Refugiados atrapados en Libia

Cientos de miles de personas esperan en el país magrebí poder dar el salto a Europa en una travesía mucho más peligrosa

El cierre de la ruta balcánica reactivará una ruta con la que las mafias esperan incrementar de forma notable su negocio

Refugiados atrapados en Libia

Ricardo Garcia Vilanova

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RICARDO GARCÍA VILANOVA / MISRATA

“Ayer recuperamos cuatro cadáveres, hoy uno. Salieron dos barcas con más de 130 personas cada una. La mar está tranquila. Esto es solo el principio”, aventuraba hace unos días Mohammed, habitante de en Trípoli, al hablar de la ruta de Libia hacia las costas italianas, la más peligrosa con diferencia, la que utilizan los refugiados e inmigrantes que no pueden pagar los precios de travesías que hasta ahora han sido más seguras.

En esta parte de Libia se concentran inmigrantes o refugiados que proceden de Nigeria, Somalia, Eritrea, Mali, Níger, Gambia, Chad, Sudan, Afganistán o Bangladés y que buscan desesperadamente dar el salto a Europa. Unos huyen de las guerras que asolan sus países, otros de la extrema pobreza. Y todos están convencidos de que Europa es la solución a todos sus problemas. Por eso están dispuestos a morir en el intento.

Desde el cierre de la ruta balcánica y el acuerdo de la Unión Europea (UE) con Turquía para deportar a todo el que llegue a Grecia desde el 20 de marzo, Libia amaga con volver a ser la principal puerta de entrada a Europa. Ello generará un incremento de demanda, y por consiguiente una inflación en los precios que los contrabandistas y las mafias del tráfico de personas tienen a día de hoy.

Según responsables europeos, son ya cientos de miles los candidatos que esperan en el país magrebí poder dar el salto a Europa.  La Alta Comsiaria de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) afirmó la semana pasada que cerca de 14.500 migrantes han llegado a Italia desde Libia en lo que va de año, lo que ya supone un incremento del 42,5% respecto al mismo periodo de 2015.

Hacinados de pie

Muchos intentan llegar a las costas italianas abordo de pequeñas barcas de goma. Hacen la travesía hacinados de pie, sin espacio para sentarse ni moverse, porque los suelos están forrados de estacas metálicas que dan consistencia a la embarcación. Otra posibilidad, pero más cara, es hacer la travesía a bordo de barcas de madera. Dentro de la embarcación, el dinero marca la diferencia: la mejor opción es ir en cubierta. La peor, viajar en la sala de máquinas donde muchos mueren asfixiados por las exhalaciones del dióxido de carbono del motor.

Quien sacar tajada de esta situación son las mafias que trafican con seres humanos. Y lo hacen con niños, mujeres, ancianos o jóvenes, no importa. Cada persona paga por la travesía y antes de embarcar entre 400 y 600 dólares (357 y 535 euros), así los traficantes se aseguran haber cobrado si es que sus 'clientes' mueren en el intento.  

“Me he pasado dos meses en Libia”, dice un refugiado. “La gente en las mezquitas me ha ayudado porque he leído el Corán muy bien. Gracias a ellos, he reunido los 400 dólares que me piden para embarcar”, añade. "Mi marido ha pagado hasta 500 dólares por el billete”, aclara, por su parte, una mujer nigeriana. “Él no ha podido ha podido llegar hasta aquí para reunirse conmigo. En mi país me estaba preparando para ser enfermera, pero no pude terminar mis estudios, así que decidimos probar de dar el salto a Europa”.

El año pasado se embarcaron en Libia 600.000 personas, lo que representa un mínimo de 240 millones de dólares de beneficio para las mafias, más del doble que en el 2014. Para este año se espera que sean  800.000.

Mientras no suben a las embarcaciones, los refugiados o inmigrantes intentan sobrevivir en un ambiente hostil. A muchos se les ve en las cunetas esperar a las camionetas 'pick up' que los recogen para llevarlos a trabajar, sobre todo en el sector de la construcción. Los patronos les pagan lo justo para poder vivir. Indocumentados, viven con la esperanza de no ser detenidos.

Meses de encierro

Los que menos suerte tienen son los que acaban en uno de los centros de detención que hay repartidos entre las ciudades de Trípoli, Misrata y Garaboli. Algunos llevan varios meses, algunos casi un año, encerrados.  Los centros de detención son antiguas escuelas o edificios gubernamentales reconvertidos en espacios de habitaciones de ventanas selladas con rejas. Los hombres por un lado y las mujeres y niños por el otro.

Mantas en el suelo, algunos enseres personales, mensajes escritos en las paredes, ropa colgada en cuerdas improvisadas, todo eso forma parte del entorno. Algunos centros disponen de muy poco espacio y las personas viven y duermen apiñadas, codo con codo. Los más afortunados pasan los días en enormes habitaciones que comparten con una veintena de personas. La comida se reparte  en unos grandes recipientes, de donde comen unas comen unas 12 personas. 

Pero hay también ‘sinpapeles’ que son víctimas de las mafias locales, que los mantienen retenidos y que les exigen como mínimo de 300 dólares (267 euros) para su liberación. Este es otro de los grandes negocios en crecimiento.

Las mafias se han hecho fuertes en un país donde reina el caos político. Libia tiene tres gobiernos, uno en Trípoli, otro en Tobruk y un tercero auspiciado por la ONU. Parte del territorio además está bajo control del Estado Islámico. Hace unos meses, Zwara, a 100 kilómetros del oeste de Trípoli, formaba parte de esa ruta de los refugiados. Pero hace un mes, sus habitantes empezaron a protestar contra el tráfico de personas.

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Aparecieron entonces los Black Mask, un grupo de intervención especial que tiene como misión perseguir y encerrar a los traficantes de seres humanos.  Ahora, Zwara ha dejado de ser un punto de salida. Solo hay playas desiertas, pero eso no ha frenado las salidas sino que las ha desplazado hacia lugares menos seguros, como Sabratha, directamente amenazada por el Estado Islámico.

Libia, con sus estructuras estales inexistentes o muy debilitadas, será incapaz de hacer frente a toda esa ola de personas que esperan dar desde aquí el salto a Europa. El acuerdo con Turquía, lo que habrá conseguido es el desplazmiento de las rutas de la inmigración: de una travesía más o menos segura a otra en la que apenas hay garantías de éxito.