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CRÓNICA DESDE JOHAnNESBURGO

Johannesburgo, la ciudad que respira música

JOAN Canela Barrull

El Festival de Danza Umbrella de Johannesburgo que se celebra estos días es menos conocido internacionalmente que su casa madre londinense. Pero esto no parece que preocupe especialmente a los aficionados locales, que vibran ante los saltos y piruetas de bailarines y bailarinas. En las antípodas de los típicos bailes zulús de los centros turísticos y las fiestas escolares, la imagen es altamente chocante. Se trata de auténtica danza contemporánea, de alto nivel pero que no por esto renuncia a unas raíces africanas que muestra orgullosamente.

El Festival Umbrella es exactamente lo que dice su nombre. Es un espacio donde los nuevos creadores puedan encontrar cobijo, empezar a ser conocidos y aspirar, con suerte y esfuerzo, a cierta visibilidad internacional. Pero para ser un encuentro de «futuras promesas», no sorprende tanto la cantidad y calidad de las propuestas sino el éxito de público. Hay que pensar que hablamos de un arte tan minoritario como la danza contemporánea.

Pero en esta ciudad parece que no hay propuesta musical que no tenga sus adeptos. Johannesburgo respira música, para ella vive. Y da igual si es jazz, rock, cantos tradicionales, hip hop o danza contemporánea. Siempre hay público dispuesto a llenar la sala que sea. Y, hay que decirlo todo, siempre hay unos artistas de calidad dispuestos a darle al respetable lo que demanda. Porque aunque es cierto que Johannesburgo es escenario obligado para cualquier grupo africano –los europeos y americanos prefieren Ciudad del Cabo– hay que reconocer que su cantera local es formidable.

Pero esto es lo mínimo que se le puede pedir a esta ciudad, cuya imagen más cotidiana –o más íntima si se prefiere– es la de una mujer negra con un niño atado a la espalda cantando mientras trabaja de cualquier cosa. Cantando, este es el dato clave. Porque los surafricanos cantan y bailan en el trabajo y en la iglesia, en las manifestaciones y en los entierros. No pueden entender ninguna actividad social sin música.

El gran poeta Dennis Brutus, quien compartió cárcel con Mandela, me contaba que la peor crueldad sufrida en la cárcel de Robben Island fue que les prohibieran cantar. Esta es una afición que se aprende pronto, que literalmente maman los bebés que oyen a sus madres cantar mientras van pegados a sus espaldas. Pero es la iglesia –donde se asiste masivamente todos los domingos– la verdadera escuela nacional de canto. Allí, en los coros gospel, no solo se forja la siguiente generación de artistas sino que se crea una verdadero oído colectivo y una capacidad para entonar en cualquier momento y circunstancia acompañado de desconocidos.

Solo a partir de esta experiencia se entiende cómo es posible que los 50.000 hinchas que abarrotan el estadio Ellis Park sean capaz de entonar al unísono y haciendo dobles y triples voces una canción compleja y sensible como es El Tren de Hugh Masekela.

E incluso en la oscuridad del teatro, en medio de la sencilla solemnidad de los pasos de danza, es fácil descubrir algún que otro pie tamborileando al ritmo de la música.

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