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Armas de contaminación masiva

Las emisiones de CO2 de los ejércitos de todo el mundo se estiman entre un 5% y 6% del total de emisiones contaminantes

Selfi ante la lanzadera de un misil balístico intercontinental, en el ensayo de un desfile militar en Moscú, el pasado 29 de abril.

Selfi ante la lanzadera de un misil balístico intercontinental, en el ensayo de un desfile militar en Moscú, el pasado 29 de abril. / Yuri Kochetkov / Efe

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Gustavo Duch
Gustavo Duch

Coordinador de la revista 'Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas'.

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La crisis civilizatoria es insalvable. El capitalismo de los privilegios ha dejado a muchos pueblos y comunidades en la cuneta. Las pandemias, la pérdida de biodiversidad, la crisis climática… cada vez afecta ya a más carriles, expulsando más y más personas de una vida digna de ser vivida. Y, la pregunta que se repite es: ¿dónde podemos agarrarnos? Y aparecen muchas respuestas, desde las más solidarias y responsables hasta los sueños tecnoptimistas que imaginan un futuro marciano viviendo en hoteles en el espacio. Pero no olvidemos la principal, por la cual ya se ha optado. Igual que en las series de televisión vemos a megamillonarios comprarse islas donde refugiarse, protegidos por seguridad privada del acoso de pobres y de virus que les puedan incomodar, los países enriquecidos de lo que llamamos el Norte Global han optado también por atrincherarse. Y mantengo el símil bélico porque, claramente, la respuesta adoptada pasa por garantizar “nuestra” supuesta seguridad a base de la militarización.

Pero frente a la conflictividad ambiental que irá a más (por la escasez de recursos, por el número de refugiados y refugiadas climáticas, por el aumento de la pobreza en muchas sociedades…) enjaularnos en nuestras fronteras rodeados de ejércitos que nos protegen, además de mostrar una falta de ética y de compasión inaceptable es también un factor agravante de la propia crisis climática. Y el círculo vicioso está servido.

La (mala) inversión militar

Encerrarnos, miedosas como gallinas, en un gallinero hecho de fronteras, muros, vallas, soldados y armamento, por simples que parezcan, llevan a una primera serie de preguntas. El presupuesto dedicado a los ejércitos, ¿ayuda a fomentar la compra de vacunas, la investigación en futuras profilaxis o en mejorar los sistemas de salud pública? La inversión económica en esta protección del autoconfinamiento, ¿qué representaría si se dedicara, por ejemplo, a adaptar nuestra agricultura a las nuevas condiciones del cambio global? Incluso, ¿cuánto podríamos ahorrarnos del endeudamiento al que estamos sometiendo a las próximas generaciones si canceláramos el gasto militar? Estas y otras preguntas se responden en el nuevo informe del Centre Delàs, titulado 'Militarismo y crisis ambiental. Una reflexión necesaria'. 

Las preguntas pueden parecer retóricas pero si tomamos algunos de los datos que nos ofrece el informe veremos su importancia. Por ejemplo, cuando nos explican que “la tarea de preparar a los países más vulnerables al cambio climático para reducir los impactos de un clima descontrolado tendría un coste anual de 0,18 billones de dólares, equivalentes al 10% del gasto militar mundial”. Y es que, tomando los datos del año 2016, el gasto militar mundial fue 12 veces mayor que el destinado a hacer frente a la crisis climática.  

Los uniformes, aunque sean verdes, contaminan

La militarización no solo es un gasto, como actividad que promueve la muerte es en sí misma una catástrofe para la vida, para el planeta Tierra donde la humanidad reside. Como cita el informe, “la militarización es el acto humano más destructivo desde el punto de vista ecológico”. Sus impactos ocurren tanto por las bombas, minas y misiles que se sueltan, estallan o disparan –pensemos en todo el potencial de las armas de destrucción masiva- en tiempos de guerra; como el CO2 que emiten en los periodos de paz mantener las bases activas, los ensayos y operaciones de entrenamiento, los desechos tóxicos que generan y un largo etcétera. No es de extrañar que el Departamento de Defensa de los Estados Unidos sea la mayor institución consumidora de petróleo, y, por consiguiente, la principal responsable de las emisiones de gases con efecto invernadero del país. No es de extrañar, tampoco, que las emisiones de CO2 de los ejércitos de todo el mundo se estimen entre un 5% y 6% del total de emisiones contaminantes

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Finalmente, es importante señalar el papel de la militarización, no solo en cuestiones de defensa sino, también, como mecanismo coercitivo principal para sostener el modelo capitalista en beneficio de un Norte poderoso. La depredación en todo el Sur global para hacerse con petróleo, minerales, o tierras agrícolas, que permiten alimentar una economía que no puede parar de crecer -y que es cien por cien responsable de la crisis ambiental- solo puede conseguirse a partir de conflictos o intervenciones armadas y desde el poder de la fuerza militar.

Como dice la cita de Naomi Klein recogida en el informe “evitar la guerra y el caos climático son, en el sentido más literal, la misma causa”. El ecologismo y el pacifismo, tal vez, ¿es la misma causa?