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Un mito de medalla de oro

Se están viviendo los últimos días de los Juegos Olímpicos de Tokio, que a pesar de todos los obstáculos se habrán podido celebrar. Acabarán con la prueba atlética más mítica que existe, y eso de "mito" no es gratuito

Estatua dedicada a Fidípides en la carretera de Maratón a Atenas.

Estatua dedicada a Fidípides en la carretera de Maratón a Atenas. / Wikipedia

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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Como en cada cita olímpica, los JJOO de Tokio acabarán con la prueba reina del evento: el maratón. A pesar de que cada vez hay competiciones deportivas más extremas, los 42 kilómetros y 195 metros están cargados de épica.

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Se supone que la prueba es un homenaje a los Juegos Olímpicos de la época antigua, pero mejor no correr tanto. En las citas de la Grecia clásica las carreras atléticas gozaban del mismo prestigio que tienen en nuestra era pero solo había las de velocidad. Más adelante incorporaron algunas de fondo (4.400 metros) y medio fondo (1.400 metros). Nunca se les pasó por la cabeza hacer la prueba de los 42 kilómetros porque, para empezar, el mito de la batalla que le da nombre aún no se había construido.

Y es que una cosa son los hechos históricos y otra las leyendas que aparecen a su alrededor a medida que pasan los siglos y la memoria se vuelve caprichosa. Como fue el caso del historiador Plutarco en el siglo II d.C., que en el texto ‘Sobre la gloria de Atenas’ quiso narrar una guerra que había sucedido seis siglos antes.

En 490 a.C., el imperio persa soñaba con expandir sus dominios conquistando la península griega, entonces poblada por ciudades-estado (llamadas polis) que compartían lengua y cultura pero donde cada una tenía sus leyes y su ejército. El emperador persa, Darío I, se dedicó a conspirar con estas polis para enfrentarlas unas contra otras. Así consiguió que estuvieran más ocupadas vigilándose entre ellas que no pendientes de un ataque exterior. Jugada maestra, que se diría ahora.

Darío I lo aprovechó para enviar un ejército de 25.000 soldados y 1.000 caballeros con la misión de desembarcar en la bahía de Maratón y comenzar el ataque, pero los griegos se dieron cuenta de lo que estaba pasando y reaccionaron. Atenas movilizó unos 10.000 soldados que consiguieron llegar a Maratón antes que los persas. La idea de los atenienses era contener al adversario mientras esperaban refuerzos desde Esparta. Solo había un problema: los espartanos, fieles a sus tradiciones, no podían combatir hasta terminar la festividad religiosa que estaban celebrando en aquellos momentos.

Así pues, los atenienses se vieron forzados a hacer frente al invasor en solitario. Fue una batalla estratégica brillante. Iniciaron una aproximación a la línea persa pero manteniendo la distancia justa para que no los tocaran las flechas de los arqueros. El enemigo creyó que no avanzaban porque estaban atemorizados. Era justo lo que querían los atenienses. Los persas, animados por la supuesta cobardía de los rivales, caminaron adelante. Sin darse cuenta se estaban metiendo en la boca del lobo, porque entonces los atenienses avanzaron los flancos de sus fuerzas. Las tropas de Darío se dieron cuenta de que estaban a punto de ser rodeadas y retrocedieron por la playa en dirección a sus naves. Pero estaban demasiado lejos y los atenienses los masacraron. Según el historiador Heródoto –nacido el año de la batalla– murieron 6.400 persas y solo 192 atenienses. Estudios recientes ponen en duda estas cifras y creen que el número de bajas fue algo más equilibrado: entre 1.000 y 3.000 de Atenas y unos 5.000 persas.

El episodio tuvo consecuencias importantes para la historia. Los persas frenaron sus ansias expansionistas mientras que alentó a los griegos, que se dieron cuenta del poder real que tenían. Estaban a punto de comenzar tres siglos de esplendor griego que marcarían una de las épocas más brillantes de la humanidad.

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Fue precisamente Heródoto el primero en contar la historia de un soldado que había ido de Atenas a Esparta para pedir ayuda. Parece que fue aquí donde Plutarco se inspiró para crear la leyenda de Fidípides, un ateniense que habría corrido de Maratón hasta su ciudad para anunciar la victoria a sus conciudadanos. "¡Hemos ganado!", gritó justo antes de caer muerto por el esfuerzo. A partir de ese momento, el episodio arraigó en imaginario colectivo de la cultura occidental. Así se explica que el lingüista francés Michel Bréal tuviera la idea de convertirlo en prueba atlética y lo propusiera a Pierre de Coubertain. La idea le gustó y la concibió como la gran prueba olímpica que es hoy en día.

Joan Benoit, primera campeona olímpica

El maratón no se escapa de las discriminaciones de género. Hasta los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 no se permitió la participación femenina en aquella prueba. La primera ganadora olímpica fue la norteamericana Joan Benoit. Ahora mismo, al igual que ocurre en la carrera masculina, las corredoras africanas son las dominadoras sin discusión de la prueba.