Tom van der Heyden

«Aún hay demasiados intereses nacionales»

Empresario, 49 años. Llegó a Barcelona hace 25 años a cursar un máster. Más tarde creó su propia empresa.

«Aún hay demasiados intereses nacionales»
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PRODUCCIÓ: CRISTINA CAMARERO
FOTOS: FERRAN SENDRA

«No voy a votar en las elecciones europeas. Estoy demasiado enfadado», afirma Tom van der Heyden. Pero no porque sea un euroescéptico, sino precisamente por todo lo contrario: porque le decepciona la falta de compromiso de los estados con la construcción europea. «Europa es un mosaico único en el mundo de pueblos, historias, culturas y lenguas. Si lo hacemos bien podemos ser una potencia mundial, pero el resultado actual es demasiado artificial por falta de voluntad política. Eso es lo que nos debilita»,argumenta.

Tom lleva media vida en Barcelona (ahora, en Sant Cugat del Vallès) pero vino de Bélgica, país fundador de la UE y en cuya capital, Bruselas, late el corazón de Europa. Se dedica al comercio exterior, sobre todo con China, y desde su perspectiva profesional considera que la Unión nunca conseguirá tener el peso específico que debería en el mundo si sus países miembros no reman en la misma dirección. «Aún hay demasiados intereses nacionales, demasiado egoísmo», sostiene.

Así, la cesión efectiva de soberanía en favor de un poder europeo sigue a su juicio lejos del nivel necesario, sobre todo a la hora de las grandes decisiones. «La UE nunca será como los europeos queremos que sea si los estados siguen teniendo tanto poder como ahora. Países como Francia y Alemania hacen bandera de Europa, pero probablemente solo porque mandan mucho, y perderían interés en ella si fueran a perder influencia», aventura.

Jubilación o destierro

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Esa falta de voluntad de los estados y sus luchas de poder lastran el proyecto común, diagnostica Tom. Y la mayoría de los políticos que llegan a las instituciones europeas lo hacen al final de su carrera en sus países, como jubilación dorada o destierro, y  no por su capacidad o su compromiso para sacarlo adelante. «En Bruselas y en Estrasburgo falta una clase política que realmente esté por la labor», denuncia.

Son esas carencias las que alimentan el desinterés de los ciudadanos, lamenta Tom, que admite sentir «cierta impotencia». Pero a pesar de todo, sigue creyendo en una Europa «que tiene más cosas buenas que malas». «Tengo la esperanza de que la construcción europea irá a mejor a corto plazo. Solo hay que hacer los deberes», concluye. Eso sí, mientras no se hagan, él no va a votar. INMA SANTOS HERRERA