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Análisis

El diálogo, tarde y mal

Marta López

Después de casi tres años de guerra civil, la comunidad internacional sienta hoy en la misma mesa al régimen sirio y a la oposición, en el intento más serio de los habidos hasta ahora de poner fin al conflicto y, de paso, tratar de resarcir un gran fracaso o, si más no, lavar conciencias tras asistir de brazos cruzados a tanto sufrimiento. Será una gran puesta en escena -hasta 40 países apadrinan este diálogo- que sin embargo no nos debe llevar a engaño y hacernos volcar demasiadas esperanzas en este intento, que llega tarde y mal.

Llega tarde porque después de 130.00 muertos, 500.000 heridos, dos millones de refugiados, cuatro millones de desplazados y toda clase de crímenes de guerra, ya ha vencido el plazo de las buenas soluciones para Siria. El frente opositor está roto, los rebeldes moderados son cada vez más débiles, mientras la hidra integrista se expande y el régimen de Asad se crece en el caos. Y en este tablero ensangrentado, ¿nosotros con quién estamos? ¿A quién legitimamos? ¿En quién confiamos?

Los ausentes

Y llega mal porque ni hoy en Montreux ni a partir del viernes en Ginebra son todos los que están ni están todos los que son. Ni toda la oposición política va a estar representada ni está tampoco clara su influencia en la miríada de facciones armadas que luchan contra el régimen. Y esas facciones combaten sin cuartel entre ellas, en su propia guerra dentro de la guerra, de la que no se hablará en Ginebra.

La ausencia de Irán alarga más si cabe aún las sombras que rodean este diálogo porque no se puede prescindir de un plumazo de uno de los actores principales de un conflicto en el que también se juegan su influencia Rusia, EEUU y Arabia Saudí.  Sin Teherán, a esa mesa le falta un pata. ¿Quién si no que su gran aliado puede ejercer mayor influencia sobre el inconmovible Asad?

Mientras las potencias regionales e internacionales se miden en ese complicado tablero, los sirios siguen muriendo en un baño de sangre que traspasa cada día nuevas fronteras del horror. Aunque eso parece no importarle a nadie.

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