28 mar 2020

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Ser bilingüe es como tener dos manos en un mundo en el que todos nacieran con una

Sergio Hojman

Siempre me pareció una gran ventaja disponer de una cultura bilingüe como la que tiene Catalunya. Un pueblo que puede emocionarse con esos versos en catalán que describen en el vibrato de la voz de Serrat el lento despertar de una pequeña villa: “Ens ho ha de dir la veu tremolosa /y trista d'un campanar /Un cop de llum i el crit de d'una garsa /que ha despertat amb fam i busca /per entre blats i civades /qualsevol cosa per omplir el pap”, e inmediatamente después reconocer toda la luz y el aroma de ese Mediterráneo que baña las costas de su comunidad cantadas en un hermoso castellano, dispone de un privilegio que ya querría para mí.

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Porque pertenecer a una cultura bilingüe es algo tan extraordinario como poseer dos manos en un mundo donde todos naciéramos con una sola. Sin embargo, los firmantes del Manifiesto Koiné no lo consideran así. Para ellos, el castellano no forma parte de un magnífico patrimonio cultural, sino que supone un ataque contra una identidad que debería  ser hermética. No quieren por lo tanto preservarlo sino destruirlo por considerarlo una “lengua de dominación” y recriminan la “bilingüización forzosa”. Quieren en definitiva esos xenófobos que embisten “contra la inmigración llegada desde territorios castellanohablantes como instrumento de colonización lingüística”, cortarse esa segunda mano herética y quedarse solo con una: la pura, la incontaminada.

Me pregunto qué harían si alguna vez alcanzan el poder con los libros de Javier Cercas, Manuel Vazquez Montalbán, Eduardo Mendoza, Enrique Vila-Matas, Rosa Regás o Juan Marsé. ¿Los quemarían en la plaza pública en una acción contra el espíritu anti-catalán? “Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras”

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