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Sant Jordi, Catalunya y España

Cada año hay quien se lamenta de que Sant Jordi es demasiado comercial. Lo cierto es que nació precisamente para vender libros. Aunque fuera un poco rebote, todo hay que decirlo.

Diada de Sant Jordi de 1936 (AFB - Pérez de Rozas)

Diada de Sant Jordi de 1936 (AFB - Pérez de Rozas) / Arxiu Fotogràfic de Barcelona

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El Ministerio de Asuntos Exteriores ha hecho una campaña para celebrar el día de la lengua española el 23 de abril, porque dicen que es cuando murió Miguel de Cervantes (en realidad fue el 22). Mientras tanto, Turismo de Barcelona para promocionar en las redes sociales el día del libro solo citó autores que escriben en castellano. Unos y otros quizás han olvidado ir cambiando el calendario y piensan que todavía estamos en 1926.

Aquel año Alfonso XIII firmó un decreto para promover la celebración del libro español, pero la fecha elegida no fue el 23 de abril sino el 7 de octubre, día del nacimiento de Miguel de Cervantes. El país vivía en plena dictadura de Primo de Rivera y se utilizaba cualquier oportunidad para fomentar el nacionalismo español. El régimen creó la celebración a partir de la propuesta de Vicent Clavel Andrés, un editor valenciano afincado en Barcelona. Desde 1923 él reclamaba dedicar una jornada anual para promocionar el sector del libro y fue el primero de proponer que el día escogido fuera el cumpleaños cervantino.

Pero entonces no se trataba de sacar los libros a la calle para que cada uno comprara el que más le gustara. En 1926, cumpliendo el decreto real, los ayuntamientos españoles debían regalar libros a los ciudadanos, lo que no terminó de tener éxito porque los presupuestos municipales eran raquíticos (por no hablar del alto índice de analfabetismo que había). En realidad aquel Día del Libro Español fue poco más que unos cuantos actos académicos e institucionales donde se glosó la vida del autor del Quijote.

El problema de octubre es que suele hacer mal tiempo y el otoño no es muy propicio para las celebraciones. Por ello se buscó una fecha alternativa y en 1930 se eligió el 23 de abril. Se justificó diciendo que era el día de la muerte de Cervantes y también de Shakespeare. Nada de eso era exacto. Ahora sabemos que el manco de Lepanto murió el 22 y que el padre de Romeo y Julieta sí traspasó el 23, pero del antiguo calendario juliano, porque según nuestro calendario actual habría fallecido el 3 de mayo. Ahora bien, una cosa sí era cierta: el 23 de abril era San Jorge, patrón de todos los territorios de la Corona de Aragón. Concretamente en Catalunya se celebraba desde el 1456.

Desde aquellos tiempos se organizaba en el patio del Palacio de la Generalitat la Feria de los Enamorados, donde se vendían flores. Parece que la tradición de regalar una rosa comenzó cuando se ofrecían a las mujeres que asistían a la misa celebrada en honor del patrón. La costumbre se fue perdiendo sobretodo tras la Guerra de Sucesión; pero cuando en 1914 Catalunya pudo tener un mínimo autogobierno con la creación de la Mancomunitat, la fiesta fue recuperada.

Huelga decir que cuando en 1930 se trasladó el día del libro en abril, la idea fue muy bien recibida en Catalunya. Además, era un momento de mucha efervescencia política, social y cultural. La dictadura de Primo de Rivera había fracasado y el catalanismo y el republicanismo se reorganizaban tras años de persecución. Es fácil imaginar la intensidad con que se vivió el Sant Jordi de 1931, que llegaba solo nueve días después de la proclamación de la Segunda República. Para el nuevo régimen la cultura y la educación eran el eje de la transformación del país. Los ayuntamientos republicanos se implicaron mucho en la organización de la fiesta, sobre todo procurando atender los niños, conscientes de que eran el futuro de lo que se estaba construyendo.

Y sí, entonces Sant Jordi ya servía para vender libros. Las editoriales instauraron el hábito de presentar sus novedades coincidiendo con la fiesta. Pero todo aquello solo duró hasta el 1936. Después de la guerra, la dictadura convirtió el 23 de abril en el Día del Libro y solo se hablaba de Cervantes.

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El Sant Jordi como se conoce actualmente no recuperó el pulso hasta la Transición, enlazando con lo que se hacía durante la República,y ahora ya ha arraigado en la sociedad catalana, algo que no ha pasado en otros puntos a pesar de los movimientos institucionales tanto de antes como de ahora.

La publicidad, vital

Del mismo modo que ocurre actualmente, la prensa de la República iba cargada de anuncios de libros los días previos a Sant Jordi. Tanto hacían publicidad las editoriales como las librerías. Promocionaban todo tipo de volúmenes, desde novedades con nombres del momento (Bertrana, Arquimbau...) hasta clásicos reputados como Joan Maragall o Jacint Verdaguer.