Ir a contenido

La posguerra

Vuelta a casa sin heroísmo

Xavier Casals

Como advirtió el presidente francés Georges Clemenceau, «ganar la paz» podía ser «más difícil» que la guerra, pues comportó retos formidables a los Estados implicados: reconstruir el país, pagar deudas y reinsertar combatientes.

El coste del conflicto fue inmenso. Según el historiador Peter Hart, 9.722.000 soldados murieron en combate y 21 millones fueron heridos. A la vez, 950.000 civiles fallecieron por acciones militares y 5.893.000 por hambre y enfermedades. Aunque la riqueza destruida era incalculable, el estadístico británico Arthur L. Bowley estimó en 1919 que la masa de capital mundial habría retrocedido al nivel de 1911.

Los caídos fueron objeto de culto a través de monumentos, cementerios y rituales. Surgieron así minutos de silencio en su recuerdo, celebrados por vez primera en Gran Bretaña el 11 de noviembre de 1919, y homenajes al soldado desconocido, iniciados un año después en Londres y París (con entierros de cadáveres anónimos en la abadía de Westminster y bajo el Arco del Triunfo).

Los excombatientes protagonizaron un retorno problemático en algunos casos, al temer el establishment que cuestionaran el orden social. Así, los italianos apresados por el enemigo cuando volvieron a su país fueron internados en campos y debieron acreditar que no eran desertores o comunistas. Los soldados afroamericanos se llevaron la peor parte en el sur de EEUU, donde muchos blancos los consideraban una amenaza: el senador James Kimble Vardaman incitó a linchar a «los soldados negros, que vienen arruinados por las mujeres francesas» y las multitudes llegaron a apalearlos.

Pero integrar a los excombatientes fue sobre todo un problema económico. Según el también historiador David Stevenson, en Francia en 1930 de cada 100 hombres mayores de 20 años, 45 eran veteranos. Para paliar el problema, los gobiernos les retornaron sus antiguos trabajos en manos de mujeres y en EEUU en 1920 el porcentaje de mano de obra femenina ya era inferior al de 1910. A la vez, había miles de heridos: en Gran Bretaña casi medio millón estaban «gravemente discapacitados» y en 1939 aún cobraban pensiones 222.000 oficiales y 419.000 efectivos de rango inferior.

MIRAS SOCIALES / Stevenson señala que tal situación planteó un dilema a los gobiernos: si eran generosos podían conocer la bancarrota y si eran «demasiado cicateros» podían afrontar disturbios. Entonces los Estados desarrollaron un amplio servicio de prestaciones sociales. Gran Bretaña, Francia y EEUU resolvieron el problema de los excombatientes con «relativo éxito», pero no así Italia y Alemania.

Ello tuvo graves consecuencias en ambos países. En Italia su núcleo más combativo se sumó al fascismo, estimulado por el ascenso del comunismo y la idea de que su país no había recibido los territorios merecidos por participar en la Gran Guerra. En Alemania el gobierno tuvo escaso margen económico para atender a los veteranos y muchos se unieron a organizaciones militares irregulares, los Freikorps (cuerpos francos), que en 1919 aplastaron una gran revuelta izquierdista y devinieron el embrión del nazismo. Así, los excombatientes trasladaron a la esfera civil la cultura del frente con un mensaje subyacente e inquietante: para ellos la guerra no había terminado.

Historiador

Y MAÑANA:

 20. Bailad, bailad, malditos

0 Comentarios
cargando