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Ellacuría, 25 años de un crimen impune

Un cuarto de siglo después, el asesinato del jesuita Ignacio Ellacuría y de otros cinco sacerdotes en San Salvador está siendo investigado por el juez Eloy Velasco, de la Audiencia Nacional, que ha pedido la extradición de 16 militares salvadoreños. El autor de este artículo, en 1989 reportero del RTVE, había concertado una entrevista con él el mismo día en que cayó abatido. Cuando llegó a la cita, su cadáver yacía en el suelo.

25 aniversario del crimen de Ignacio Ellacuría.

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ALFONSO DOMINGO

La escena era impactante. Los cuerpos permanecían sin vida, boca abajo, en el lugar que les habían disparado sus asesinos. Eran seis, y estaban vestidos con batines, pijamas y ropas de dormir. Les habían arrancado del sueño para ametrallarlos y arrojarlos al sueño eterno. En los despachos y dependencias, con huellas de un fuego provocado, dos víctimas más, mujeres, con un rastro de sangre.

El macabro escenario de aquel crimen múltiple se desplegaba sobre el césped, a la entrada de la residencia de la Universidad Centroamericana, la UCA, en San Salvador. Las víctimas eran seis jesuitas, cinco españoles y uno salvadoreño: Ignacio Ellacuría, rector de la universidad; Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López. Las mujeres se llamaban Elba Julia Ramos, empleada de hogar, y la hija de esta, Celina, de 15 años, incómodos testigos de la matanza. Aún no todos los cuerpos habían sido tapados con la piadosa sábana. Con todo el horror que conllevaba la imagen, se hacía evidente la metáfora. Los habían matado disparándoles un tiro en la cabeza. Era evidente -ya presumíamos entonces de que los culpables eran los terribles escuadrones de la muerte o los propios militares- que querían escenificar el haber descabezado el apoyo intelectual a la guerrilla.

Aquella mañana del 16 de noviembre de 1989, el país, que llevaba días inmerso en una dura ofensiva de la guerrilla salvadoreña -ya se habían producido un millar de muertos-, se despertaba con la trágica noticia. La muerte de Ellacuría eliminaba las posibilidades de una hipotética negociación entre el FMLN (Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional) y el Gobierno salvadoreño, y alejaba cualquier rápida esperanza de un pronto cese de las hostilidades. La guerra seguía y nosotros acabábamos de llegar. Nos esperaban días de sangre, combates, muerte de un compañero ante nuestros ojos y convivencias con los civiles desplazados. Todo aquello, que en ese momento solo podíamos vislumbrar, se desató sobre nosotros como un vendaval tras la muerte de Ellacuría.

LA GUERRA QUE SE ARRASTRABA desde 1980 había producido ya más de 70.000 muertos y un millón de desplazados. A comienzos de aquel noviembre de 1989, la guerrilla había desencadenado una ofensiva en diversas zonas del país que había llegado a tomar barrios enteros de la misma capital, San Salvador, sobre todo el sector nororiental. A cada toma de la guerrilla se sucedían las represalias de la parte gubernamental y las acciones de los tristemente célebres escuadrones de la muerte, de extrema derecha. La espiral no parecía detenerse.

Cuando se produjo la ofensiva guerrillera, Manu Leguineche, director de En Portada -maestro y amigo recientemente fallecido- decidió enviar allí a un equipo. Al encargarme el reportaje decidimos que uno de sus hilos conductores debía ser el rector de la UCA, Ignacio Ellacuría, al que los dos conocíamos. Elacurría era todo un personaje y una entrevista obligada para los periodistas que quisieran entender el conflicto. Partidario de la teología de la liberación, fue acusado muchas veces de favorecer la causa de la guerrilla con su prestigio intelectual. Él y otros jesuitas habían puesto en marcha una fábrica de pensamiento y de crítica, que se cuestionaba el injusto orden social.

Lo había conocido en mi primera visita al Salvador, años atrás, para entrevistar para la revista Panorama a José Napoleón Duarte, el presidente democristiano que ya estaba afectado de un cáncer y sabía que el tiempo se le acababa sin conseguir la paz en el país. Junto con el fotógrafo Ángel Colina, hicimos varios reportajes sobre la situación salvadoreña, visitamos zonas controladas por el FMLN y cuarteles recién atacados del Ejército en Chalatenango, donde se podían contar en el patio del cuartel a una docena de guerrilleros muertos. Visitamos asimismo la UCA, donde hablamos con Elacurría y Jon Sobrino durante más de una hora. Ellacuría no era un radical y sabía que estaba amenazado. Meses antes de su muerte, había hablado de la necesidad de poner fin a aquella guerra, cuya causa, según recordó, era el control de unas pocas familias ricas sobre la mayor parte de las tierras productivas en un país de campesinos harapientos. Pero también criticaba a la guerrilla, porque pensaba que el tiempo de las revoluciones había acabado y el cambio solo se podría abordar desde la negociación.

