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25 años del golpe de Estado que apuntilló la era soviética

El intento fallido de asonada en 1991 contra Mijail Gorbachov tuvo consecuencias que perduran hasta nuestros días

Georgina Higueras

Aterrizaje de Gorbachov tras pasar varios días retenido por los golpistas.

Aterrizaje de Gorbachov tras pasar varios días retenido por los golpistas.

Aquellos días de agosto de 1991 decidieron la suerte de la Unión Soviética; de Mijail Gorbachov, que con perestroika (reestructuración) y glasnost (transparencia) trató de modernizar el gigante con pies de barro que presidía, y de Borís Yeltsin, el impredecible líder que arengó a las masas para que defendieran la democracia subido a un tanque frente a la sede del Parlamento. El golpe de Estado, obra chapucera de la gerontocracia comunista más rancia, resultó fallido pero sus consecuencias siguen, aún hoy, marcando el devenir de Rusia.

En la madrugada de 19 de agosto de 1991, el vicepresidente soviético, altos responsables del Gobierno y del KGB depusieron a Gorbachov -dejándole aislado y retenido en su dacha de Crimea- y formaron el Comité Estatal Emergencia para tomar el control de la URSS. Tres días después, la asonada fracasó.

Impulsó que el 'paraíso proletario' de la URSS reventara en 15 repúblicas independientes; convirtió a Gorbachov en un cadáver político y coronó a Yeltsin en el zar Borís I, que dos años más tarde, en cuanto percibió que los diputados trataban de controlar su poder, no dudó en saltarse la Constitución,  disolver la Duma y bombardear la sede del Legislativo. Ese golpe de octubre de 1993, en el que murieron más de cien personas, sí triunfó, y Yeltsin, con el apoyo incondicional de Occidente, aceleró la redacción de una nueva Carta Magna, tallada a su medida, que consagraba el carácter presidencialista del régimen. Vladímir Putin, para quien la “desintegración de la URSS fue una de las mayores tragedias del pasado siglo”, a la postre resultó ser el gran beneficiario de ese sistema.

Entender la Rusia actual requiere un repaso a la década milagrosa del populista impredecible que logró detener un golpe para dar otro; que un día era demócrata y al otro, absolutista. El dirigente cuya filosofía era imponer su voluntad y aferrarse al poder. El líder del Kremlin que sorprendió a propios y extraños con sus resurrecciones políticas, mientras precipitaba el país por un abismo del que todavía no ha salido.

UN TRÁNSITO SALVAJE

Los rusos sufrieron un amargo baño de realismo capitalista. El tránsito salvaje del comunismo a la economía de mercado desató una gravísima recesión. Millones de personas perdieron sus empleos. Toda la riqueza del país, desde los hidrocarburos a las fábricas, se privatizó en irrisorias subastas amañadas para quedar en manos de unos cuantos oligarcas de nuevo cuño, al mismo tiempo que los ahorros de la mayoría de la población desaparecían por la hiperinflación y las nuevas políticas monetaristas. Seis años después, el producto interior bruto se había desplomado más del 50%, las pensiones se habían reducido a una décima parte de su valor hasta rondar los 15 euros y la esperanza de vida había caído para situarse en África más que en Europa.

Debilitadoenfermo y alcoholizadoYeltsin ordenó en 1994 la invasión de Chechenia y dos años después firmó un acuerdo de paz cuyas condiciones nunca cumplió. Tampoco satisfizo las promesas electorales con las que consiguió remontar una popularidad próxima al cero y ganar las elecciones de 1996. Por el contrario, el país se acercaba al límite de la supervivencia, sacudido por una nueva crisis derivada de la incapacidad para pagar la deuda externa.

De todas las peripecias políticas del Yeltsin, tal vez la más asombrosa fue la superación, en mayo de 1999, del proceso por cinco causas que le abrió la Duma. Fue acusado de “conspiración”, en beneficio de la OTAN y EEUU para disolver la URSS; de “asesinato premeditado” de las 147 personas que murieron en los bombardeos del Sóviet Supremo y de la televisión; de una gestión genocida que sembró el hambre y la desesperación hasta causar un descenso de cuatro millones en la población rusa, “comparable a las pérdidas por una invasión exterior”; de delito de “alta traición” por debilitar al Ejército Rojo; y de empujar a Chechenia al separatismo y desatar la guerra.

Implacable con sus enemigos, Yeltsin amenazó a los diputados con la disolución de la Cámara, el estado de emergencia u otro golpe de Estado. Si la Duma hoy baila al ritmo de Putin es porque su predecesor la doblegó y humilló de tal manera que la convirtió en comparsa del Ejecutivo. Las obsesiones, de quien Yeltsin dijo el 31 de diciembre de 1999 que entregaba el poder al hombre que era “capaz de unir a la sociedad”, tienen su origen en esas cinco causas. Putin ha tratado de acercarse a los rusos cortando por lo sano con todo lo que representó  la era de quien, subido en un tanque, detuvo un golpe. La URSS no volverá, aunque el actual líder del Kremlin se esfuerce por devolverle parte de su grandeza perdida aún a costa de pagar con una nueva guerra fría.

Temas: Historia Rusia

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