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Yanis Varoufakis, ministro 'de lo alucinante'

L'enfant terrible' que irrumpió como una estrella de rock entre sus homólogos europeos se marcha tras proteger a Tsipras del desgaste con Bruselas

CLARA PALMA HERMANN / ATENAS

No podía haberse marchado de una manera más cinematográfica y más fiel a la imagen que tanto ha cultivado. El lunes abandonó el ministerio de Finanzas a bordo de su moto, con su esposa e inseparable compañera de aventuras Danai abrazada a la cintura y sin casco. Solo les faltó perderse en el horizonte. Tras él queda esa frase tan suya: «Llevaré con orgullo el desprecio de los acreedores». Como ese personaje de Aristófanes al que, con sus insultos, sus enemigos le «coronan de lirios».

Entretanto,«minister of awesome»-ministro de lo alucinante- se convertía en la expresión más popular en el Twitter heleno; para algunos, incluso, una campaña orquestada por el propio Varoufakis y su editora para promocionar su último libro.

Se marcha pero difícilmente volverá a escribir tranquilamente oscuros textos académicos. Hasta hace unos años era conocido en los círculos alternativos como un economista que advertía con dureza de las desastrosas consecuencias del rescate a Grecia. Eran los tiempos en que no denegaba una entrevista a ningún periodista que consiguiese su móvil. Pero tras pasar como un vendaval por el Ministerio de Finanzas, se lo disputarán ahora los más conspicuos platós de televisión.

Repitamos el estereotipo de que irrumpió como una estrella de rock en unos círculos acartonados. Este enfant terrible posmoderno desconcertó y rompió tanto la baraja, que cada uno de sus gestos fue objeto de sesudos análisis que sacaban a relucir la teoría de juegos. Siempre sembraba la duda de si se estaba marcando un farol. Pero quizá es Tsipras el que hizo la mejor jugada con su nombramiento.

Había otros que se ajustaban más al perfil, o inspiraban más confianza. Pero durante este primer periodo de la legislatura -en el que el referéndum ha marcado un punto de inflexión-, el lenguaraz Varoufakis ha sido el espigón contra el que embestía el oleaje de la negociación, la presión arrolladora de los acreedores. Con su narcisismo y sus camisas estampadas, el «marxista errático» protegió del desgaste a Tsipras, que conservó fuerzas ante la incógnita de por cuánto tiempo más se prolongaría lo que quizá no era sino una huida hacia adelante.

Nacido en Atenas en 1961 en una familia de industriales, pasó más de 15 años entre Gran Bretaña y Australia. Quizá por eso su idiosincrática manera de expresarse tiene una pátina «no griega», que de algún modo le aleja de la gente. Muchos ciudadanos lamentan su marcha -que aceptan, sin embargo, si contribuye a «mejorar la negociación»-. Con 135.000 votos fue uno de los candidatos más respaldados el pasado enero. En esos primeros días tras su nombramiento, este diario lo vio abandonar a pie, a altas horas de la noche el ministerio.

El abrazo de un barrendero

Un barrendero se le abalanzó para abrazarle. Muchos hacían suyos esos gestos de chulería, como ese displicente apretón de manos con el presidente del Eurogrupo, Jeroem Dijsselbloem, tras decirle que no reconocía a la troika como interlocutor.

Pero nunca ha sido uno de los nuestros, en el sentido en el que lo es Tsipras para muchos griegos. «Nosotros, los de la izquierda, sabemos actuar colectivamente sin preocuparnos por los privilegios del cargo», reza en su carta de despedida. Pero lo cierto es que siempre fue un individualista a ultranza, que no se sometió a la disciplina de ningún partido.

Muchas de sus aportaciones, sin embargo, han quedado ya grabadas en el acervo del Gobierno. No en vano Tsipras ha defendido casi como suyo ese plan para reestructurar la deuda a través del Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera para sortear los altos intereses de los préstamos del FMI.

Quizá su mayor punto flaco ha sido su querencia por los medios, esa tendencia a morir por la boca. En las últimas semanas, creer en sus afirmaciones se volvió difícil, cuando lo que desmentía se volvía realidad a las pocas horas.

En cualquier caso, admirado por su intelectualidad, por ese aire de profesor que sabe mucho, la percepción de la calle era que su destino no estaba vinculado ineluctablemente al del país. Y así ha sido. Sabían que siempre podría coger la moto y perderse en lontananza.

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