Análisis

La amenaza nuclear

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Jordi Armadans
Jordi Armadans

Director de Fundació per la Pau (Fundipau), periodista y politólogo.

Especialista en Director de FundiPau

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Esta semana se cumplen 68 años de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Hiroshima dejó de existir en tres horas. «La sexta ciudad más grande de Japón, con una población de 400.000 habitantes, había desaparecido». Esto es lo que relatabaToyofumi Ogura, un profesor de Historia de la Universidad de Hiroshima, en susCartas desde el fin del mundo. Inicialmente escritas pensando en su esposa, muerta al cabo de unos días de la explosión, se acabaron publicando, convirtiéndose en el primer testimonio escrito del bombardeo. Hay un pasaje del libro que sitúa con precisión el brutal impacto de las bombas.Ogura explica cómo muchas personas de lugares muy diferentes y alejados de la ciudad afirmaban convencidas de que la explosión (aún no sabían que habían sufrido una bomba de potencia hasta entonces desconocida) había sido «en nuestra casa».

Dos ciudades devastadas. Más de 220.000 muertos. Heridos y afectadas para siempre. Mujeres que, expuestas a la radiación, al cabo de los años dieron a luz a niños con graves malformaciones. Las explosiones fueron devastadoras. Pero su impacto se alargó en el tiempo hasta nuestros días. La gravedad de lo que pasó en Hiroshima y Nagasaki habría tenido que hacer reaccionar a la humanidad. De hecho, las Naciones Unidas nacieron con la voluntad de poner fin a dos de los capítulos más oscuros de aquel siglo XX: el Holocausto y las bombas atómicas.

Los ensayos atómicos

Pero, una vez más, los gobiernos del mundo no actuaron con suficiente responsabilidad en un asunto tan importante como este. Y aún ahora fallan clamorosamente. A pesar del bárbaro balance de destrucción, Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia continuaron la carrera nuclear y llevaron a cabo unas 2.000 pruebas atómicas durante la segunda mitad del siglo XX. Las pruebas nucleares -submarinas, subterráneas o atmosféricas- se hicieron en lugares delimitados, pero también en islas y parajes donde se engañó de forma indigna a la población local que, sin saber a qué se exponía, acabó sufriendo graves impactos en su salud. A pesar de los acuerdos de desarme, hoy disponemos de unas 20.000 armas nucleares. Unas armas que, por cierto, permitirían destruir el mundo varias veces.

Las herramientas impulsadas por la comunidad internacional para hacer frente a las armas nucleares no han funcionado: la más conocida, el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), ha permitido evitar en buena parte que más países accedan a las armas nucleares, pero no ha servido para que las potencias nucleares avancen hacia su desarme. Por otra parte, en 1996 se aprobaba el tratado contra las pruebas nucleares que todavía hoy no ha entrado en vigor porque algunos estados aún no lo han ratificado.

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He hablado varias veces con supervivientes de las bombas nucleares, los llamadoshibakusha. He conocido de muchos tipos: mujeres y hombres; extrovertidos e introvertidos; corpulentos y frágiles. Pero en ellos siempre he encontrado dos características: ningún ánimo de venganza y una firme voluntad de que todo este dolor sirva para que nunca más se vuelva a producir.

Transcurridos 68 años de Hiroshima y Nagasaki, es hora de que la comunidad internacional, las potencias nucleares, el resto de gobiernos y la sociedad civil pongan fin de una vez por todas a esta amenaza: es necesario aprobar un tratado mundial de prohibición de armas nucleares. Y, así, además de estar más seguros, de rebote podremos liberar una gran cantidad de recursos económicos.