29 mar 2020

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Carta DESDE estambul

Europa, ante el espejo

Joan Clos

En las secciones de actualidad habrán tenido puntual información del grave deterioro de la situación política en Oriente Próximo después del ataque israelí al convoy de ayuda para Gaza. De nuevo se recrudece un conflicto que no parece tener fin. Una vez más se deteriora una situación que parecía que podía mejorar gracias a las conversaciones indirectas que, después de muchos esfuerzos de la diplomacia mundial, se habían iniciado hace unos días entre Israel y Palestina. La percepción hoy en Estambul y en Turquía en general es la de un verdadero jarro de agua fría sobre las posibilidades de paz en Oriente Próximo.

Turquía jugó hace unos meses un papel de mediador entre Israel y Siria que permitió disminuir la permanente tensión entre ambos y, de paso, con el Líbano. Turquía se involucraba así directa y eficazmente en el tablero de Oriente Próximo. Fue bien recibida, puesto que son ya décadas de un conflicto que no cesa en un territorio sumamente complejo, con una mezcla explosiva de recursos naturales, realidades culturales muy diversas y diferencias de renta también muy grandes, y en un marco de disputas religiosas entre judíos, cristianos, musulmanes sunís y musulmanes chiís.

Lamentablemente, el papel histórico de Europa en la zona no ha sido ni neutral ni ejemplar. Como resultado de la primera guerra mundial, las potencias europeas ganadoras (Francia, Inglaterra, Italia y Grecia) se asignaron partes del vencido Imperio otomano, ante el escándalo y la vergüenza del presidente de EEUU, Woodrow Wilson, mandatario él mismo de una antigua colonia liberada, quien no tuvo estómago para ver cómo sus compañeros de armas jugaban al Monopoly repartiéndose medio Oriente en los despachos de Versalles. Tal fue su estupor e incredulidad que abandonó Versalles desengañado y deprimido sin firmar el Tratado de Sèvres, que institucionalizaba el reparto neocolonial europeo en la zona.

Pocos años después, Atatürk vio la posibilidad de recomponer parte del desaguisado intervencionista centrándose en la recuperación de la península anatólica. Con la creación de la República de Turquía se institucionalizaba una entidad política que equivalía a la metrópoli del antiguo Imperio otomano, y se estabilizaba por lo menos Asia Menor.

Con el paso del tiempo y ya en las fases finales de la segunda guerra mundial, la nueva Turquía decididamente confirma su cambio de bando, y se alinea contundentemente con las democracias liberales de Occidente, entra en la OTAN, participa como potencia aliada en la guerra de Corea y entra en el Consejo de Europa. Parte de los desaguisados del Tratado de Sèvres se resolvían finalmente, no gracias al reconocimiento de los errores de las potencias europeas, sino a la capacidad de reacción y el buen juicio de los turcos.

No pasó lo mismo en el resto de Oriente Próximo, donde los hechos son lamentables y sobradamente conocidos: monarquías inestables, división del mundo árabe, creación de Israel, desengaño y desapego de Occidente, y posteriormente los conflictos en Irán e Irak, la represión kurda, el Líbano, Palestina, Siria y Gaza, en definitiva un polvorín.

Ante esta triste realidad, la pregunta que me asedia estos días es: ¿Podemos los europeos continuar jugando al hoy te quiero, hoy no te quiero con los turcos?

La crisis financiera es grave y ocupa la mente y la agenda de los líderes europeos, pero hay que buscar tiempo para que por omisión no volvamos a cometer otro gran error como el que se cometió hace un siglo en Oriente Próximo. Embajador de España en Turquía