ENTENDER + la descarbonización

¿Aprobamos en transición energética?

La transición energética es uno de los grandes retos para el siglo XXI. Cumplir con la descarbonización en 2050 implica una transformación estructural de los modelos de producción y consumo de energía. Mariano Marzo, catedrático emérito de la UB y director de la Cátedra de Transición Energética UB-Fundación Repsol, y Jordi Llorca, vicerrector de investigación de la UPC, detallan cómo avanza esta transición.

¿Aprobamos en transición energética?
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Mariano Marzo y Jordi Llorca Piqué

España cuenta desde el pasado mes de mayo con una ley de Cambio Climático y Transición Energética que pretende ayudar al país a alcanzar antes de 2050 la neutralidad climática, es decir, emitir tan solo los gases de efecto invernadero que puedan ser absorbidos por los sumideros naturales (como los océanos y los bosques). Con esta norma, España redobla su compromiso con los objetivos del Acuerdo de París, establecidos en 2015.

El Gobierno afirma que, como consecuencia de la movilización inversora de 200.000 millones de euros que promueve esta ley durante la próxima década, el PIB español se incrementará anualmente entre 16.500 y 25.700 millones de euros al año. Por su parte, el empleo neto aumentará entre 250.000 y 350.000 puestos al final del periodo.

Oportunidades para 2022

Mariano Marzo. Catedrático emérito de la UB y director de la Cátedra de Transición Energética UB-Fundación Repsol

España es un actor destacado en lo referente a la transición energética y ecológica, lo que potencialmente puede aportar beneficios, no solo económicos y ambientales, sino también reputacionales en lo que actualmente constituye uno de los temas más relevantes de la agenda política global. En España existe un amplio consenso político y social sobre la necesidad de mitigar la amenaza del cambio climático y, adicionalmente, nuestro país dispone de importantes recursos renovables, especialmente sol y viento, pero también hidroeléctricos. Como resultado, España está logrando una reducción sostenida de sus emisiones, que actualmente representan menos del 0,7% de las globales y que expresadas per cápita se sitúan por debajo de la media europea.

Necesitamos mucho más que las renovables para no hipotecar el futuro. Hay que multiplicar las opciones de descarbonización

Sin embargo, cada vez se hace más evidente que, al menos en el corto plazo, la transición energética va a tener importantes costes sociales y económicos. Existen muchas maneras de realizar esta transición, de modo que cada país debe escoger aquella ruta que minimice su coste y potencie al máximo sus capacidades industriales y su desarrollo tecnológico. Y es aquí donde España no debe desperdiciar otros recursos de los que dispone, más allá del sol y el viento. Si queremos alcanzar el objetivo de cero emisiones netas para 2050, debemos multiplicar las opciones de descarbonización: vamos a necesitar mucho más que las fuentes renovables para no hipotecar nuestro futuro.


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La apuesta que estamos realizando por las tecnologías eléctricas renovables interrumpibles (solar y eólica), siendo necesaria, no es suficiente. La electrificación, por sí sola, no será la única solución ni, en ocasiones, la más eficiente. Los renovables cubren algo menos del 30% de la demanda eléctrica española, pero representan menos del 10% de toda la energía final que consumimos. Es demasiado poco.

Si el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia puesto en marcha por el Gobierno quiere ser verdaderamente transformador, decisivo en nuestra descarbonización y eficiente en el uso de los recursos, debería contemplar una apuesta más amplia: por ejemplo, entre otras opciones, por la economía circular dirigida a la producción de materiales y ecocombustibles de baja huella de carbono, por el hidrógeno bajo en carbono y, por qué no, por la captura, uso y/o secuestro del CO2 (CCUS).  

Sin embargo, revisando el plan, se constatan tres hechos: 1) una decidida apuesta por el hidrógeno producido a partir de energía eléctrica renovable y agua, y, en mucha menor medida, por otras vías tecnológicas, como el generado a partir de gas renovable o con captura y secuestro de CO2; 2) el sorprendente bajo importe asignado inicialmente para la economía circular, con tan solo unos 150 millones destinados a proyectos ajenos al sector público, y 3) la inexistencia de cualquier referencia a las tecnologías CCUS, que en otros países se están utilizando como un servicio de descarbonización para la industria emisora cara a la atracción de inversiones.

Llama la atención el escaso interés por la economía circular y la captura y uso del CO2

Llama la atención el escaso interés por la economía circular y el CCUS, a pesar de que estas rutas y tecnologías están recibiendo un decidido apoyo de las autoridades europeas, y un gran impulso en países como el Reino Unido, Holanda, Noruega o Francia. En la última adjudicación de ayudas públicas a proyectos industriales para la descarbonización de la industria europea (los 'Innovation Funds') la Comisión Europea asignó mil millones de euros a siete proyectos: cuatro de ellos incluyen captura y secuestro de CO2 y el único español seleccionado, la Ecoplanta a construir en Tarragona por Repsol, Agbar y Enerkem, es un claro ejemplo de economía circular para transformar residuos sólidos urbanos en bioetanol-biometanol bajos en carbono. 

La economía circular constituye una gran oportunidad: se trata de sustituir la importación de valiosas materias primas por residuos urbanos o biomasa, generando muchos puestos de trabajo en entornos no urbanos y/o vulnerables, desarrollando una industria intermedia para su tratamiento y finalizando con su incorporación a materiales y biocombustibles avanzados de bajo contenido en carbono. Estamos hablando de reindustrialización y transformación económica, utilizando, en buena medida, tecnología española. Estos biocombustibles avanzados serán necesarios para cumplir con los objetivos de descarbonización del transporte establecidos en el Plan Nacional de Energía y Clima. 

