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Altares y miedo en París

París destila fortaleza y normalidad, pero se suceden los momentos de psicosis generados por la desconfianza

Carlos Márquez Daniel

Basta con una sirena, una risa desmesurada, un aplauso o un tubo de escape en mal estado para que el parisino se ponga en guardia, mire a derecha e izquierda, delante y detrás, y confirme que todo está bien. Sucedió lo mismo tras el ataque a la redacción de Charlie Hebdo que costó la vida a 11 personas. El tópico de la calma tensa se vuelve enciclopédico en el París post Bataclan. Una cosa es decirle a los terroristas que la ciudad no tiene miedo.Y otra muy distinta, que sea cierto.

El domingo sale soleado, más propio de mediados de septiembre. Todos los monumentos museos siguen cerrados, así que la jornada es muy callejera, de largos paseos. Nada que ver con un sábado para olvidar, casero, consternado. A nivel costumbrista, el día se resume en tres conceptos: turistasaltares y sustos.

Jornada callejera

El forastero apuró sus horas en la capital francesa, bien calzado, consciente de que se iría con el sabor agridulce de una doble desgracia: la evidente tristeza por la masacre y la decepción por volver sin cumplir con buena parte de la agenda prevista. Los barceloneses Javier y Sandra llevaban cinco meses planeando estos tres días. Ninguno de los dos había estado nunca en París. Fue un regalo por los 40 años de ella. Están sentados bajo la Torre Eiffel, a la que no han podido subir. Tampoco han podido visitar el Louvre. Les ha tocado callejear, y no, no están enfadados. «Piensas en ellos, no en tu viaje. Para nosotros esto es un fastido, la desgracia la tienen los familiares».

El Arco de Triunfo también está a reventar. Y los Campos Elíseos, con la mitad de las tiendas abiertas. Muchas ya han colocado las luces de Navidad. Rompe la paz aparente una patrulla de la policía francesa que detiene un vehículo tras acorrararlo. La gente se aparta. Sacan a los ocupantes y empiezan a registrar el coche. Falsa alarma. Otra más.

Por la tarde, en la plaza de La República se produce una escena de pánico que genera el desalojo de todo el entorno. Carreras por las calles colindantes. Hay versiones para todos los gustos: un tiroteo, una detención en el metro que acaba mal... También se viven momentos de incertidumbre en Notre-Dame, donde se celebra una misa por las víctimas. Solo el susto parece ser cierto. Este diario presencia cómo la gente se mete a la carrera dentro de los bares y cómo se cierran puertas y persianas. «Han visto a alguien con una pistola», dice una chica, incapaz de precisar nada en absoluto.

En el canal de Saint Martin se registra otro episodio de psicosis. El reventón de la pantalla de una farola dispara la imaginación colectiva. La opción de un fallo técnico se queda en la cola. Gana la hipótesis del disparo. Otro lío.

En la terraza de un bar de La República, un hombre estrafalario se abre la chaqueta y parece buscar algo. Se hace el silencio. Un joven, sentado, pone pie en el suelo para lanzarse sobre él si es menester. Pero el tipo saca un cigarro. Luego se sienta y empieza a hurgar en su mochila, sin control. Pero no es ningún terrorista, solo está borracho perdido.

Zapato ensangrentado

Lo de los altares en recuerdo de las víctimas no es una cosa para la que haga falta ponerse de acuerdo. Porque todo lo que tiene que ver con los sentimientos, y ahí está la gracia, es imprevisible, sorprendente, inesperado. Los alrededores del Bataclan se han llenado de ofrendas. Miles de rosas y pequeñas velas se amontonan. También mensajes, partituras musicales, alguna foto. Incluso un zapato con la suela ensangrentada. Y una guitarra. Pueden verse en el bulevar Voltaire, donde todo cambió la noche del viernes. Pero también, y sobre todo, en La República, uno de los símbolos del desparpajo de París. Habrá una decena de ellos.

Bulevar del miedo

En el siglo XVIII este lugar se llenó de locales destinados al entretenimiento de la población. La gran revolución llegaría en 1789, así que era evidente que a la ciudad le iba la marcha. El realismo de algunas de las obras que se interpretaban en esta calle era tal, que el entonces bulevar de La República, hoy avenida, fue bautizado como bulevar del miedo. Hoy bien podría recuperar aquel apodo. Aunque más bien se trata de desconfianza.

El sábado por la noche, sobre las nueve, una manta térmica como las que se usan para cubrir cadáveres, recorría el cruce de Lenoir con Voltaire, a escasos 200 metros del Bataclan. No es tan difícil intuir de dónde puede venir y qué uso ha tenido o ha estado a punto de tener. Una chica en bicicleta se queda helada. La lona pasa de largo sin que nadie, absolutamente nadie, a pesar de que todos la siguen con la mirada, se atreva a tocarla. Se mueve con el viento, a trompicones.