10 abr 2020

Ir a contenido

Carta DESDE estambul

Escenas en el Bósforo y el bazar

Joan Clos

El cosmopolitismo de Estambul tiene raíces antiguas y su complejidad es asombrosa. Gentes de habla armenia, turca, griega, árabe, kurda y hebrea, por nombrar solo las más usadas, habitan la metrópolis. A la vez personas de creencia islámica (suní o aleví), cristianos (ortodoxos armenios y católicos) y judíos (con la importante presencia de los sefardís procedentes de la expulsión española), junto con los agnósticos y los ateos, configuran otro mosaico que no siempre coincide en sus fronteras con las lingüísticas.

Todos ellos han establecido sus normas de convivencia más a través de los usos y costumbres que de las regulaciones formales, que no siempre ayudan. En este sentido, el código de conducta es extremadamente sutil y se articula a través de silencios, miradas, breves ademanes, casi nunca con palabras, que cuando al final llegan quiere decir que la situación empieza a agravarse.

En los últimos 20 años, a tal mezcla se ha añadido la llegada de la inmigración rural, atraída por el dinamismo económico de la gran urbe, que ha hecho que Estambul pasase de 7 a 15 millones de habitantes, en tan solo 15 años. En los nuevos barrios de la inmigración, y con diferente grado de formalidad urbanística ,se ven comunidades del sur de la frontera con Siria, de kurdos del este, de personas procedentes del Mar Negro (norte), de emigrados de los Balcanes... Y cada grupo acarrea sus hábitos y costumbres.

Si a ello le añadimos las diferentes clases sociales -la gran burguesía que reside a orillas del Bósforo, la emergente clase media que se extiende con decisión en la parte asiática de la ciudad y las clases populares en los nuevos barrios de la emigración-, podemos hacernos una idea del grado de complejidad requerido para sostener el equilibrio.

Hay dos espacios públicos que permiten la convivencia entre todos, independientemente de lengua, religión, origen geográfico y clase social: el Bósforo y los bazares. El Bósforo tiene dos vidas, la de diario y la del sábado y el domingo.

En los días de trabajo el Bósforo es un fluir constante de barcos que transportan a miles de personas entre el lado asiático y el europeo, de este a oeste, convirtiéndose en una pieza imprescindible de la red de transporte público de Estambul. A la vez los barcos cargueros no paran de recorrer el estrecho de norte a sur sirviendo al importantísimo tráfico de mercancías entre el mar Negro y el Mediterráneo. El cruce de estos dos tránsitos perpendiculares es sobrecogedor, pero suele fluir sin mayor problema para admiración de muchos.

Los fines de semana todo cambia, empezando por la aparición de millares de vecinos que bajan al Bósforo para pescar, y aquí es donde se produce este milagro de la convivencia universal. Aquí es donde coinciden una armenia católica o agnóstica con un turco suní o alevi o ateo de clase media, intentando pescar el preciado lufer que migra del mar Negro hacia el de Mármara. Cualquier mezcla es posible.

El bazar es el otro espacio de convivencia, donde lenguas, religiones, origen geográfico y clase social no afectan en absoluto al flujo de compradores y vendedores, donde el cosmopolitismo no solo es un valor sino que es un argumento de venta. Para atraer a compradores se puede escuchar inglés, alemán, chino o catalán, pero en la trastienda conviven sunís, alevís y armenios y se oye hebreo, árabe o griego, y todos son ciudadanos de la República turca.Embajador de España en Turquía