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ENTREVISTA

Mari Pau Domínguez: "La Catalunya actual se debe al esfuerzo de los andaluces"

La periodista y escritora relata en 'La nostalgia del limonero' (Espasa) la dura vida de los miles de emigrantes que llegaron a Barcelona en los años 50 y 60

Inés Álvarez

La periodista y escritora Mari Pau Domínguez, en Barcelona.

La periodista y escritora Mari Pau Domínguez, en Barcelona. / ÁLVARO MONGE

Como hija de padres andaluces que en los años 60 encontraron en la emigración a Catalunya la única tabla de salvación para salir de la miseria, la periodista y escritora Mari Pau Domínguez (Sabadell, 1963) conoce de primera mano esas pequeñas historias de superación. Y ahora las cuenta en 'La nostalgia del limonero' (Espasa), una novela que se mueve entre la realidad y la ficción y que se desarrolla en una Barcelona que va transformándose a la vez que sus protagonistas.

La novela cuenta la historia de miles de emigrantes andaluces.

Sí. Es una historia muy común. Yo siempre oía a mi madre decir: "Tienes que escribir una novela con la historia de nuestra familia". Y yo pensaba: "¿Se cree que somos los Rockefeller?". Hasta que me di cuenta de que a través de ellos podía contar la vida de miles de personas que tuvieron una vida muy dura, muy compleja, y que nos dejaron grandes lecciones de vida de no rendirse jamás, de que lo importante es sobreponerte a los golpes. 

También retrata la imposibilidad o falta de voluntad de integrarse. Hay muchas nostalgias del limonero.

Hay muchas maneras de entender la nostalgia. Cuando llegan los emigrantes a Catalunya, viven en guetos. Por dos razones: una, porque no es fácil que la sociedad catalana les acoja con los brazos abiertos, pero también porque se sentían más protegidos; era como una especie de área de confort dentro de la pobreza. Tenían vetado casi el poder vivir en una gran ciudad. Y, al final, van conquistando esas parcelas, se va conformando el Cinturón Rojo de Barcelona, que básicamente estaba compuesto por obreros, mano de obra barata para que Catalunya despegara industrialmente.

Los protagonistas pasan de un sótano a un ático. Del infierno al cielo. 

Es muy real. Van prosperando y pasan de un sótano en Montcada i Reixac, a un primero, y al final llegan al barrio de Gràcia en un octavo piso. Cuando la hija de Diego y Concha sale a la terraza y ve que tiene a la Sagrada Família a sus pies y el Mediterráneo al fondo, piensa: “¡Caray, sí que lo han hecho bien mis padres, porque no se puede llegar más alto!”. 

Se desprende un cierto clasismo de una sociedad catalana.

En aquella época, sí. A esa generación les costó gran esfuerzo abrirse camino e integrarse. La siguiente lo tenemos más fácil, porque ellos ya hicieron la tarea. Y se empeñan en que sus hijos tengan una vida mejor. Tengo en Madrid varios colegas muy conocidos con cargos de responsabilidad altísima que proceden de la emigración a Barcelona. Y están ahí porque han mamado que en la vida tienes que hacer grandes sacrificios, y si esta te golpea, seguir adelante. Quería que estuviera latente ese sentimiento en la novela.

"Vi que a través de mis padres podía contar la historia de miles de emigrantes que tuvieron una vida muy compleja"

Dice en la presentación de la novela: "Catalunya es de todos". ¿Es un mensaje oportuno en estos momentos? 

El libro estaba escrito de hace mucho, pero 10 días antes de salir publicado, se conoció la sentencia del Tribunal Supremo sobre los líderes del 'procés'. Aunque en el libro no hay un ápice de política, sí que hay un mensaje muy claro: no se puede obviar que la Catalunya que conocemos hoy lo es gracias al esfuerzo de estos inmigrantes que llegaron en los años 50 o 60.  Quien no quiera reconocerlo no le rinde justicia a la historia.  Cuando Oriol Junqueras dijo en televisión que un catalán tenía en común con un andaluz lo mismo que con un finlandés, me indigné. Mi madre me llamó llorando: "¿Cómo puede decir eso de nosotros, que nos hemos dejado la vida aquí?". Algunos literalmente: en las riadas del año 62, en las que murieron 1.000 emigrantes. No murió nadie de la burguesía catalana, que yo sepa. Me pareció una falta de sensibilidad política y humana. En lugar de tener un reconocimiento, lo que reciben es un desprecio por parte de las autoridades. 

Incluye fragmentos de prensa de la época. Ahí se le ve un ramalazo de periodista.

Total. Hay una hemeroteca fantástica sobre las riadas. No iba a superar la realidad, con lo que preferí extraer párrafos de reportajes de números especiales de las revistas más importantes del momento. Luego hay mucha documentación sobre la emigración a Catalunya de Andalucía.  Y después las historias. Historias como las de mis padres hay muchas, las he recogido e incluso las he cruzado.

¿Se pierden las historias familiares por no escucharlas?

