05 ago 2020

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Nos sentimos discriminados por el párroco de Sant Andreu de la Barca

Rosa Moya

Una misa en Barcelona. 

Una misa en Barcelona.  / ALBERT BERTRAN

Mossèn Jaume, seguro que no se acuerda de la familia Medina Aucay, oriunda de Ecuador, pero trataré de hacerlo a través de estas líneas.

¿Recuerda el accidente del pasado 20 de octubre en Bassella, en el que perdieron la vida Ismael y Paul, de 27 y 24 años? ¿Recuerda que eran hermanos, es decir, hijos del mismo padre y de la misma madre?

¿Recuerda que solicitamos un funeral en Sant Andreu de la Barca para el fin de semana, pero no pudo ser porque tenía la agenda demasiado ocupada, mossèn Jaume? ¿Recuerda que nos ofreció como alternativa un martes a las siete de la tarde? Fueron nueve días de larga espera para poder despedir cristianamente a Ismael y Paul como era la voluntad de la familia. 

Me gustaría recordarle que los Medina Aucay son profundamente creyentes. El funeral no se dedicó únicamente a Ismael y Paul, sino que los incorporó a una misa dedicada a otras personas que habían fallecido la semana anterior o aquel mes porque así lo decidió usted. ¿Por qué no lo comentó? Las cosas cuando se explican adecuadamente se entienden. ¿Por qué encubrió la verdad, mossèn Jaume?

¿Recuerda que pidieron colocar flores y ramos, dispuestos a compartirlas con el resto de los difuntos, pero usted no lo permitió y tuvieron que permanecer escondidos en un lateral de la iglesia? ¿Por qué le disgustan tanto las flores, mossèn Jaume?

¿Recuerda que al entrar no dirigió unas palabras de consuelo a la familia, rota por el dolor, que tampoco se acercó a las cenizas de Ismael y Paul, y que los arrinconó en el primer banco junto a sus padres durante toda la misa? ¿Tanto le incomodan las cenizas, mossèn Jaume?

Cuando terminó, pensé –se lo digo de veras– que bajaría los dos escalones que le separaban de la familia a darles el pésame, a estrecharles la mano o a darles un abrazo en el que ensartara una hebra de amor, pero no obró el milagro. Impertérrito, cruzó el altar hasta desaparecer en la sacristía.

¿Sabe que en lugar de hallar un poco de consuelo, solo un poco, añadió más sufrimiento al que ya había adherido al corazón de la familia? Con el dolor no se juega, mossèn Jaume…

Lamento profundamente que la Parroquia de Sant Andreu de la Barca esté a su cargo. No habrá una próxima vez en la que le pidamos algo, ¡Dios nos libre!, porque solo pensar en su falta de empatía con el dolor y el desconsuelo, se me ponen los pelos como escarpias.

A modo de despedida, permítame decirle que el domingo siguiente en Montcada se celebró el funeral que los padres de Ismael y Paul deseaban y como ellos pedían. No les faltó agua bendita ni incienso. Y el pasado 5 de noviembre, por fin, recibieron sepultura. DEP.

 

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