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TENSA CALMA EN EL SURESTE ASIÁTICO

Rabia roja en el funeral

Las víctimas en el desalojo de Bangkok reciben sepultura en sus pueblos, la mayoría del noreste de Tailandia

Un sector de los 'camisas rojas' promete retomar la lucha

Adrián Foncillas

Attachai Chumchan llamó a sus padres el miércoles a las 5 de la tarde. «El Ejército ha entrado en el campo rojo disparando, pero no os preocupéis porque me resguardaré en el templo», dijo. Una hora después llamó un amigo: le habían disparado. Viajaban en coche a Bangkok cuando llamó el hospital: había muerto.

El funeral se celebró el domingo en un pueblo cercano a Roi-et. Es Isan, el paupérrimo noreste de donde partió el grueso de camisas rojas a Bangkok para derrocar a un Gobierno que, en su opinión, es ilegítimo y les ignora.

Attachai no era un rojo al uso. Le esperaba un brillante futuro tras haberse licenciado en Derecho el pasado mes. La política nunca le había preocupado, pero se plantó cuando los soldados mataron a 15 rojos el 10 de abril. «Me voy al campo rojo para luchar por la democracia», anunció a su familia. «Le dije que era peligroso, que esa no era su guerra, pero no le convencí», cuenta su hermana, Anchalee, ofendida porque el Gobierno «ni siquiera se ha disculpado».

Las playas turísticas quedan muy lejos, así que el extranjero se siente tan marciano como en la China rural. «Aplaudamos al hermano que ha venido desde España a contar la verdad», se oye por el altavoz a mi llegada. En estos campesinos, invisibles y olvidados incluso por su Gobierno, se adivina el orgullo por haber concentrado la atención global, y están ansiosos por repetir.

El sol tropical castiga durante la ceremonia. Salir de la carpa conduce a la insolación, pero unas 2.000 personas hacen cola frente a la estupa para ver el cuerpo. Predominan las camisetas rojas, da igual el motivo: leyendas contra el Gobierno o publicidad de bebidas.

A un lado de la estupa se acumulan relojes, toallas, vasos y otros regalos que Attachai necesitará en la otra vida. Al otro, las togas nuevas que la familia dará a los monjes que ofician el funeral. Bajo el monumento funerario, decenas de ramos de flores. El más grande es de Thaksin Shinawatra, el exprimer ministro que dirige a los rojos desde el exilio.

Los aplausos arrecian tras anunciarse que Thaksin ha dado 100.000 bahts (unos 2.500 euros) a la familia, que recibe el cheque frente a la stupa. La siguiente donación llega de Pheu Thai, el partido opositor afín a Thaksin. Otros 100.000 bahts que salen del mismo bolsillo. Lo entrega Virut Puensean, diputado venido desde Bangkok. La escena es algo obscena, con la familia posando para la prensa local en cada entrega: otro del gremio de la policía, de los doctores… El tejido social rojo en la zona es absoluto.

Dolor y rabia empatan en el funeral. El sangriento 10 de abril y el desalojo, con otros 15 muertos, han radicalizado la protesta, que empezó dos meses atrás con tono festivo. Muchos presentan el desenlace como el corolario de que la vía pacífica no sirve. La versión roja oficial es aún sosegada. «Tenemos que hallar la solución en el Parlamento. Si el Gobierno se niega a hablar con nosotros, animaremos a la gente a regresar a Bangkok, pero nunca apoyaremos la violencia», asegura a este diario Virut. Al Gobierno le ayuda el inicio de la temporada de lluvias, que anclará a los campesinos a sus arrozales en los próximos meses.

Gran concentración

Es evidente que la facción fragorosa gana adeptos. Del campo rojo se marchó a las pocas semanas Surachai Saedan, un líder exmilitar contrario al buenrollismo oficial. Para el 24 de mayo ha convocado una concentración en el Gran Palacio de la capital.

Un dirigente rojo sostiene que entre sus adeptos hay muchos exsoldados y policías encolerizados por el aplastamiento popular. «Tienen armas y saben cómo usarlas. Están dispuestos a morir en la lucha», promete.

Thanapol, amigo de Attachai, resume el clima de venganza. No estuvo en la protesta del campo rojo pero acudirá a la siguiente. «No estamos asustados. Iremos y lucharemos. Si el Ejército dispara, nosotros también. No nos dejaremos matar como conejos otra vez».

Una traca de petardos finaliza la ceremonia y los restos de Attachai son incinerados. Un grupo de voluntarios desmonta en pocos minutos las carpas y las carga en camiones. Mañana hay otro funeral rojo en Isan.

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