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CRÓNICA DESDE ANGKOR

El imperio jemer en la era del videojuego

Adrián Foncillas

Angkor enfrenta al hombre occidental a su ombliguismo. Resiste la comparación con los imperios griego y romano, pero solo el reciente turismo de masas y la recreación fílmica de un videojuego lo han sacado del anonimato. Angkor fue durante siglos la capital del imperio jemer, en lo que hoy es Camboya. En sus días de gloria, a caballo entre ambos milenios, se extendió por el Sudeste Asiático: Vietnam, Camboya, Laos, Tailandia y áreas de Birmania y Malasia. Hasta un millón de personas vivieron aquí cuando las capitales occidentales apenas concentraban un puñado de decenas de miles. Hoy Angkor es una enormidad de 400 kilómetros cuadrados con ruinas y jungla entrelazadas. Sus templos configuran el mayor centro religioso del mundo. Es lugar de obligada peregrinación y protagoniza la bandera nacional. Los frisos en bajorrelieve, con grandes batallas a lomos de elefantes, resumen su antigua púrpura.

Net es un monje en la veintena, con un inglés más que digno y una elegante túnica. El mejor modelo del mercado, aclara, y su teléfono móvil no desmerece. Me recita la plantilla del Barça y me anuncia la llegada de turistas nórdicas de sucintas ropas con codazos cómplices. Posa con coquetería en las fotos con las ruinas de fondo y pide algún dinero. Al despedirnos se olvida de las limosnas: unos cientos de dólares para comprar un tuk tuk, el popular triciclo. Eso sí es un buen negocio, dice, sobre todo hablando inglés.

La pobreza empuja al hábito en Camboya. Un campesino carece de muchas posibilidades de educarse fuera del templo. Hay un 55 % de analfabetos. Camboya es hoy una ruina solo sostenida por los miles de oenegés, ajena al despegue de Tailandia o Vietnam, el otro milagro económico asiático. El Gobierno es tan inútil como corrupto pero no se oye una mosca. En China, unos dirigentes responsables de innegables logros económicos y sociales soportan decenas de miles de protestas anuales. De qué serviría, contestan los camboyanos. Y cuándo nos devolverán los vietnamitas las tierras que nos robaron, preguntan, aludiendo a pleitos que se pierden en la noche de los tiempos.

El ubicuo pasado no deja sitio al presente en Camboya, que bascula entre las lejanas glorias de Angkor y los más recientes desmanes de los jemeres rojos. Aún hoy se juzga a sus responsables con el iluso propósito de que la condena de cuatro vejestorios tras décadas de impunidad cerrará las heridas. Uno de cada cuatro camboyanos murió en sólo tres años por hambre, enfermedades, agotamiento, torturas o ejecuciones. Es un país traumatizado, en el diván. Cuesta encontrar a alguien que no viera la muerte violenta de varios familiares.

El diario The Guardian aseguraba recientemente que la sobrexplotación turística amenaza la estabilidad de Angkor. Los hoteles de lujo cercanos sacan agua del subsuelo arenoso sobre el que ha descansado durante más de mil años. Cabe añadir los miles de pozos ilegales. Los expertos temen que los templos puedan agrietarse o desmoronarse. Sin presente ni futuro, Camboya puede perder hasta el pasado.

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