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Un amor con moto, un amor del pasado: el amor de verano de Mayte

Mayte Rojas en Cardedeu, donde vive actualmente.

Mayte Rojas en Cardedeu, donde vive actualmente. / ANNA MAS TALENS (EPC)

  • Mayte Rojas recuerda la emocionante historia que vivió en el verano de 1988, a los 16 años, a la vez que se congratula de que no fuera más que eso

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Mauricio Bernal
Mauricio Bernal

Periodista

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Usted, Mayte, Mayte Rojas, tenía 16 años, es decir, la edad gloriosa de los amores de verano. No los 14, no los 15, no los 17: como todo el mundo sabe, los 16. Usted vivía en Badalona, Mayte, y ese verano, el de 1988, solía ir con sus amigas al Paladium, en El Masnou. Para hablar, para reírse, para bailar. Iban en autobús y se bajaban en la parada de Ocata, que estaba más cerca, y desde allí caminaban y pasaban la tarde en la discoteca, no la noche, la tarde, tres o cuatro horas (“estabas allí con gente, se te acercaba alguien, te preguntaba…”). Fue allí, en el Paladium, donde lo conoció a él, a su amor de verano, su amor de los 16, edad gloriosa, la Mejor Edad para Tener un Amor de Verano (“se acercó un chico con su amigo, el amigo se quedó con Isa y yo con él. Y sí, hubo afinidad”).

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Hubo mucha afinidad. Él vivía en Vilassar y tenía una pequeña moto. Usted recuerda, Mayte, que era un año menor que usted pero parecía mayor, más vivido, con más experiencia, usted, al fin y al cabo, estudiaba en un colegio de monjas y su vida era diferente (“me gustaba su frescura, su don de gentes, la manera que tenía de relacionarse. Era totalmente distinto. Era como… buf. Yo no era así”). Aquella vez en la discoteca se dieron los teléfonos, que entonces eran los de casa, y pasaron juntos el verano, en la moto, en la discoteca, en la playa (“él conoció a mi familia y yo a la suya, pero no en plan serio, era lo que tenía que pasar y pasó)”.

El amor de verano duró hasta el siguiente verano, casi un año (“y el verano siguiente, cuando él quiso, terminó”). Luego se enteró, Mayte, se enteró de que él mientras estaba con usted también estaba con otras, pero no le extrañó porque, en fin, porque encajaba con el personaje, porque él era así, quizá lo tenía en la sangre, quizá sigue siendo así, quién sabe. Pero a usted, Mayte, esa ruptura la destruyó. La destruyó como puede destruir una ruptura a una adolescente de 16 años, edad gloriosa, 16 años (“me encerré en mi habitación con todos los discos de Eros Ramazzotti, súper deprimida, como si se me hubiera acabado el mundo. Me duró meses”). Por despecho tuvo una relación rápida con un amigo de él, pero una relación seria, una relación de verdad no llegó a tener sino al cabo de los años (“porque, no sé, estaba como en rebeldía”). Y aún hoy se acuerda de él. Hoy, Mayte, se acuerda de él. De su moto. De su desparpajo. De sus camisas. Y da gracias a quien haya que darlas por no haber acabado con él.

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Al final, Mayte, a usted esa historia le sirvió para saber lo que quería y lo que no quería (“y sobre todo, no quería una persona superficial”). Usted, Mayte, mira atrás y ve una historia que estuvo bien que pasara, 16 años, edad gloriosa, un amor de verano, pero no hay más que ver, solo pasado, porque (“porque, por ejemplo, yo siempre tuve un proyecto de vida que era adoptar niños, y eso, por ejemplo, habría sido impensable con él, ni siquiera el hecho de tener hijos”). Todo tiene un orden, Mayte, todo tiene su lugar. Por eso, cuando hace un par de años reapareció el joven de la moto, el joven de la moto que ya no es joven y quizá ya no tenga moto (“me puso un mensaje en Facebook que decía: ‘¿do you remember me?’, que era una broma que hacía en aquel entonces”), cuando vio ese mensaje en su ordenador ni siquiera respondió (“o si acaso, conociéndome, si respondí algo respondí que ‘sí’ y me olvidé. Me pareció patético que su vida le hubiera llevado a buscarme. Para mí dice muy poco de él”).

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