Cuando comenzó la ofensiva del FMLN, Ellacuría estaba en España. Había acudido a Barcelona a primeros de noviembre, donde había recibido el Premio de la Fundación Comín, otorgado a la UCA. Mientras, el Gobierno y la guerrilla combatían a lo largo de todo el país y el 11 de noviembre llegaba la batalla a San Salvador. Pude contactar por teléfono con Ellacuría, que me describió la situación en términos duros, y me dijo que estaba viendo la manera de regresar. Quedamos en realizar una entrevista en la sede de la UCA el 16 de noviembre. Nuestra llegada estaba prevista para la tarde del día 15.

Ellacuría adelantó su regreso a El Salvador al 13 de noviembre. Nosotros sufrimos varios retrasos en las escalas de nuestro vuelo y finalmente llegamos a El Salvador en la madrugada del 16. Al llegar al hotel, en pleno toque de queda, los tiroteos y las explosiones no dejaban descansar. Desde mi habitación llamé a primerísima hora a la UCA. Me dijeron que había habido un tiroteo por la noche y que habían matado a cinco jesuitas, pero no facilitaron nombres. Con las mismas, llamé a Evaristo Canete, el operador de cámara -con el que había cubierto otras guerras-, Andrés Luque, el realizador, y al sonidista José Luis Ransan y nos fuimos con un nudo en la garganta, temiendo que entre las víctimas estuviera Ellacuría. Nuestras dudas duraron lo que tardamos en llegar al césped, delante de la residencia, donde estaban los cuerpos, vigilados por militares. Fuimos de los primeros periodistas. En media hora, aquello se llenó de cámaras y grabadoras. A Canete no le falló el pulso, como tampoco lo hizo en los días siguientes, cuando más de una vez nos jugamos la vida en el frente de batalla.

El entierro, multitudinario, tuvo dos vertientes. Por un lado el funeral oficial, en la capilla de la UCA, presidido por las autoridades. La llegada del presidente Alfredo Cristiani, vinculado a Arena, el partido de extrema derecha, aunque sin guardaespaldas y en un lugar secundario, originó momentos de gran tensión. Se escucharon gritos contra él, que fueron silenciados por los jesuitas. Fue criticado después el comportamiento del embajador español en El Salvador, Francisco Cádiz, por sus comentarios desafortunados en el funeral. Unos días antes no había querido recibir a una delegación de los jesuitas que pedía refugio ante las continuas amenazas de muerte que sufrían. Los asesinados fueron considerados mártires de la fe y la justicia.

En los muros de aquella capilla donde habían sido depositados los féretros se podía leer una frase de Óscar Arnulfo Romero, el obispo asesinado en 1980: «Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño». Ese pueblo, que abarrotaba el exterior de la capilla, lloraba a quién bien quería. Un pueblo que los días siguientes me demostró una enorme capacidad de sufrimiento y una humanidad sin límites. Atrapados a veces entre dos fuegos, como nos quedábamos también nosotros, su capacidad de superar circunstancias adversas me admiraba.

No era aquella la primera guerra que cubría. En los días siguientes, las hostilidades continuaron con toda su crudeza. Por la mañana, tras terminar el toque de queda, y una vez desayunados, los coches de prensa comenzaban el desfile casi en caravana hasta llegar al frente de Mexicanos u otros barrios. Al día siguiente, 17, nuestro coche salió el último. Los tiros y las explosiones sonaban cercanos cuando bajamos del coche. Además del tiroteo, oímos gritos. Eran civiles y algunos periodistas, que bajaban el cuerpo de un hombre malherido. Me adelanté con bandera blanca y grité al conductor que llegara con el coche. Evacuamos al herido, con la mirada perdida, al que reconocimos. Era un periodista inglés que había desayunado con nosotros. No sabíamos su nombre. El coche partió veloz para el hospital, llevando también a la inmensa mayoría de los periodistas que habían salido y allí,  en la base del cerro nos quedamos el equipo de TVE, mientras arreciaba el combate.

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Cuando descendió la intensidad del tiroteo, Evaristo Canete y yo subimos hasta la cima de la colina. Nos encontramos con un sargento que llevaba puesta la chaqueta de cuero del periodista y con cara de pocos amigos. En esa chaqueta, en la cartera, localizamos la documentación con su nombre, David Blundy, y una foto de su hija con frases cariñosas en el reverso. Tenía 44 años y era el reportero del London Sunday con base en Washington. Más tarde fuimos al hospital, donde pudimos verle por un momento, inconsciente, a través de un cristal. Se lo llevaron al quirófano y al rato un médico nos informó que no habían podido hacer nada. La bala le había perforado el pulmón. Nunca se consiguió saber de qué bando era el francotirador.

Por su parte, el cuerpo de Ellacuría yace enterrado junto con las demás víctimas en la capilla de la UCA. El lugar donde fueron asesinados es un rosal plantado no solo en su memoria, sino en la de todos los muertos de la ofensiva salvadoreña.