Quedarnos fuera de estas rutas tecnológicas supone un riesgo que no nos podemos permitir. Con ellas, avanzaremos más rápido y haremos la transición menos costosa para los ciudadanos. Aprovechemos 2022 y el fondo ‘Next Generation EU’ para no quedarnos atrás.  

Hablemos del hidrógeno

Jordi Llorca Piqué. Vicerrector de investigación Universitat Politècnica de Catalunya-BarcelonaTech

Cualquier transformación requiere energía, y si hay algo que caracteriza a la humanidad es su capacidad para transformar. Durante milenios la energía la obtuvimos quemando madera, de los animales y los esclavos, del viento y los saltos de agua. El uso de los combustibles fósiles –carbón mineral, petróleo y gas natural– es mucho más reciente y le dio la vuelta a todo: ¡con solo un litro de gasolina se puede hacer el trabajo de cuatro esclavos trabajando un día entero! Pero de forma paralela con el bienestar que logramos con energía fácil y barata también empezamos a ensuciar el aire que respiramos, lo que seguimos haciendo porque seguimos usando mayoritariamente combustibles fósiles para obtener energía, más del 70% en la Unión Europea (UE). Su uso hace que aumente el CO2 en la atmósfera, lo que provoca un calentamiento que, a diferencia de los cambios climáticos que siempre ha experimentado la Tierra, es demasiado rápido. Vamos, que se nos ha descontrolado. Y, además, la sociedad de consumo –caracterizada por el consumo masivo de bienes y servicios– no ayuda. Y claro, todo tiene un límite. De algún sitio salen las cosas, ¿no? También la energía. Con nuestro estilo de vida estamos comprometiendo los recursos, la biodiversidad, el agua dulce y la calidad del aire, lo que tiene una repercusión claramente negativa en la salud y la justicia social.

Por suerte tenemos fuentes de energía renovables (solar, eólica, biocombustibles,...) que se generan o se renuevan de forma natural. Tienen impacto visual (como lo tienen también las minas a cielo abierto o las plataformas de extracción de petróleo y gas natural), pero no comprometen recursos. En la UE, el uso de energía renovable se ha duplicado en los últimos 15 años (ahora representa aproximadamente el 20%) y el objetivo es que en 2050 no se utilicen más combustibles fósiles (acuerdos de París). Es un objetivo ambicioso para el que se están invirtiendo muchos recursos (parte de los ‘Next Generation’). A diferencia de los combustibles fósiles, uno de los aspectos más críticos de las renovables es el almacenamiento de energía. Y aquí es donde entra en juego el hidrógeno.

Más del 90% del hidrógeno que se produce ahora se obtiene del gas natural

El hidrógeno es un vector energético como lo es la electricidad, es decir, permite llevar energía de un sitio a otro. La ventaja del hidrógeno es que se puede almacenar mucho mejor. Pero lo más importante –y que a menudo no se explica lo suficiente– es que producir hidrógeno (como la electricidad) también tiene un coste económico y ambiental. Decir que la movilidad eléctrica no contamina solo es verdad cuando el proceso por el que se produce la electricidad tampoco contamina (a día de hoy la electricidad que se produce en la UE a partir de energía renovable solo representa una tercera parte). Pues con el hidrógeno ocurre exactamente lo mismo, es necesario producirlo con energía renovable porque más del 90% del hidrógeno que se produce ahora se obtiene del gas natural. Y esto quiere decir que debemos ponernos en serio a producir energía renovable en casa para no depender de otros.


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Tenemos los conocimientos y las herramientas para superar la edad de los combustibles fósiles sin tener que agotarlos

Y debemos hacerlo ahora, cuando todavía no hemos entrado en una situación de riesgo de disponibilidad (y más encarecimiento) de los combustibles fósiles. Como se suele decir, «la edad de piedra no se acabó porque se acabaran las piedras»; ahora tenemos los conocimientos y las herramientas para superar la edad de los combustibles fósiles, no es necesario agotarlos. El hidrógeno es el complemento ideal de la electricidad producida con energía renovable y puede utilizarse con finalidades muy diversas. Se puede quemar para producir calor y se puede utilizar en una pila de combustible para producir electricidad. Sin duda, el hidrógeno es un elemento clave para descarbonizar la industria.

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Para los grandes cambios son necesarias grandes políticas, y las universidades pueden ser muy útiles porque confluyen el conocimiento, la frescura de las nuevas generaciones y el atrevimiento que da la libertad de no estar ligado a ningún interés concreto. Además de hacer investigación básica y desarrollar tecnología, las universidades deben guiar y acompañar a las empresas a hacer realidad la transición energética y asesorar a los gobernantes para llevar a cabo las mejores políticas. En la UPC hace más de 20 años que hacemos investigación y docencia con el hidrógeno y ahora mismo, gracias a un proyecto singular de la Generalitat, se está construyendo una planta piloto para experimentar e integrar diferentes tecnologías de producción y uso del hidrógeno en el Campus Diagonal-Besòs. También tenemos un centro específico de investigación sobre hidrógeno (CER-H2). 

Es necesario hacer una transición decidida hacia la energía renovable, asumir que ésta puede ser inicialmente más cara que la que proviene de los combustibles fósiles y entender que los recursos son finitos. Con energía renovable adaptada al territorio y el tándem electricidad-hidrógeno será posible realizar bien la transición energética que tan urgentemente necesitamos.  

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