos para no ser esclavizados en la recogida del caucho u otros trabajos extenuantes que les imponían los blancos, so pena de ser azotados, asesinados o sufrir amputaciones. 

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