Eso me ha pasado con mi padre. Cuando me planteé escribir esta novela, ya había muerto, y me habría gustado que me hubiera contado más. Había mucha vivencia de los años del protectorado de Tánger, que es apasionante. Allí acudió a yates donde había fiestas de productoras de Hollywood, que rodaban allí. Conoció a Victor Mature, y vivimos el resto de la vida con ese recuerdo (ríe). Era todo tan bonito, tan glamuroso...  Por suerte, hay gente viva que me ha contado recuerdos y anécdotas parecidas.

La novela discurre entre dos generaciones. La mayor tragedia que le ocurre a los padres son las riadas.

Es un recuerdo literal de mis padres. Mi padre vino de avanzadilla, y al mes de venir ella estuvo a punto de morir en la riada. Mi madre me dice: “Hija, hasta lo que te has inventado pasó. Cómo lo describes. Parece que lo viviste". Pero si ella me lo había contado muchas veces...

Su hija, Paz, vive otro tipo de tragedia: emocional.

Intento reflexionar sobre cosas que a veces queremos olvidar. Todos tenemos deudas con el pasado, heridas que han cicatrizado y otras que no. Y, a veces, como ocurre en la novela, hay una herida que emerge. Es una trama de suspense, de unas cartas que aparecen y  el personaje no lo sabía. Invito al lector a que vaya acompañando a la madre y a la hija, que van por caminos diferentes, para intentar saldar esa deuda. La búsqueda del amor perdido, por qué sublimamos lo que perdimos o lo que ni siquiera tuvimos. Pero lo que tiene claro Paz es que una madre, por mucho que sea quien te ha dado la vida, no tiene derecho a manipularla. Aunque diga que eso lo ha hecho por su bien. 

Siempre es por el bien de los hijos...

Descubrir al cabo de muchos años que tu madre decidió por ti, enroca mucho más la relación, la hace más difícil y en la novela hay momentos que parece que no se va a arreglar. Pero al final se cierran muchos círculos de varias generaciones.

Dos generaciones y dos maneras de vivir la pérdida de la virginidad.

La noche de bodas que decribo es el resumen de la de muchas madres de la edad de la mía. Lo que hace la madre de Concha respecto del sexo cuando intenta ‘informarle’ es: " Tú te dejas, que él ya sabe lo que tiene que hacer". Para muchas mujeres de 70 o 80 años, la noche de bodas es algo digno de ser olvidado. Y la hija no está dispuesta a vivir el sexo con esa represión. Pero la madre no es capaz de asumirlo, y tiene que estar castigándola hasta la saciedad. Esa discusión entre la madre y la hija sobre el sexo es muy real.

"Para mí sería un sueño que se convirtiera en una serie. Y se presta: porque hay varias generaciones y escenarios diferentes" 

 A la hija le ha puesto un nombre muy parecido al suyo.

Pau, Paz… (Ríe).

Hay muchas coincidencias biográficas con usted.

Más que de mi biografía, de mi visión de la vida. Bueno, hay una cosa que sí que quise hacer y no pude, y en la novela me he desquitado: ganar un premio de novela erótica. Y en cambio gané, al cabo de los años, uno de novela histórica, lo que tiene gracia.

El marido de Paz es alguien que sale «en la tele» y tiene «pinta de santurrón». ¿Está inspirado en su exmarido?

La gente es libre de reconocer a quien quiera, porque para eso la literatura da alas a la imaginación. Reconozco que he conocido a hombres así, muy narcisistas. Son hombres que jamás pueden querer de verdad a nadie, puesto que nadie podría supera el amor que sienten por sí mismos. Hay hombres así.

¿Le gustaría ver su novela como serie?

Para mí sería un sueño. Porque se presta. Hay varias generaciones, escenarios diferentes. Incluso algún escenario muy exótico en una época muy concreta de la que no se conoce mucho. Que en parte rescató María Dueñas para 'Un tiempo entre costuras': la vida del protectorado en Tánger. Los escenarios de esta novela se convierten en un personaje más. Se ve cómo se transforma Barcelona cada vez que ellos van transformándose.

En su único ensayo, 'Ahora o nunca', reflexiona sobre la maternidad.

Tiene un mensaje muy importante: el derecho a reivindicar no ser madres. Yo nunca quise serlo, pero un día pensé que ya me había desarrollado mucho y no me quería perder eso. Y tuve a mi hija a los 39 años. Pero si decides que no, tienes que ir con la cabeza muy alta. Un político dijo que una mujer se realizaba siendo madre, pues no. Una mujer se realiza cuando hace aquello que quiere hacer, exactamente igual que el hombre.

¿Se siente más periodista o escritora?

Para qué elegir. Me siente muy bien con ambas cosas. Pero si me pregunta: "De aquí a 20 años, ¿cómo se ve?" Escribiendo.

¿Qué disfruta más: un premio o una segunda edición?

Se agradecen ambas cosas. Cuando te conceden un premio, te sientes muy honrada. Pero cuando vas haciendo más ediciones de una publicación, te sientes también agradecida a los lectores. Son dos circunstancias diferentes en las que no se puede elegir.

¿Ya le ronda otra novela?

Siempre tengo ideas. A veces me pongo nerviosa a la hora de elegir. Me pongo a documentarme sobre dos o tres cosas y todo me interesa, porque soy muy apasionada. Me encanta descubrir cosas.