Conflicto civil en un país árabe

Siria muere en silencio

Los hospitales y escuelas son objetivo predilecto de los bombardeos del Ejército

La guerra cumple dos años entre matanzas de civiles diarias y gran sufrimiento

Un rebelde cruza una calle en Alepo intentando eludir a los francotiradores.

Un rebelde cruza una calle en Alepo intentando eludir a los francotiradores. / AFP / JM LÓPEZ

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MARC MARGINEDAS

El reloj marcaba las 21.30 horas cuando un misil Scud disparado por las fuerzas gubernamentales alcanzó de lleno el barrio de Tariq al Bab de Alepo, la capital económica de Siria. Pese a tratarse de una hora tardía, Mohamed Abdu aún trabajaba en su taller de mecánica, una coincidencia del destino que le permitió a él y a su hermano escapar casi indemnes del ataque aéreo.

No fue ese el caso de su madre, esposa y cuatro hijos, quienes, recogidos a esas horas en el hogar familiar, fueron alcanzados de lleno por la onda expansiva de un proyectil que acabó destruyendo una manzana entera de 25 viviendas y que puso fin a sus respectivas existencias bajo toneladas de escombros, suerte idéntica a la que corrieron un centenar de sus vecinos.

UN MES DESPUÉS / Ha transcurrido casi un mes de aquel ataque aéreo, pero algunos lugareños siguen acudiendo a curiosear al lugar de los hechos, quizás esperando a que asomen de entre los bloques de hormigón armado aún pendientes de retirar los cuerpos sin vida de la veintena de víctimas que, según aseguran, siguen sin aparecer.

Mohamed, sin nada que hacer tras haber perdido su medio de sustento y a quienes dependían de él, forma parte ya de ese grupo de vecinos desocupados que, en las horas centrales del día, mata el tiempo observando en silencio los arduos trabajos de una única excavadora que, con exasperante lentitud, sigue limpiando de escombros el escenario del bombardeo. «No puedo decir nada; he perdido a toda mi familia», murmura cuando se le pregunta.

Al cumplirse hoy el segundo aniversario del inicio de las protestas contra el régimen del presidente Bashar el Asad, Siria se desangra en silencio, atrayendo la atención de la comunidad internacional solo ya de forma puntual, cuando las masacres que aquí se cometen a diario logran impactar en la opinión pública por su número o su crueldad. Desde el 15 de marzo del 2011, cuando un puñado de personas se atrevieron a desafiar por primera vez el poder de Bashar el Asad en Damasco, más de 70.000 personas han muerto en una guerra librada con saña. Día a día, el conflicto bate nuevos récords de horror, da pasos acelerados hacia su conversión en un conflicto regional y en el que los rebeldes no parecen en posición de imponerse a corto plazo sobre un enemigo que sigue contando con recursos militares suficientes como para prolongarla de forma artificial. Un conflicto en el que se cometen a diario crímenes contra la humanidad y en el que incluso escuelas u hospitales forman parte ya de la lista de objetivos militares.

Después de tres ataques fallidos, que solo produjeron daños menores y roturas de vidrios, fueron finalmente dos proyectiles, disparados por un avión de combate gubernamental Mig en el mes de noviembre, los que lograron dar de lleno en el edificio del hospital Dar Ashifa, en el barrio Ashaar de Alepo. Los dos cohetes destruyeron el edificio, situado en una zona densamente poblada de la ciudad, casi de forma certera, ocasionando únicamente daños al edificio colindante. El personal sanitario que sobrevivió y decidió mantenerse en sus puestos de trabajo ha instalado un nuevo hospital en los pasillos de un centro comercial.

TRANSFUSIONES A CIEGAS / Aquí las salas de emergencia no son más que comercios cedidos por sus dueños, con las paredes cubiertas de manchas de sangre reseca y sucias camillas. La energía eléctrica que se emplea procede de un generador, y las bolsas de sangre y de suero deben ser introducidas en neveras de refrescos para su conservación.

Las transfusiones se hacen a ciegas, sin garantías, ya que los médicos carecen de preparados para analizar y determinar la presencia de enfermedades como la hepatitis. Más que una clínica, el lugar se asemeja a un refugio invadido por camillas hospitalarias, escondido en una instalación civil a ras de tierra para no ser objeto de un nuevo bombardeo y con el sótano convertido en laboratorio.

HUIDA DE MÉDICOS / El doctor Ahmed, de 35 años y licenciado en Medicina por la Universidad de Alepo, no tiene dudas acerca de la intencionalidad del ataque y del mensaje que traían consigo los dos cohetes: «No pudo ser un simple accidente, cayeron dos misiles; lo que pretendían era que cundiera el pánico entre médicos y enfermeras y huyeran», explica. La advertencia, subraya Ahmed, ha tenido éxito, porque en las zonas de Alepo controladas por el bando rebelde «unos 300 médicos» han dejado de acudir a sus puestos de trabajo.

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La mayoría de los niños del barrio de Ashaar, habitado por 10.000 personas, permanecen sin escolarizar, después de que dos escuelas, una para chicos y chicas de entre 6 y 12 años, y otra para chicas adolescentes de entre 12 y 15 años, situadas la una junto a la otra, fueran también bombardeadas.

Solo tres centenares de niños y niñas de hasta 12 años acuden a clase entre las 7.15 y las 12.15 a un colegio financiado por Abú Musab, un hombre de negocios vinculado a la oposición, que únicamente puede abrir sus aulas situadas en su planta inferior, ya que la escalera de acceso a los pisos superiores ha quedado inutilizada por otro bombardeo. Su directora, Haula, de 32 años, admite que muchos padres dudan antes de dejarles al cuidado de sus hijos. «Temen que pueda venir un avión y nos bombardee».