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Los caminos cortos de Churchill

ROSSEND Domènech

El cambio climático, que en estos días denuncian Bill Clinton, Al Gore y el joven Leonardo DiCaprio, produce modificaciones inesperadas en la agenda personal. Como tener que viajar desde Girona a Karlsruhe, en Alemania, para seguir luego hacia Roma, que es donde uno esperaba llegar por la mañana y no a las ocho de la tarde. Dijo Winston Churchill que, a veces, el camino más corto para ir de Londres a Roma es el que pasa por Pekín. Corto, que no breve.

Todo fue culpa de la niebla que atenazaba los aeropuertos de la capital italiana. ¡Niebla en Roma! "El tiempo ya no es como antes", rezan los viejos, lo que no debe significar necesariamente algo peor: en París toman el sol en las riberas del Sena y en Roma comen helados en Navidad. Un amigo danés cuenta que en su país han empezado a plantar limones y olivos, mientras que en Sicilia se pueden ver los primeros mangos y chirimoyas. Seguro que antes de que el desierto llegue a Roma se habrá hallado la fórmula para plantar lechugas en el Sáhara. ¿No lo han hecho los israelís en el Neguev?

En Karlsruhe había un sol que, iluminando las hojas otoñales de los últimos árboles de la Selva Negra, daba al paisaje una enternecedora tonalidad ocre, a la altura del romanticismo alemán. O de los decadentes baños termales de Baden-Baden, que están a la vuelta de la esquina. Al cabo de una hora llovía y dos horas más tarde se podía fumar bajo el sol en la terraza del bar: Karlsruhe va camino de ser como Bruselas, situada mucho más al norte. Los vinos que ofrecen en el aeropuerto son italianos, quizá porque son más baratos que los del Rin, a ocho euros la botella. Con los años, los alemanes se salieron con la suya y elaboraron caldos a los que añadían azúcar para que alcanzaran los grados indispensables. Ahora, con más sol que antes por aquello de los cambios, ya no lo necesitan. En el Piamonte, sin embargo, dado que los jóvenes no toman vino porque ya no consumen las calorías de las generaciones pasadas, han inventado el "filtrato", hecho con uvas y un añadido de gas: cuatro grados de alcohol que los polis no consiguen detectar.

Karlsruhe es una ciudad de 300.000 habitantes, con un aeropuerto más pequeño que el de Girona pero repleto de búnkeres para cazas de guerra: Francia estaba --y está todavía, eso no ha cambiado-- a pocos pasos. Es una ciudad importante porque alberga el Tribunal Constitucional, el Supremo y la Fiscalía General. Aunque tal vez lo más atractivo sea el ZKM, la cosa-edificio que pretende ser la futura ciudad de la cultura, o la ciudad de la cultura futura, o el futuro de la cultura. Es decir, un laboratorio de la era digital, que, como saben los usuarios de ordenadores, cambia a cada momento, por lo que el edificio no se acabó nunca, sino que se sigue innovando, proyectando y construyendo, de acuerdo con los descubrimientos modernos.

Como el clima. A los pesimistas, convencidos de que el clima no cambiará, el pequeño aeropuerto ofrece seis agencias last minute con destinos a Canarias, Baleares y Turquía. Una semana con todo incluido, 500 euros. Conviene viajar de Girona a Karlsruhe para ir a Tenerife. Ya lo dijo Churchill.

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