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Los 'millenials' de Pyongyang

Una minoría de jóvenes norcoreanos disfruta de las recientes oportunidades de la tímida irrupción del capitalismo

Adrián Foncillas

Ri Sol-sim, una joven en una cafeteria de lujo en Pyongyang.

Ri Sol-sim, una joven en una cafeteria de lujo en Pyongyang. / ADRIÁN FONCILLAS

Luce gafas Ray-ban y un pin de sus queridos líderes en su americana italiana. Ri Ryong-woo, de 24 años, acaba de regresar a Pyongyang después de dos años estudiando Finanzas en Pekín. “Todo ha cambiado. Calles, edificios, parques… Me preguntaba si este era realmente mi país. Aquí no me falta de nada”, asegura en una cafetería de maderas nobles, refinados sofás y esculturas romanas con aire burgués decadente.

Ri integra una clase social tan nueva como escasa en una sociedad presuntamente igualitaria. Son los 'millenials', la generación 'jangmadang' (del mercado negro) en contraste con las cartillas de racionamiento, los hijos de los 'donju' o maestros del dinero. La forman apenas un 1%  de la población de un país que más allá de los neones de Pyongyang lidia con problemas serios. Las hambrunas han quedado atrás pero la malnutrición amenaza a tres de cada cuatro norcoreanos, según la ONU.

Son pocos pero concentran las atenciones de Kim Jong-un. El treintañero líder estudió en Europa y sabe cómo se divierte Occidente. En los últimos años ha abierto boleras, parques de atracciones, pistas de voleibol y tenis al aire libre, complejos de esquí, cafeterías y restaurantes donde los privilegiados pueden fundirse el dinero de sus padres. A la paga semanal de 50 dólares de Ri no le faltan destinos. La oferta se aproxima a la de cualquier urbe si descontamos que todo está cerrado a las 10 de la noche.

MÓVILES, MINIFALDAS Y TACONES

No cuesta encontrar huellas de la occidentalización en las calles de Pyongyang. Los jóvenes van pegados al móvil, las minifaldas y los tacones han enterrado el rigor y abundan peinados lisérgicos ajenos a la docena de cortes oficiales de las peluquerías tradicionales. La primera dama, Ri Sol-ju, abrió una senda que los jóvenes siguen con entusiasmo. También ha llegado la fiebre por el bisturí de Corea del Sur y se ofrecen operaciones de doble párpado para una mirada más occidental a partir de 50 dólares.

El epicentro de los millenials es Pyonghattan, aguda contracción de Pyongyang y Manhattan. En los impolutos rascacielos se juntan negocios de manicura, tiendas delicatesen con queso francés y leche alemana y restaurantes como el que sirvió a la prensa pizzas, sushi o vino español en tetrabrik.

“Siempre que estoy fuera quiero volver. Echo de menos la gente, el clima, la vida sencilla…” enumera Ri Sol-sim, una joven de 21 años con un vistoso reloj suizo. Los cuatro dólares que cuesta su capuccino son la mitad de un salario medio en Pyongyang. En la cafetería abundan los jóvenes con inglés fluido, viajados y con padres en el sector del comercio exterior. De ese perfil cosmopolita que ha leído prensa internacional se espera un discurso más elaborado que el escuchado durante el resto de la semana. Quizá influye en mi decepción la presencia del guía, que desdeña mi sugerencia de irse a fumar a la terraza porque el idioma no será un problema.

SON TODO MENTIRAS

“He visto un montón de noticias negativas sobre mi país pero son todo mentiras. Aquí la gente es feliz”, promete. Ri no volvería a Nueva Delhi. “En India sólo hay pobreza, mi país se desarrolla mucho más rápidamente”, añade. Tampoco echa de menos la prensa y cine extranjero, las discotecas ni internet. Las películas propagandísticas nacionales y la limitada intranet colman sus expectativas, finaliza. La declaración más explosiva en dos horas viene de Ri, el de las gafas Ray-ban. “Me gusta más la ropa extranjera” reconoce en susurros.

Tras una tarde en la realidad paralela de Pyonghattan no cuesta creer las promesas de los 'millenials' sobre la libertad que disfrutan. “No, lo siento, no tenemos dirección de email”, se excusan cuando se las pido.

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