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Las superespías de Corea del Norte

La más célebre es Kim Hyun-hui, quien tras colocar una bomba en un avión con 115 pasajeros fue detenida, rehabilitada y vive ahora en Corea del Sur

Adrián Foncillas

La exespía norcoreana Kim Hyun-Hui.

La exespía norcoreana Kim Hyun-Hui. / REUTERS / KIM KYUNG HOON

“¿Puedo fumar?”, preguntó Kim Sung-il, veterano y legendario espía. “¿Y yo?”, le secundó la joven Kim Hyun-hui. Un avión con 115 personas a bordo había explotado horas antes sobre el mar de Andamán. Estaban detenidos en una sala del aeropuerto de Bahrein después de que la policía detectara sus pasaportes japoneses falsificados. Sung-il se llevó un cigarrillo a la boca y mordió la cápsula de cianuro escondida en el filtro. El agente que los custodiaba vio sus inmediatos espasmos e instintivamente soltó un manotazo a Hyun-hui. Sólo pudo morder superficialmente la suya, salvó la vida, renegó de su pasado y lo diseccionó en la autobiografía 'Las lágrimas del alma'. Es un manual sobre cómo se fabrica una superespía norcoreana.

Hoy han escuchado los cargos de asesinato las dos jóvenes que presuntamente mataron al hermanastro del líder norcoreano en un aeropuerto malasio. Fueron capturadas sin problemas y no mostraron oposición. Una es indonesia y otra vietnamita y ambas son las clásicas jóvenes asiáticas que buscan oportunidades en el extranjero. De una superespía no se espera que trabaje de azafata en una feria de motor ni en un salón de masajes o que cuelgue fotografías en bikini en Facebook. O Corea del Norte ha cambiado mucho el libreto o son suficientemente ingenuas para creer que todo era una broma televisiva. 

PRECEDENTE MÁS ORTODOXO

Won Jeong-Hwa, quien sublimó la figura de Matahari, es un precedente más ortodoxo. Entró en Seúl como desertora y sedujo a altos cargos surcoreanos para hurtarles información antes de ser descubierta en 2008  y condenada a cinco años. Dijo haber desobedecido las órdenes de envenenar a dos de sus fuentes y aún hoy se discute el alcance del daño de sus acciones. Seúl, tras su captura, emitió una advertencia a militares y empresarios para que extremaran su precaución.

Jan Jin-sung, un antiguo poeta propagandista condecorado en Corea del Norte, describió dos años atrás en su biografía que el régimen elegía a bellas jovencitas y las formaba en el arte de la seducción. Después las asignaba como traductoras, asistentas o guías turísticas a los altos cargos extranjeros que visitaban el país.

Lee Sun-Sil fue enterrada en el cementerio de patriotas de Pyongyang después de haber escapado en submarino desde Seúl. La septuagenaria había organizado allí una rama secreta surcoreana del Partido de los Trabajadores norcoreano durante diez años. Su detección acabó con la detención de 64 miembros. Lee había sido recibida en dos ocasiones por Kim Il-sung, fundador del país y padre del actual dictador.

Ninguna superespía es tan célebre en Occidente como Hyun-hui, la terrorista del avión. Contaba con todos los ingredientes: belleza, inteligencia, una familia sin tacha y conocimientos de japonés. Tenía 19 años cuando una berlina negra llegó a la elitista Universidad de Pyongyang y los dos representantes del partido le comunicaron que había sido elegida. Ni siquiera pudo despedirse de sus compañeros y sólo disfrutó de una noche con sus padres. Fue conducida a la academia de espías en una recóndita zona montañosa. Recibió un nuevo nombre y pasó los seis años siguientes aprendiendo idiomas, artes marciales, el manejo de armas y de sustancias tóxicas. Le enseñó japonés Yaeko Taguchi, una de tantas secuestradas por el régimen en el extranjero. Pyongyang se había dado cuenta años atrás que sus espías eran fácilmente descubiertos porque su lenguaje y costumbres se habían anquilosado y necesitaban de profesores que les enseñaran cómo hablaban y actuaban los jóvenes.

TRANSISTOR DE RADIO

A Hyun-hui se le asignó a un compañero, quien se haría pasar por su padre, y se le encomendó la misión de explotar el vuelo de las aerolíneas surcoreanas para desestabilizar Seúl en las vísperas de sus Juegos Olímpicos. Subieron en Bagdad, colocaron el explosivo en un transistor de radio y se bajaron en Abu Dhabi. Volaron a Bahrein, donde fueron apresados. Allí recibió las instrucciones de su compañero: “Lo que nos espera es un interrogatorio y probablemente la muerte. He vivido mucho y ya soy viejo. Pero tú eres muy joven. Lo siento por ti”. Una operación fracasada obliga al suicidio, recordaba Hyun-hui en una entrevista. “Así que mordí la cápsula de cianuro y recordé a mi madre en Corea del Norte. Entonces me desmayé”.

Hyun-hui pronto comprobó que había vivido en un mundo de mentiras. Corea del Sur no era un caos de drogadictos y delincuencia. Tampoco sus agentes iban a torturarla ni matarla. Fue condenada a muerte y recibió el perdón gubernamental al entender que era también una víctima.

Hyun-hui se casó con un oficial de inteligencia surcoreano y tiene dos hijos. No se ha cansado de disculparse y busca la paz en el cristianismo y en reuniones con familiares de las víctimas del avión, a quienes donó los beneficios de su libro. Vive escondida en Corea del Sur con la permanente amenaza de su patria. El reciente asesinato del hermanastro revela que Pyongyang nunca olvida. Quizá aquella juventud hurtada en una recóndita academia le ha servido para protegerse de sus antiguos colegas. 

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