Caos en Idomeni

La cifra de refugiados en la frontera greco-macedonia se ha duplicado en cinco días

La tensión y la desesperación es palpable entre los migrantes acampados

Vista aérea de la frontera con Macedonia en Idomeni, Grecia.

Vista aérea de la frontera con Macedonia en Idomeni, Grecia. / AP / VASSILLIS VERVERIDIS

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Javier Triana
Javier Triana

Periodista

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Abdul tiene asumido que no va a llegar a Macedonia fácilmente y el motivo es sencillo: solo dejan pasar desde Grecia a sirios e iraquís documentados y él es sudanés. Del pasaporte, ya ni hablamos. ¿Volver a casa? Omar al Bachir, el presidente de Sudán, es un asesino -dice- que siendo natural de Darfur, de asesinos algo sabe. Quizá se vaya a otro lado. Quizá vuelva a intentar cruzar por algún punto flaco de la valla macedonia por el bosque. “Por la selva”, como dice él. Solo que la policía le podría volver disuadir de seguir con esta empresa. “Igual iré a otro sitio”, cuenta Abdul sin precisar más mientras deambula por un área de servicio cercana al paso fronterizo de Idomeni. De momento –asegura–, comida no le ha faltado.

De momento, comida no falta. Pero solo es de momento, porque las organizaciones humanitarias alertan de que son ya más de 10.000 refugiados los reunidos en Idomeni y este miércoles han pasado en torno a 400 personas a Macedonia. El día anterior, según las cuentas del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur), 30. Y llegaron 609 a Grecia, que pronto estarán rumbo a Idomeni. Una simple operación matemática corrobora que la situación, lejos de solventarse de manera satisfactoria para todas las partes, puede saltar por los aires. El pasado lunes hubo un anticipo: un grupo de refugiados tumbó un sector de la valla y la policía macedonia les despachó con gas lacrimógeno y granadas sonoras. Ahora hay 3.000 personas más que entonces. Comparado con aquel incidente, los leves empujones a los que este miércoles la policía griega tuvo que recurrir a la hora del cierre de la frontera se quedan en una mera anécdota. El ministro macedonio del Interior, Oliver Spasovski, se defiende y echa balones fuera: “Nuestro cupo de admisión diario dependerá del número de refugiados que acojan los países miembro de la Unión Europea”.

Los allí congregados no saben cuándo van a cruzar o si van a cruzar. El kurdo-sirio Ismail lleva nueve días durmiendo con su familia en una de las múltiples tiendas de campaña que han crecido cual champiñones en el campamento de Idomeni, que hace tan solo unos meses, cuando este diario viajó a la zona, era poco más que un centro de paso, con clínicas médicas, instalaciones higiénicas y lugares de descanso creado por Médicos Sin Fronteras (MSF).

ALAMBRE DE ESPINO

Ismail se enciende un cigarro con una brasa de la hoguera que alimentan él y tres amigos, sentados alrededor, a pocos metros de la doble valla coronada por alambre de espino que ha levantado Macedonia para tener bien controlados a quienes ingresan en su territorio. En la zona de la que proceden ellos y sus familias hay enfrentamientos entre las milicias kurdo-sirias y los yihadistas del Estado Islámico. Por eso se fueron. Y bajo el yugo de esos terroristas, Ismail sabe que no podría tomarse las tres cervezas de las que ya ha dado cuenta esta tarde. Su práctica de la fe mahometana es sin duda más distendida.

De lejos, las lindes del paso de Idomeni parecen un cámping multicolor. Organizaciones humanitarias como ACNUR y MSF han provisto de tiendas y mantas a quienes deciden plantarse a esperar. Con el cielo azul, como este miércoles, el paso de los días se puede hasta llegar a tolerar. No así cuando llueve, con el terreno convertido en un barrizal insalubre. También la comunidad local se vuelca: en unas pocas horas, se pueden ver varios coches de particulares, vecinos de la zona, que se acercan a grupos de refugiados y reparten unas pocas raciones de comida.

LOS TAXISTAS HACEN EL AGOSTO

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En el extremo contrario, los taxistas griegos hacen caja a costa de los refugiados. De cuando en cuando, uno se para en la carretera que conduce a Idomeni y recoge, cobrándoles precios indecentes, a unos cuantos migrantes que caminan por el arcén cargados hasta límites imposibles. Los taxis van llenos hacia la frontera. Vuelven vacíos. En un intento por reducir el flujo hacia el punto de paso, los autobuses ya no viajan hasta Idomeni, sino que descargan a los pasajeros varios kilómetros antes. El riesgo, el cansancio y el coste para los refugiados es mayor debido a esa medida. Y el efecto de ésta, dudoso.

La gente va y viene y grita y se agolpa y se empuja y se desespera y, en medio del campamento de Idomeni, un niño se entretiene haciendo malabares con unas piedras que ha cogido del suelo.