La obsesión británica de demostrar que no se es europeo

Abominar de los alemanes, reírse de los franceses y despreciar al resto de europeos forma parte del credo de muchos euroescépticos

Captura de la imagen televisiva de la carrera en la que ha caído derrotado el caballo Brexit.

Captura de la imagen televisiva de la carrera en la que ha caído derrotado el caballo Brexit.

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Begoña Arce
Begoña Arce

Periodista

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Los británicos pasan mucho tiempo tratando de explicar por qué no son europeos. Echan mano de la historia, la geografía, el cricket y los sagrados acantilados de Dover, para marcar las diferencias con el continente. Dentro del Reino Unido, los ingleses son, con mucho, los más euroescépticos. Son los que sienten que su país ya no es el suyo. La globalización lo ha transformado en las últimas dos décadas de manera radical. La inmigración también. “Quiero que todo vuelva a ser como antes”, confesaba a este periódico con candidez una votante favorable al 'brexit' en la comunidad rural de Hereford. Ella decía no reconocer su ciudad, no sentirse ya parte de ella. Una nostalgia que aumenta a medida que lo hace la edad.

El referéndum ha sido la ocasión para los ingleses partidarios del Brexit -la mitad del país, más o menos- de abrir la espita del resentimiento contra la Unión Europea, que llevaba tanto tiempo incubándose. La reivindicación de la soberanía nacional y de la identidad propia ha resurgido en la calle. Ha pasado a discutirse en los pubs, en el salón de casa y en la oficina. “El día de la independencia”, el slogan cinematográfico empleado tanto por Boris Johnson, como por Nigel Farage, ha sido el más popular de toda la campaña, según las encuestas. Desde la óptica de muchos británicos, Bruselas es la institución que les priva de sus diferencias, de lo que les separa del resto mundo y pretende imponerles una “identidad europea”.

“Nosotros siempre hemos estado medio separados de Europa. Somos diferentes, somos anglosajones”, argumenta Roger Glenclose, contable de profesión y votante del UKIP. A la simple pregunta de por qué votará 'brexit', se lanza a una disertación enciclopédica. “Los últimos cincuenta años han ido en contra de nuestra historia. Si mira la historia, nos opusimos al Imperio español, a Luis XIV, a Napoleón, al Káiser, a Hitler. Somos consistentes. Siempre hemos hecho lo opuesto a la fuerza dominante en Europa. Ahora los alemanes dirigen Europa, siempre la han dominado. No tengo nada en contra, es su naturaleza, pero no queremos ser parte de su imperio”.

UN CANAL ANTE LAS INVASIONES

Y después de la historia, viene la lección de geografía. ”Nos enseñan que en Europa el rio Maine y el Vístula y todas las montañas no detienen las invasiones. A los británicos, la geografía nos enseña lo opuesto. El Canal de la Mancha detiene las invasiones”.

Glenclose resumía muchos de los clichés que alientan el nacionalismo euroescéptico. Johnson y Farage han sabido fomentar ese sentimentalismo, creando la ilusión de un nuevo y brillante futuro. “Retomemos el control”, ha sido otro de los lemas de campaña de Johnson, a quien Chris Patten, rector dela Universidad de Oxford y expresidente del Partido Conservador,  acusó de “no diferenciar la realidad y la ficción” y decir ahora una cosa y luego otra.

Entre los políticos del Partido Conservador, la preocupación por la soberanía ha venido provocando disputas desde la firma del tratado Maastricht en 1993. Con mayor o menor intensidad, la hostilidad al proyecto europeo siempre estuvo ahí. “El escepticismo británico ha seducido a generaciones y generaciones de nuestros políticos”, escribía en 1999, el que fuera famoso columnista del diario The Guardian, Hugo Young, quien describía el “futuro de fantasía”, que ya entonces pintaban los euroescépticos.

“El sueño de una Gran Bretaña independiente, libre de afirmar su famosa soberanía, lanzados a la fortuna de los mercados no europeos”. Young apuntaba a la xenofobia de esos antieuropeos, que comparaban la UE a “una cueva claustrofóbica”, “rellenada con fútil arrogancia, haciendo obligatorio no sólo criticar Bruselas, sino abominar de los alemanes, reírse de los franceses y no decir nada bueno del resto de los países europeos, para que esto no traicione nuestro sentido asediado de ‘britaniedad’.

PRESIÓN MIGRATORIA

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La crisis financiera de la eurozona, y el número inesperadamente alto de inmigrantes que han llegado de la Unión Europea -en especial desde Europa del Este- ha disparado la eurofobia y la batalla contra Bruselas en el Partido Conservador. Esa llegada masiva de inmigrantes, que en localidades como Boston alcanza el 10% de una población de 60.000 habitantes, ha sido la forma en que muchos británicos han visto el impacto directo de lo que implica estar en la UE. De poco sirve explicar que los puestos de trabajo que esos inmigrantes ocupan  son los que ellos no quieren realizar.

Incluso muchos de los que han votado por la permanencia éste jueves, se declaran euroescépticos. El propio David Cameron lo ha hecho. Pero hay euroescépticos que quieren irse y otros que quieren quedarse y reformar las reglas.