Análisis
Adiós, Kate; hola, Catalina

Una multitud en la avenida del Mall espera las indicaciones de la policía para situarse frente al palacio de Buckingham, ayer.
La historia es, a veces, caprichosa. La Iglesia anglicana, la que ayer casó a los príncipes, nació en 1536. Entonces, Enrique VIII solicitó al papa Clemente VII que declarara nulo su matrimonio con otra Catalina, la de Aragón. La negativa de Roma provocó el cisma religioso. Curiosamente también, Londres y Roma se disputan la audiencia mundial del fin de semana con dos ceremonias de fuerte contenido litúrgico. Los británicos, mayoritariamente anglicanos, una boda real. Los católicos del mundo, la beatificación de Juan Pablo II.
La disputa es mediática y espiritual. La Iglesia católica ha acogido recientemente, en una auténtica ofensiva religiosa, a obispos, sacerdotes y fieles anglicanos que se han convertido al catolicismo. Una opa no amistosa. Las dos iglesias compiten siempre y las dos instituciones, la monarquía y el papado, también. Un duelo secular en un mundo global, digital y sin fronteras.
Pero hoy, los auténticos triunfadores son los intereses de Estado. La monarquía británica se había divorciado de su pueblo en los últimos años y estaba -realmente- en peligro. La boda de Guillermo y Catalina es más bien una nueva boda entre la monarquía y el pueblo británicos. Es una historia de amor, al revés. El príncipe se casa con el pueblo, y el pueblo salva a su reina. Kate será adorada por ello.
Los británicos aman sus tradiciones e instituciones. La reina Isabel ha sabido aguantar el tempo necesario hasta conseguir un heredero aceptable para la sociedad y la opinión pública. Y para el siglo XXI. Resistir ha sido vencer. Un ejemplo muy churchilliano para alguien que conoció bien al premier. La Monarquía saldrá fortalecida. La joven pareja está consiguiendo establecer un puente entre la tradición y la modernidad.
La mujer que antes se llamaba Kate representa a la sociedad. Cuanto más se parece ella a su pueblo, y este se reconoce en ella, mejor para el trabajo de marca-país y marca-institución que se está construyendo bajo un detallado y eficaz guión. No puedo juzgar su amor, pero sí su profesionalidad. Y lo están haciendo muy bien. Las monarquías democráticas hablan poco, pero se las ve muchísimo. Los duques de Cambridge conocen bien cuál es el valor de sus sonrisas.
La pareja aporta a la institución calma, confianza y esperanza. Pero Guillermo y Catalina deberán repensar, a fondo, el papel de la institución en el siglo XXI, donde ya nada se conserva en base a los privilegios sino en base a la reputación. En un signo de los tiempos, anunciaron su enlace por Twitter, consiguiendo ser uno de los tuits más populares del 2010. Pero la monarquía necesitará algo más que 140 caracteres para volver a ser útil.
Mientras recupera su prestigio a través del amor, será de nuevo una buena inversión. Si transformamos el valor de marca de la boda en valor económico, se verá que es una excelente inversión con una tasa de retorno extraordinaria en forma de peso político, económico o visibilidad. Nunca un sí, quiero valió tanto. Para ellos y para el mundo.
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